En una entrevista exclusiva con Al Jazeera, el presidente sirio, Ahmed al-Sharaa, formuló declaraciones sin precedentes que permitieron conocer sus intenciones estratégicas. Más allá de sus afirmaciones explícitas, la entrevista revela todo un entramado de intereses políticos y militares. Estos abarcan desde el intento de alcanzar un acuerdo discreto que ate las manos de Israel mediante la búsqueda de legitimidad internacional hasta medidas de mayor alcance destinadas a consolidar un control absoluto dentro de Siria, con el desplazamiento de sus adversarios y minorías.
La principal revelación de la entrevista reside en que, por primera vez en la historia, un dirigente árabe admitió que su Gobierno mantiene contactos para alcanzar un acuerdo de seguridad con Israel, con la participación de un grupo de países. Al-Sharaa declaró que Siria evita la confrontación y busca un acuerdo que conduzca a una paz integral, sin renunciar a su derecho sobre el Golán ocupado. En la práctica, esto supone exigir la retirada israelí del sur de Siria y alcanzar un “acuerdo discreto” que impida a las FDI actuar con libertad o efectuar ataques en la zona. Al mismo tiempo, Siria evitaría reconocer la soberanía israelí sobre el Golán o avanzar, por ahora, hacia una normalización plena conforme al modelo de los Acuerdos de Abraham.
Bajo esa retórica moderada se oculta un plan de acción definido, cuyo propósito es imponer un férreo control interno. Después de someter a los kurdos y neutralizar a los alauitas, Al-Sharaa ha puesto la mira en el control de la región montañosa drusa de la provincia de As-Suwayda, incluso a costa de un enfrentamiento violento o de causar daños a la población local, con el objetivo de establecer un Estado regido por la ley islámica. A la vez, mantiene una política represiva y desatiende los derechos de las demás minorías del país.
Al mismo tiempo, Al-Sharaa intenta lavar su imagen pública. Tras haber dirigido en el pasado una organización terrorista del tipo de Al Qaeda, procura transmitir a Occidente, Estados Unidos y los países del Golfo que es un dirigente pragmático y que no se asemeja al régimen de Assad ni a Irán. Su objetivo es conseguir el levantamiento de las sanciones, recibir fondos para la reconstrucción y obtener reconocimiento como presidente legítimo. Como parte de sus intentos por distanciarse de esos actores y ampliar su influencia regional, Al-Sharaa también se refirió al Líbano y declaró que Siria no pretende intervenir militarmente en el país vecino. Defendió que el Estado libanés posea el monopolio exclusivo de las armas y de las decisiones sobre la guerra y la paz, y advirtió que el caos en el Líbano afectaría directamente la estabilidad de Siria.
Al-Sharaa dirige estas iniciativas a partir de una comprensión profunda de su situación y de la situación de su país. Subrayó que Siria no quiere prolongar el legado de errores políticos de los últimos ochenta años. Debido a la devastación económica, militar y social del país, además de la presencia de los remanentes del Estado Islámico y de numerosas milicias, necesita mantener la calma en sus fronteras para reconstruir Siria sin verse arrastrado a enfrentamientos destructivos que provoquen el derrumbe de su Gobierno.
El escenario sirio se perfila actualmente como uno de los frentes más peligrosos y delicados para Israel, sobre todo después del debilitamiento de Hezbolá en el Líbano. Bajo la apariencia engañosa de un pragmatismo moderado, Siria alberga milicias islamistas extremistas que podrían amenazar la seguridad de Israel. Los expertos subrayan que Israel tiene la obligación moral y nacional de impedir que Al-Sharaa ataque a los drusos de la región montañosa de As-Suwayda o establezca una presencia militar cerca de la frontera israelí. También sostienen que cualquier acuerdo o contacto futuro debe abordarse con profunda desconfianza ante un dirigente cuyo único objetivo es sobrevivir y consolidar su régimen islámico.






