El Premio Nobel de la Paz será concedido este año a Navi Pillay, la mujer que presidió la comisión que afirmó que Israel había cometido genocidio en Gaza. Es un estremecedor cierre para la semana en la que, tanto en Israel como en el resto del mundo, conmemoramos la masacre de Simjat Torá.
“Una noticia extraordinaria”, señaló el portavoz del Comité del Nobel, y añadió: “Es importante que el Premio Nobel se conceda a quienes alzan la voz contra las violaciones de los derechos humanos. El mundo necesita un mayor compromiso con esta cuestión”. Para disipar cualquier duda, aclaró que “espera que la victoria de Pillay sirva de mensaje a todos los que atacan o intentan socavar el derecho internacional”. Es decir, el Comité del Premio, más que pretender fortalecer a la galardonada, ha querido debilitarnos a nosotros.
Desde Auschwitz y Birkenau no se había construido en ningún lugar del mundo un mecanismo de exterminio tan sofisticado como el que se construyó, excavó y equipó en la Gaza controlada por Hamás, y que quedó al descubierto ante nuestros ojos atónitos. Desde los horrores cometidos por las SS de la Alemania nazi, no se habían perpetrado contra civiles inocentes crímenes de odio y actos de crueldad como los que cometieron contra nosotros los criminales del 7 de octubre. Y desde las leyes de Núremberg no se había establecido un sistema legal según el cual asesinar a judíos, dondequiera que se encuentren, no es un delito, sino, por el contrario, un precepto que merece recompensa.
Todos los asesinos de la Nukhba que participaron en la masacre de Simjat Torá, así como sus familiares, sabían de antemano, incluso antes de emprender su campaña de asesinatos, violaciones y torturas, que recibirían recompensas establecidas por ley. Esa legislación no solo garantiza su futuro económico, sino que establece una norma según la cual matar judíos no solo está permitido, sino que también es deseable y digno de reconocimiento. Conocemos ese sistema legislativo antisemita por la Autoridad Palestina de Ramala. Es importante saber que el mismo sistema existe también en Gaza.
Y después de todo eso, es Israel quien está acusado de genocidio. La mujer que presidió la comisión que consolidó “científica” y “jurídicamente” esa acusación, que otorgó legitimidad internacional a la “visión de destruir Israel” de Hamás y determinó que a Israel ni siquiera se le permite destruir la maquinaria de exterminio construida contra él, recibirá el Premio Nobel de la Paz.
La trayectoria histórica del Premio Nobel de la Paz está lejos de ser admirable, y sus decisiones están lejos de garantizar la paz. El ejemplo más espantoso para nosotros es el premio concedido hace 33 años, en una ceremonia solemne, al asesino en masa Yaser Arafat —maldita sea su memoria—, junto con los muertos Isaac Rabin y Shimon Peres, por la firma de los Acuerdos de Oslo. Ríos de sangre se derramaron en nuestro país a consecuencia de aquel terrible acuerdo y convirtieron la ceremonia festiva en una triste caricatura. Esta vez, parece que el Comité del Premio nos ha llevado a un nuevo máximo, o quizá a un nuevo mínimo: ¡este año el Premio Nobel de la Paz será un premio a un libelo de sangre!
¿Cómo responderemos a este libelo de sangre?
La primera respuesta es para nosotros mismos, y es la que ofrece nuestra porción semanal de la Torá: “¿Por qué comenzó con el Génesis? Porque «Manifestó a su pueblo el poder de sus obras, para darle la heredad de las naciones». Pues si las naciones del mundo dicen a Israel: «Ustedes son ladrones, porque conquistaron las tierras de los siete pueblos», Israel puede responderles: «Toda la tierra pertenece al Santo, bendito sea. Él la creó y la entregó a quien consideró conveniente. Por su voluntad se la dio a ellos y, por su voluntad, se la quitó y nos la dio a nosotros»”. Este primer comentario de Rashi sobre la Torá establece como cuestión primordial qué nos decimos a nosotros mismos: “Manifestó a su pueblo el poder de sus obras”, a su pueblo y no a las naciones del mundo. Así se relaciona con el maravilloso poema de Nathan Alterman: “Entonces dijo Satanás: «A este sitiado, ¿cómo podré vencerlo? Tiene valor, capacidad de acción, armas, ingenio y buen juicio». Y dijo: «No le quitaré su fuerza [..] Solo haré esto: nublaré su mente, y olvidará que la justicia está de su lado»”. Antes que nada, debemos respondernos a nosotros mismos y asegurarnos de que nuestra mente no se nuble: debemos saber que la justicia está de nuestro lado. Y esa justicia es el criterio con el que habrá de juzgarse esta decisión insensata, que se presenta como “Premio Nobel de la Paz” cuando no es más que un premio a un libelo de sangre.
La segunda respuesta está dirigida a las naciones del mundo. Procede no solo de la justicia histórica y de la fe en el Creador del mundo, sino también del derecho internacional, que, en el artículo 80 de la Carta fundacional de la ONU, establece nuestro derecho a la Tierra de Israel como un derecho que no puede impugnarse ni revocarse. Debemos exponer una y otra vez nuestra posición justa ante el mundo entero y demostrar que, incluso de acuerdo con el derecho internacional, no somos ladrones ni nos hemos apoderado de una tierra extranjera. Esta es nuestra tierra, y tenemos el derecho y el deber, históricos y jurídicos, de renovar en ella nuestros días como antaño (este derecho también incluye, por supuesto, la Franja de Gaza). Por tanto, cualquiera que intente destruirnos y cortar esa conexión renovada entre el pueblo de Israel y su tierra, una conexión reconocida internacionalmente en la Carta fundacional de la ONU, y más aún quien lo haga con semejante crueldad, es quien actúa contra el derecho internacional, y no nosotros. Esta debe ser nuestra posición oficial en todos los foros y escenarios internacionales.
La tercera respuesta es para nuestros enemigos, y debe darse sobre el terreno, continuando nuestra justa guerra por la existencia: no renunciaremos a nuestro derecho y deber de destruir el gobierno de Hamás en Gaza y eliminar cualquier amenaza que desde allí se dirija contra Israel. Son dos objetivos de guerra que fijamos hace tres años y que recibieron un amplio respaldo internacional en la ONU hace un año. Mantendremos con firmeza nuestra posición de que la Franja de Gaza debe quedar completamente desmilitarizada y Hamás debe ser destruido por completo. Mantendremos esa firmeza en el terreno diplomático, también frente a los miembros del “Consejo de Paz”, que una y otra vez intentan diluir la obligación de desmilitarización y ofrecer en su lugar distintas soluciones parciales y graduales. También actuaremos militarmente para hacerla realidad.
Y la cuarta respuesta llegará dentro de dos semanas y media, en las urnas: si queremos vivir, no permitiremos que quienes pretendan formar un gobierno con el Movimiento Islámico, organización hermana de Hamás, lleguen a dirigir el país, Dios no lo quiera.
No aceptaremos el engaño según el cual el apoyo externo del Movimiento Islámico es “aceptable”. Comprenderemos plenamente la gravedad de poner las decisiones sobre el futuro del Estado de Israel en manos de nuestros enemigos, y haremos todo lo posible para impedir que ocurra semejante desastre, Dios no lo quiera. Evaluaremos cada opción electoral, ante todo, según este criterio: ¿el voto propuesto acercará o alejará la posibilidad de un gobierno con el Movimiento Islámico? No renunciaremos a este criterio, porque nos va la vida en ello.










