La posibilidad de que las guerras de Ucrania e Irán terminen conectadas en un mismo conflicto regional inquieta a observadores occidentales. Esa preocupación aumentó después de que drones ucranianos atacaran, a finales del mes pasado, una plataforma petrolífera iraní, un buque misilístico ruso y varios cargueros sancionados en el mar Caspio.
Para Kiev, sin embargo, Irán forma parte de la guerra desde mucho antes. Ucrania lo considera un combatiente desde el verano de 2022, cuando los primeros drones Shahed llegaron a Crimea y Jersón, regiones ocupadas por Rusia. Junto con esos aparatos viajaron instructores del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria, encargados de enseñar a los operadores rusos a utilizarlos.
Los últimos ataques tampoco constituyen la primera operación ucraniana contra intereses iraníes en el Caspio. El 14 de agosto de 2025, un día antes de la cumbre entre Donald Trump y Vladímir Putin en Alaska y mucho antes del comienzo de la campaña de Estados Unidos e Israel contra Irán, Ucrania atacó en el puerto ruso de Olya, cerca de Astracán, un carguero que transportaba piezas de drones y municiones iraníes.
La diferencia ahora está en Washington. Estados Unidos desea cerrar una guerra con Irán que la Casa Blanca había calculado erróneamente que sería breve y victoriosa. Al prestar apoyo militar contra Teherán, aunque sea limitado, Kiev intenta ganar crédito ante la administración Trump en un momento en que necesita con urgencia interceptores Patriot fabricados en Estados Unidos. Las existencias de esos misiles se han reducido por su uso en la guerra iraní.
La falta de Patriot ha dejado a Ucrania con pocas opciones para frenar los misiles balísticos rusos dirigidos contra objetivos estratégicos. Durante el último mes, esos ataques han dejado casi inutilizado el puerto de Odesa, con graves consecuencias para la economía ucraniana, sus agricultores y el suministro mundial de alimentos.
Volodímir Zelenski trata por ello de convencer a Washington de que abandone su política general de recortar la ayuda y libere parte de sus reservas de interceptores. “Estos sistemas deberían salvar vidas humanas y no permanecer almacenados”, declaró la semana pasada.
Las cifras disponibles explican la preocupación de Kiev. Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, un laboratorio de ideas de Washington, Estados Unidos ha consumido alrededor del 65 por ciento de las reservas de misiles Patriot que tenía antes de la guerra para proteger sus bases y a sus aliados de los ataques iraníes.
Stars and Stripes, periódico de las fuerzas armadas estadounidenses, informó que quedan menos de 827 interceptores. Mike Waltz, embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, calificó esa información de “disparate” y sostuvo que el ejército dispone de “todo lo que necesita”.
La producción actual tampoco permite reponer con rapidez las existencias utilizadas. Lockheed Martin fabrica entre 600 y 620 interceptores al año y pretende elevar esa cantidad hasta 2000 en 2030. Incluso ese objetivo quedaría muy lejos de compensar los 800 misiles Patriot que Estados Unidos empleó solo durante los primeros cinco días de la guerra contra Irán.
Ucrania podría, al menos en teoría, abrir para Washington un frente considerable contra Teherán. Antes de los ataques ucranianos de agosto de 2025, el Caspio —un mar sin salida al océano— funcionaba en gran medida como un espacio dominado por Rusia e Irán. Kiev ha demostrado ahora que sus drones de largo alcance también pueden operar allí.
Para llegar al Caspio, esos aparatos no necesitan atravesar miles de kilómetros de territorio ruso, como ocurre cuando atacan objetivos situados en el interior del país. Pueden dirigirse hacia la zona a través del mar Negro, Georgia y Azerbaiyán.
Esa ruta permitiría a Ucrania causar en el Caspio daños comparables a los que ya ha provocado en la navegación enemiga del mar Negro. Desde 2022, Kiev ha ido dejando fuera de servicio a la Flota rusa del mar Negro, ha atacado con regularidad buques mercantes y petroleros y destruyó este año la terminal petrolera de Novorossíisk.
