Según las Naciones Unidas, más de 123 millones de personas en todo el mundo han sufrido desplazamientos forzados: refugiados, solicitantes de asilo e individuos desplazados internamente que abandonaron sus hogares a causa de guerras, limpiezas étnicas, colapsos estatales y actos de terror. Solo en 2022, la organización registró más de 32 millones de nuevos desplazamientos.
Millones de personas huyeron o resultaron expulsadas de Sudán, Siria , Venezuela, Ucrania , Afganistán y otros países. Y todos estos millones comparten un rasgo común: las naciones que las expulsaron, ya sea de manera directa o por circunstancias inevitables, jamás se plantearon preguntas como “¿Adónde irán?” o “¿Quién las acogerá?”.
Esas interrogantes —que parecen no cruzar la mente de ningún régimen que obliga a millones a marcharse por cualquier motivo— solo las formulan Israel y los judíos. Y eso nos destruye.
Porque cuando los judíos e Israel plantean esas preguntas, se rinden ante el sufrimiento interminable, el dolor, la guerra y la demonización; en realidad, los propician.
Esas interrogantes sirven de pretexto autoimpuesto para atar las manos de Israel en una situación lamentable que no provocó, con el fin de mantener una noción distorsionada y perversa de “moralidad” y “humanidad”, además de una búsqueda infructuosa de “aceptación” que ninguna otra nación en el mundo comparte y que ningún enemigo respeta, que complace y beneficia a nuestros adversarios genocidas, que frustra a los aliados y los convierte en enemigos, que traiciona la razón de ser misma del Estado de Israel y que mantiene a judíos y árabes atrapados en un infierno perpetuo.
De este modo, se convierte en una profecía autocumplida: Israel preserva el statu quo creado por sus enemigos, pone en riesgo su futuro y devasta vidas judías y también árabes; deja a millones de árabes confinados para siempre como “palestinos”, nacidos en un culto a la muerte, carne de cañón en una guerra genocida que les inculcan para que la libren, pero sin que jamás les permitan ponerle fin; transforma a los israelíes en “ocupantes” perpetuos y parias.
No se trata solo de la hipocresía del mundo, del infame “doble rasero”, lo que hace único a Israel. Es que Israel se aplica estándares que no se esperan de ningún otro colectivo en la historia. Y a pesar de la vana racionalización de que tal conducta lo convierte en “el más moral”, con frecuencia se manifiesta de formas profundamente inmorales y contraproducentes.
La justificación o excusa de que actúa con mayor humanidad o ética a menudo solo encubre miedo y debilidad; la debilidad más elemental y extendida consiste en la necesidad desesperada y autodestructiva de sentirse aceptado y amado, de dejar de ser el exiliado y el marginado.
Por eso, el mundo ha aprendido: si incita a Israel, si observa y espera, si responde a la benevolencia con desprecio, Israel cederá. Israel se adaptará. Israel absorberá. Israel mantendrá, dentro de sus fronteras y junto a sus hijos, una civilización bestial dedicada a su destrucción.
Eso no es moralidad. Es locura. Pero ¿de dónde surge esta locura?
Tal vez provenga de un malentendido, de un instinto judío profundamente arraigado que proyecta nuestra propia reverencia por la vida, nuestra decencia y humanidad sobre un mundo que nunca compartió esos rasgos y que nos castiga por poseerlos.
Quizá derive de la debilidad, de la creencia infructuosa de que, si demostramos ser “lo suficientemente buenos” —con suficiente contención, suficiente compasión, suficiente sufrimiento—, el mundo por fin nos aceptará. Posiblemente nazca del trauma, de que “puedes sacar al judío del exilio, pero no puedes sacar el exilio del judío”.
Sea como fuere, esta es la amarga verdad: nuestra moralidad y nuestra humanidad avivan su odio, y nuestro sufrimiento los excita.
En un mundo edificado sobre la conquista, la corrupción y la crueldad, la seriedad moral judía no se percibe como admirable, sino como intolerable. Nos odian no a pesar de nuestra decencia, sino precisamente por ella. Porque insistimos en que existe la verdad. Porque creemos en el bien y el mal. Porque no nos inclinamos ante sus ídolos —imperios, utopías o mentiras de moda—. Y porque necesitan justificar su propia conducta, en especial su trato hacia nosotros.
Por eso nos dicen que nuestra moralidad es hipocresía. Que nuestra decencia es genocidio. Y crean monstruos que transmiten en directo, con regocijo, nuestros asesinatos, violaciones, mutilaciones y torturas. Y nos condenan por defendernos con una contención que ningún ejército en la historia de la humanidad ha mostrado.
Y aun así preguntamos: ¿Quién los acogerá?
Preguntamos porque nos han adiestrado para sentirnos responsables de todos. Incluso de nuestros enemigos. Incluso de aquellos que masacran a nuestras familias, celebran en las calles y que aún hoy retienen y torturan a nuestros rehenes.
Pero eso no es fuerza ni rectitud. Es colaboración con el mal. Y es autodestrucción nacional.
Mientras tanto, el resto del mundo se jacta del reasentamiento de refugiados —universalmente elogiado, salvo en un caso.
