Europa lleva 2.000 años intentando regular, marginar, expulsar, convertir, humillar y, en última instancia, destruir a los judíos. A veces mediante pogromos. A veces con inquisiciones. A veces con expulsiones. A veces con cámaras de gas.
Hoy, lo hace con “regulaciones sanitarias”.
La decisión de los fiscales belgas en Amberes de presentar cargos penales contra moheles judíos por practicar el brit milá —el pacto de la circuncisión que los judíos observan desde hace más de 3.300 años— no es simplemente una controversia jurídica. No es una disputa neutral sobre normas de higiene. Es un ataque contra el judaísmo en sí mismo. Es antisemitismo disfrazado de lenguaje burocrático y envuelto en el vocabulario aséptico del progresismo europeo moderno.
Los fiscales alegan que les preocupan “los estándares médicos”. Pero los judíos ya hemos escuchado esto antes. Europa siempre encuentra una excusa civilizada para su odio incivilizado.
Primero dijeron que los judíos envenenaban los pozos. Luego, que propagaban enfermedades. Luego, que corrompían las finanzas. Luego, que contaminaban la pureza racial. Ahora dicen que los judíos no pueden circuncidar a sus hijos de forma segura.