De los baños rituales judíos que hubo en Nueva York durante siglos, los arqueólogos solo han encontrado tres. Algunos desaparecieron con la demolición de los edificios que los albergaban; otros quedaron bajo construcciones posteriores. Miriam Entin, investigadora de arqueología de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), intenta averiguar dónde estuvieron los demás. Su investigación parte de anuncios antiguos, mapas y documentos que permiten seguir la historia de lugares de los que ya no queda constancia visible.
Uno de los tres hallazgos se produjo en 2003, durante las obras de un proyecto residencial en el Lower East Side de Manhattan. Una retroexcavadora retiró parte del terreno de un solar asfaltado y cercado y dejó al descubierto un muro de azulejos blancos. La excavación manual permitió reconocer una escalera de mármol y una piscina rectangular. En el suelo había una estrella de David formada por piezas hexagonales azules. Los archivos vincularon aquel lugar con la congregación Moshcisker Chevrah Gur Arye, por lo que el informe arqueológico identificó la estructura como un probable mikveh.
Un mikveh es una instalación destinada a la inmersión ritual y la purificación, fundamental en la vida de las comunidades judías ortodoxas. Su construcción habitual bajo el nivel del suelo facilita que algunos restos sobrevivan a los cambios del entorno. Sin embargo, la densidad urbana de Nueva York dificulta localizarlos y excavarlos. Entin busca que la identificación de estos espacios aporte información sobre las condiciones sociales y la experiencia de las generaciones de inmigrantes judíos que vivieron en la ciudad.
Los primeros baños judíos de Nueva York utilizaban agua de un arroyo
La presencia judía en la ciudad se remonta a 1654, cuando llegaron personas procedentes de Brasil a la entonces llamada Nueva Ámsterdam. En 1759, la congregación Shearith Israel construyó el primer mikveh documentado de Nueva York, en el área que hoy corresponde a South William Street. Lo alimentaba un arroyo natural. Un estudio de la arqueóloga Celia Bergoffen plantea que las generaciones anteriores pudieron utilizar directamente ese mismo curso de agua para sus inmersiones rituales.
La arqueología de la comunidad judía neoyorquina se ha ocupado principalmente de las sinagogas y los cementerios, pese a la importancia de estos baños. En otros lugares se han conservado restos mucho más antiguos. En Israel se anunciaron hallazgos de mikvehs de unos 2.000 años en Kiryat Gat, al sur del país, y en Jerusalén. Bergoffen, profesora del Instituto de Tecnología de la Moda de Nueva York, señala que el estudio arqueológico de los mikvehs tenía una trayectoria extensa en Europa, mientras que en Estados Unidos recibió escasa atención hasta las dos últimas décadas.

Bergoffen atribuye parte de ese vacío a la reserva con que muchas mujeres trataban una práctica relacionada con la menstruación, la sexualidad y la vida matrimonial. Entin, cuyos abuelos emigraron de Europa a Estados Unidos después del Holocausto, escogió ese aspecto poco investigado cuando inició su doctorado en el Centro de Graduados de CUNY. Su tesis está dedicada a los mikvehs del Lower East Side y, al momento de la investigación, esperaba concluir siete años de estudios doctorales a finales de 2026.
El crecimiento de la comunidad cambió la cantidad y la distribución de los baños. A finales del siglo XIX y comienzos del XX llegaron millones de judíos que huían de los pogromos de Europa oriental o buscaban oportunidades económicas. Muchos vivían en edificios de apartamentos de alquiler superpoblados del Lower East Side y establecieron congregaciones e instalaciones comunitarias. A principios del siglo XX, una zona de menos de una milla cuadrada llegó a reunir más de 500 congregaciones, algunas de las cuales compartían locales arrendados en el mismo edificio.
Los baños no siempre formaban parte de una sinagoga. Podían ocupar patios, dependencias privadas o sótanos de viviendas colectivas. Algunos carecían de anuncios comerciales y de vínculos formales con una congregación, por lo que quizá solo los conocían las personas que vivían cerca. En 2001, una excavación en Allen Street, próxima a la histórica sinagoga de Eldridge Street, sacó a la luz uno de estos espacios. Bergoffen participó en el estudio arqueológico del hallazgo.

