El primer ministro estuvo el martes en el tribunal. ¿Y hoy? Adivinen. En el tribunal otra vez. No despachando con el aparato de seguridad. No presidiendo el Consejo de Ministros. No al frente de una evaluación urgente. En el tribunal. Sentado en el banquillo como un delincuente común mientras el país arde. ¿Y qué más da que el Estado de Israel viva uno de los momentos más dramáticos de su historia? ¿Qué más da que Irán amenace? ¿Qué más da que Gaza arda?
El mundo entero tiene los ojos clavados en Oriente Medio. El primer ministro habla con Trump, con jefes de Estado de medio mundo, jugándose el tablero entero. ¿Y para la Fiscalía? ¿Para los jueces? Nada de eso importa. Nada de eso cambia nada. Para ellos lo verdaderamente urgente, lo que no puede esperar ni veinticuatro horas, es saber qué le dijo Netanyahu a un periodista en 2007 y si la cobertura fue mala o si hubo puros de por medio. Eso. Para ellos, de eso depende el futuro del país. Pongamos las cosas en perspectiva.
La Fiscalía sabe la verdad. Los jueces saben la verdad. Y les importa un comino. Porque ninguna verdad, ninguna guerra, ninguna catástrofe puede interponerse en lo único que de verdad los mueve: tumbar a Netanyahu. Ya los vimos en acción durante la reforma judicial. Ellos azuzaron la desobediencia civil con el país al borde del abismo. Ellos sembraron el odio y la fractura. Ellos sacaron a la gente a quemar las calles y aplaudieron el incendio. Para ellos todo valía entonces. Y todo vale hoy. Lo único que ha cambiado es el escenario: antes la calle, ahora la sala del tribunal.
Mientras el Gobierno electo se juega una misión histórica —rediseñar Oriente Medio, nada menos—, ellos miran el mundo desde el estrado con la ambición intelectual de una hormiga. A lo suyo. A los puros. A los regalos. A Bugs Bunny —sí, el muñeco que Milchan le regaló al hijo de Netanyahu en 1996 y que la Fiscalía ha tenido el descaro de presentar como prueba de corrupción casi treinta años después—. A su cruzada personal contra el dictador imaginario que han fabricado, porque necesitan llamarlo dictador para justificarse. Dictador. Lo dice gente a la que nadie eligió, a la que nadie votó, a la que nadie puede sacar de su sillón vitalicio. Esos. Esos se atreven a llamar dictador al primer ministro elegido por los ciudadanos. La proyección es de manual.
¿Entre nosotros? Esto dejó de ser justicia hace mucho. Esto es un aparato que perdió la cabeza y el pudor. No consiguen derrotar a Netanyahu en las urnas —lo intentaron, perdieron, volvieron a perder, vuelven a perder—, así que se inventan un caso. Y cuando el caso se desinfla, se inventan otro. Y otro. Y otro más. Una cinta sin fin de imputaciones de juguete cocinadas por gente que no soporta el veredicto del electorado.
Se puede discrepar de Netanyahu. Se puede odiarlo, incluso. Se le puede echar votando, que es como se echa a un primer ministro en una democracia. Lo que no se puede, lo que es una indecencia histórica, es que la Fiscalía y los jueces le secuestren la agenda al jefe de Gobierno en plena guerra para hacerle declarar por chismes de hace casi veinte años.
Algún día miraremos atrás. Y lo que recordaremos —con vergüenza, con rabia retrospectiva, con incredulidad— es que en el capítulo más dramático de nuestra historia, mientras se decidía la supervivencia del país, nuestro tribunal estaba ocupado con otra cosa. Con Bugs Bunny. Con los puros. Con su pequeña venganza. Con todo menos con Israel.
