El debate sobre los diez escaños reservados en el Likud va por mal camino. No porque los números estén mal, sino porque la pregunta está mal planteada. Lo que se discute no es aritmética parlamentaria. Es algo anterior y más grave: la capacidad de gobernar.
Las próximas elecciones no son una ronda más. Son una encrucijada sobre los fundamentos. Dónde pasa la línea entre el poder judicial y el ejecutivo. Si la democracia vuelve al pueblo o queda custodiada por un puñado de juristas y magistrados. Cómo se trazan las fronteras de un Estado: ¿consagrando los acuerdos de Sykes-Picot y San Remo, o estableciendo hechos políticos y concretos en Siria, Líbano, Gaza y, por supuesto, en Judea y Samaria? Cómo se toman las decisiones en seguridad, en economía, en política. La era de los desafíos existenciales no ha cerrado. El problema iraní sigue abierto. La mayoría de los enemigos de Israel no ha abandonado el deseo de aniquilarlo. Nada de esto es retórica electoral. Es el estado de la situación.
Quien comprende eso comprende también algo sencillo: un liderazgo no gobierna con una mano atada. No con una facción que vive en campaña permanente. No con estructuras que premian la supervivencia interna por encima de la responsabilidad nacional. La cortesía de los bar mitzvás y los funerales no es un modelo de Estado. Lo que se necesita es agudeza, tenacidad y libertad de acción. Un equipo cohesionado. Capacidad de ejecutar.