El 2 de abril de 2006, en el aeropuerto de San Javier, en España, una aeronave no tripulada soltó los frenos, aceleró al máximo y despegó tras recorrer menos de 1.000 metros de pista.
El primer vuelo duró solo 15 minutos, pero lo que representaba había requerido 40 meses de desarrollo intensivo y secreto.
El dron Barracuda abrió una línea clave para la aviación de combate europea al probar tecnologías de autonomía, sigilo, enlaces de datos y cooperación entre plataformas tripuladas y no tripuladas.
El proyecto Barracuda comenzó a principios de 2003 en las instalaciones de Airbus en Manching, Alemania. En su fase inicial se desarrolló como un programa clasificado, mantenido deliberadamente fuera de los canales burocráticos habituales.
El equipo estudió configuraciones civiles y militares antes de eliminar todo lo que no resultaba necesario para el objetivo central del programa.
“Fue una sensación increíble, habíamos logrado lo que parecía imposible”, afirmó Peter Hunkel, quien dirigió el proyecto con un equipo central de solo 35 personas.
Thomas Gottmann, entonces ingeniero jefe de la aeronave, recordó las condiciones que hicieron posible el desarrollo.
“Éramos pocos, estábamos en un solo edificio, las distancias eran cortas, apenas había trámites administrativos y contábamos con el pleno apoyo de la dirección”, explicó.
“Trabajábamos en una burbuja y solo teníamos que preocuparnos por una cosa: desarrollar la aeronave no tripulada más grande de Europa en aquel momento en el menor tiempo posible”.
Un demostrador europeo con diseño de combate
La financiación procedió de recursos propios de Airbus, con apoyo del Ministerio Federal de Defensa alemán y de organismos técnicos y de adquisiciones asociados.
El resultado fue un dron propulsado por un motor de reacción, construido casi por completo con compuestos de fibra de carbono. Tenía más de ocho metros de longitud, una envergadura superior a siete metros y una masa máxima al despegue de más de tres toneladas.
El diseñador Mario Kalanja explicó que el encargo fue ambicioso desde el comienzo.
“Se me encargó diseñar una aeronave no tripulada que pareciera un avión de combate”, afirmó. Añadió que los requisitos de sigilo y baja firma radar determinaron directamente las decisiones aerodinámicas tomadas durante el desarrollo.
A diferencia de los drones básicos, diseñados para facilitar la operación, el Barracuda fue concebido desde el principio para un nivel elevado de complejidad. Debía volar de forma autónoma y comunicarse con estaciones terrestres mediante varios enlaces de datos.
El programa sufrió un revés importante en septiembre de 2006, cuando el Barracuda se perdió en el mar durante su segundo vuelo de prueba.
Tras una investigación exhaustiva realizada en colaboración con la Fuerza Aérea alemana, la plataforma fue reconstruida y volvió a operar en 2009.
Después se llevaron a cabo otras cinco campañas de vuelo. Esas pruebas abarcaron misiones de reconocimiento, sistemas cooperativos de prevención de colisiones y ajuste automático de la trayectoria de vuelo en condiciones controladas.
También se probaron el reconocimiento de objetivos terrestres y la coordinación de aeronaves no tripuladas con plataformas tripuladas, utilizando datos fusionados de sensores procedentes de múltiples fuentes.
El legado del Barracuda no quedó limitado a un demostrador tecnológico. Muchas de las tecnologías ensayadas en el programa se incorporan ahora a dos de los proyectos de defensa más importantes de Europa: el Eurodrone y el Future Combat Air System, conocido como FCAS, cuya entrada en servicio está prevista para 2040.