Basta con consultar los sitios web de las Naciones Unidas , el Departamento de Estado de Estados Unidos , la Unión Europea e innumerables ONG internacionales: proclaman el reasentamiento de refugiados como un logro humanitario central, la respuesta global compasiva y responsable ante guerras, crisis y privaciones.
Pero cuando se trata de los “palestinos”, ese principio se suspende de repente. No hay llamados a la integración, ni apelaciones internacionales para la reubicación; solo la exigencia de que millones permanezcan en el limbo, sostenidos en el sufrimiento, para que sigan sirviendo como arma política contra Israel, para que permitan a los odiadores de judíos justificar su odio.
En octubre de 2023, el mismo mes en que los “palestinos” de Gaza invadieron Israel y cometieron atrocidades indecibles —masacraron, violaron, torturaron y secuestraron civiles—, Pakistán anunció que expulsaría de su territorio a casi 2 millones de afganos, una cifra equivalente a la población de Gaza . Y el mundo no hizo nada. Ninguna resolución de la ONU . Ninguna conferencia de ayuda de emergencia. Ninguna campaña de presión internacional. Ningún boicot. Ninguna tormenta mediática. Ninguna protesta en las ciudades del mundo. Ningún campamento en campus universitarios. Ninguno de los instrumentos que se desatan rutinariamente contra los judíos cuando Israel actúa en pura autodefensa.
Cuando se trata de “palestinos”, el reasentamiento se prohíbe de pronto. Incluso durante una guerra existencial, cuando se intenta localizar combatientes y rescatar rehenes , se amenaza a Israel con que no debe evacuar a no combatientes de un campo de batalla urbano, no debe pedir a los gazatíes que se vayan, no debe derrotar al culto a la muerte que se esconde tras sus hijos.
Porque las vidas de los “palestinos” solo se valoran en la medida en que sirven para quebrantar a los judíos. Porque resultan mucho más valiosos como mártires que como refugiados en la guerra global contra el Estado judío.
Y mientras Israel siga preguntando, mientras siga cargando solo con la responsabilidad moral, mientras se escude en el pretexto, el mundo seguirá explotando esa debilidad.
La crisis de los refugiados “palestinos” no es un accidente. Es un diseño. Una fábrica permanente de agravios orquestada por el mundo árabe (o por la KGB, según la narrativa que se prefiera), canonizada por las Naciones Unidas y subsidiada por Occidente, todo para sabotear el Estado judío.
Pero esta población árabe hostil no es responsabilidad de Israel.
Nunca lo fue. No es moral mantener a los árabes atrapados bajo la Autoridad Palestina o Hamás . No es moral mantener a familias judías junto a personas adiestradas para masacrarlas.
No es moral sacrificar soldados judíos ni prolongar una guerra que Israel tiene el poder de terminar, si solo deja de pedir permiso.
El mundo cuenta con mecanismos para lidiar con refugiados. Pero Israel mismo impide que esos mecanismos funcionen, al ser el único país que detiene el proceso antes de que comience. Al preguntar “¿Adónde irán ?”, Israel mantiene a millones atrapados —dentro de Gaza y dentro de una identidad miserable y convertida en arma que solo beneficia a quienes se lucran con la sangre judía—.
El pequeño Israel absorbe a todo refugiado judío, de Europa, África y Oriente Medio y de cada rincón de un planeta cada vez más hostil. Que la Liga Árabe, con sus 22 Estados miembros, inmensa riqueza y vastos territorios, reabsorba a sus congéneres étnicos.
Que las 53 naciones musulmanas muestren siquiera una fracción de la decencia y responsabilidad que ha demostrado el Estado judío al integrar a sus hermanos y hermanas de la umma. Que la Organización de Cooperación Islámica, que representa a más de 2.000 millones de personas y afirma “salvaguardar y proteger los intereses del mundo musulmán en el espíritu de promover la paz y la armonía internacionales”, cumpla de verdad con su mandato.
O que cualquiera de los acusadores de Israel, desde Irlanda hasta Sudáfrica, demuestre que los “palestinos” significan para ellos algo más que excusas para libelos antisemitas y diatribas. Existen opciones abundantes, todas más humanas y sensatas que el statu quo infernal.
Israel se talló a partir de una patria histórica judía, de la que el 80 por ciento permanece, hasta hoy, gobernado por regímenes colonialistas árabes en los que no se permite vivir a ningún judío. Ha llegado el momento de que Israel deje de ser el vertedero tóxico del mundo árabe: un basurero para generaciones adiestradas para matarnos y morir en el intento.
Y si alguien osa preguntar a Israel “¿Adónde irán?”, la respuesta debe ser: “Excelente pregunta; resuélvanlo ustedes. Porque ya no es nuestro problema; no después del 7 de octubre. Lo intentamos todo: ayuda, tierras, coexistencia; incluso desalojamos por la fuerza a nuestra propia gente, pero ellos eligieron el asesinato. Ustedes crearon estos monstruos; los alimentaron, los financiaron, les enseñaron a odiar, les pagaron para matar. Ahora ocúpense de ellos”.
Israel debe dejar de ser la única nación en la Tierra que se espera que alimente, albergue, proteja y empodere a aquellos que juraron destruirla.
Pero antes, los judíos deben dejar de formular la pregunta que ningún país en el mundo se planteó jamás sobre nosotros: “¿Quién los acogerá?”.
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