Estados Unidos amplía su estrategia contra drones de bajo costo con un modelo que combina detección, guerra electrónica, interceptores, mando y control, protección física y medidas de resiliencia para infraestructura crítica. El objetivo ya no se limita a derribar cada amenaza, sino también a reducir daños y mantener servicios esenciales si un dron supera las defensas.
El Departamento de Defensa adoptó en diciembre de 2024 una estrategia unificada contra sistemas no tripulados que abarca tanto a fuerzas desplegadas como a instalaciones dentro de Estados Unidos. Entre sus iniciativas figura Replicator 2, orientada a acelerar la protección de bases militares y concentraciones de fuerzas frente a drones pequeños.
La estructura institucional también cambió con la creación de la Joint Interagency Task Force 401 en agosto de 2025. Este organismo reemplazó a la Joint Counter-small UAS Office y concentra tareas de adquisición, integración y despliegue de capacidades C-UAS para las fuerzas armadas estadounidenses.
Uno de los principales sistemas de referencia es LIDS, disponible en versiones fija y móvil. Su arquitectura combina radares, sensores electroópticos e infrarrojos, guerra electrónica, mando y control y distintas opciones de neutralización. La versión M-LIDS utiliza el sistema Forward Area Air Defense Command and Control y radares KuRFS para integrar datos de varios sensores y seleccionar respuestas cinéticas o no cinéticas.
Entre sus efectores figuran los interceptores Coyote de Raytheon. El Coyote Block 2 emplea una solución cinética, mientras que el Block 3 Non-Kinetic ofrece una alternativa recuperable contra múltiples objetivos. En septiembre de 2025, el Ejército de Estados Unidos adjudicó a Raytheon un contrato de hasta $5 040 000 000 para la familia Coyote, lanzadores fijos y móviles y radares KuRFS, con pedidos previstos hasta 2033.
El Pentágono también evalúa tecnologías adicionales para reducir el costo por intercepción frente a drones comerciales o producidos en grandes cantidades. Las pruebas recientes abarcan láseres, inhibidores de radiofrecuencia, drones interceptores y otras soluciones capaces de operar dentro de una arquitectura común de mando y control.
La lógica es económica y operativa. El uso de misiles costosos contra drones de cientos o pocos miles de dólares resulta difícil de sostener durante ataques repetidos o frente a enjambres. Por eso, la defensa estadounidense busca combinar interferencia electrónica, interceptores reutilizables, armas de tubo, sistemas no cinéticos y misiles según el tipo de amenaza.
La protección de infraestructura crítica ocupa un lugar creciente en este enfoque. Centrales eléctricas, refinerías, puertos, aeropuertos y otras instalaciones sensibles requieren no solo medios para detectar y neutralizar drones, sino también redundancia, protección de equipos clave y planes que permitan mantener operaciones después de un ataque.
Programas como LIDS, Replicator 2 y JIATF 401 reflejan una transición hacia una defensa antidrones modular y escalonada. La prioridad es integrar sensores, software, guerra electrónica y efectores de distinto costo para proteger tropas, bases e infraestructura crítica sin depender de una única solución de intercepción.










