Durante años, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha estado jugando a un sórdido doble juego: presentarse ante Occidente como mediador regional y aliado responsable de la OTAN, mientras transforma simultáneamente Turquía en un santuario para terroristas de Hamás fuera de la Franja de Gaza.
Nuevas revelaciones surgidas de investigaciones de seguridad israelíes han hecho añicos cualquier ilusión de que la relación de Turquía con Hamás se limite al “apoyo político” o al “compromiso diplomático”. Las pruebas apuntan cada vez más a una situación mucho más alarmante: Turquía se ha convertido en un centro operativo, logístico y financiero principal para la infraestructura terrorista global de Hamás.
Los países que facilitan el terrorismo no pueden, al mismo tiempo, ser tratados como socios indispensables en la lucha contra el terrorismo.
Un informe reciente de la emisora pública israelí KAN reveló que operativos de Hamás han estado participando abiertamente en ejercicios de entrenamiento de combate en clubes de tiro por toda Turquía.