La operación contra Novorossíisk interrumpió las exportaciones rusas de petróleo, pero también eliminó, como daño colateral, el 80 por ciento de la capacidad de Kazajistán para enviar crudo hacia Occidente.
El ataque ucraniano del 25 de julio en el Caspio provocó una advertencia del ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abás Araqchí, quien afirmó que el asalto “no puede quedar sin respuesta”. También dijo haber presentado quejas ante su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, y ante Kaja Kallas, de la Unión Europea, un gesto recibido con macabro regocijo por diplomáticos de Bruselas.
En la práctica, Irán ya ha llevado su participación en la guerra de Ucrania casi hasta el límite. Primero transfirió a Rusia miles de drones Shahed-136 y Shahed-131. Después autorizó su fabricación local en la planta de Alabuga, situada en Tartaristán.
Desde septiembre de 2024, Teherán también suministra de manera continuada misiles balísticos de corto alcance Fath-360 a Moscú. El corredor del Caspio ha servido durante años como vía de transporte hacia Astracán y Olya para municiones, proyectiles de artillería y componentes de drones procedentes de Irán.
Rusia ha compensado esa ayuda de varias maneras. En agosto de 2022 lanzó el satélite iraní Khayyam, prometió entregar cazas Su-35 a Teherán y pagó con divisas y oro que Irán necesitaba con urgencia. Solo el primer contrato para suministrar drones Shahed entre 2022 y 2023 tuvo un valor de $1800 millones y se abonó parcialmente en oro.
Zelenski sostiene, además, que Moscú ha proporcionado a Irán información de inteligencia obtenida por satélite desde que comenzó la ofensiva estadounidense e israelí. Esos datos incluirían imágenes de objetivos situados en el Golfo, entre ellos bases de Estados Unidos.
Kiev también ha procurado ayudar a Israel. En 2024 comenzó a enviar fuselajes y componentes electrónicos recuperados de drones Shahed a Israel y a sus socios occidentales para apoyar el desarrollo de sistemas antidrones. Ese conocimiento contribuyó a mejorar las defensas israelíes frente a los ataques iraníes de abril y octubre de 2024, así como durante la guerra actual.
Ucrania también ha enviado drones interceptores propios y 228 especialistas a Jordania, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Kuwait, cinco países atacados por Irán.
Para los Estados del Golfo, esos interceptores pueden resultar más útiles que los Patriot. Durante las dos primeras semanas de la guerra, el 83 por ciento de los ataques iraníes contra los Emiratos Árabes Unidos se efectuó con drones Shahed-136. Las baterías Patriot están concebidas para destruir misiles balísticos de corto y medio alcance, no aparatos maniobrables que vuelan a baja altura y eluden los radares.
Zelenski también ha señalado la desproporción económica. Cada interceptor Patriot cuesta en promedio $3,87 millones, mientras que un Shahed vale unos $130 000. Los drones interceptores ucranianos utilizados contra ellos rondan los $10 000 por unidad.
En ese contexto, Zelenski firmó a finales de marzo de 2026 acuerdos de cooperación en defensa por diez años con Arabia Saudita y Qatar. Ucrania espera alcanzar pronto un pacto similar con los Emiratos Árabes Unidos.
Hasta ahora, ni las operaciones en el Caspio ni la colaboración con los países del Golfo han resuelto la escasez ucraniana de misiles Patriot. Trump ofreció recientemente a Ucrania y Francia licencias para fabricar sus propios interceptores, pero Boeing, responsable de producir los sistemas de guiado de alto secreto, se mostró reticente a compartir la tecnología. El presidente estadounidense retiró después la propuesta.
Aunque la oferta volviera a plantearse, no se espera que Ucrania pueda fabricar interceptores Patriot durante los próximos dos años. Ese cálculo supone, además, que Rusia no bombardearía repetidamente las instalaciones de producción.
Mientras tanto, Kiev seguirá expuesta a los misiles balísticos rusos sin disponer de suficientes medios para interceptarlos. Ucrania se ha convertido así en una víctima colateral de la guerra contra Irán que Trump concibió de manera equivocada.