Los baños estaban repartidos entre sótanos y viviendas superpobladas
El funcionamiento de los mikvehs planteaba dificultades económicas, religiosas y sanitarias. Muchos eran establecimientos independientes. Los rabinos podían certificar que reunían las condiciones rituales, pero no siempre los vigilaban después, de manera que los usuarios dependían del comportamiento de los encargados. Los requisitos del baño exigían una cantidad determinada de agua procedente de fuentes naturales. Como la red urbana distribuía agua por tuberías, los operadores recurrían a lluvia, nieve o hielo para cumplir las condiciones religiosas. Durante las festividades, la afluencia de personas podía superar lo que las instalaciones permitían atender.
La precariedad de las viviendas agravaba los problemas. Numerosos inmuebles de comienzos del siglo XX carecían de baños interiores, duchas o bañeras, y algunas personas utilizaban el mikveh también para asearse. Había encargados que no proporcionaban duchas ni renovaban o limpiaban el agua de forma adecuada. Un documento municipal citado en el trabajo de Bergoffen describía el agua de ciertos baños instalados en sótanos como espesa, viscosa y cubierta de residuos dejados por los cuerpos de los usuarios. Estas condiciones ayudan a explicar los problemas cotidianos de los establecimientos, más allá de su función religiosa.

En la década de 1920 comenzó a reducirse la cantidad de baños rituales del Lower East Side. Parte de la población judía se trasladó a otros barrios y numerosos edificios de viviendas fueron derribados. Con ellos desaparecieron instalaciones de las que en ocasiones solo habían quedado anuncios o menciones en documentos. Entin intenta distinguir los baños destruidos de aquellos que pudieron quedar cerrados y ocultos bajo construcciones posteriores.
Excavar en Manhattan casi siempre depende de una obra de construcción
A diferencia de lo que ocurre en terrenos menos urbanizados, los arqueólogos de Nueva York rara vez pueden escoger un lugar e iniciar una excavación para responder una pregunta de investigación. Entin pone como ejemplo la imposibilidad práctica de decidir que se excavará la Quinta Avenida por simple interés científico. Normalmente, la oportunidad surge de un proyecto inmobiliario. Antes de ciertas obras, las normas federales y estatales obligan a consultar a especialistas en recursos culturales para determinar si el solar puede tener importancia histórica.
Esos especialistas examinan los antecedentes del terreno, desde la presencia prehistórica e indígena hasta los asentamientos posteriores de inmigrantes. Después recomiendan excavar, vigilar los trabajos o permitir la construcción sin intervención arqueológica. Incluso cuando se autoriza una excavación, existe presión de las empresas promotoras para concluirla cuanto antes. Los objetos recuperados se registran y conservan para futuros estudios. El repositorio arqueológico de la ciudad custodia más de 120.000 piezas, entre ellas una punta de caza de unos 8.000 años encontrada en Queens.

Los tres mikvehs históricos descubiertos hasta ahora están en el Lower East Side o en sus alrededores. Además del baño de Allen Street, se encontró uno en East 3rd Street, en el lugar que había ocupado la congregación Moshcisker Chevrah Gur Arye. El tercero apareció por casualidad durante la reforma de un sótano en East 7th Street. Para Entin, disponer de direcciones históricas fiables podría permitir que se evalúe la presencia de estos espacios cuando comiencen nuevas obras.
Anuncios en yidis y mapas antiguos permiten localizar los baños perdidos
Entin reúne información para elaborar la primera base de datos completa de mikvehs históricos de Nueva York. Entre sus fuentes están la prensa en yidis, los mapas de seguros contra incendios y otros documentos de archivo. Un anuncio puede aportar la dirección de un establecimiento y el nombre del rabino que lo certificó. Los mapas, en cambio, permiten identificar edificios con sinagogas, baños o sótanos que podrían haber contenido una instalación ritual. La investigadora coteja esas pistas con archivos del Centro de Historia Judía y otras fuentes.

También consulta con propietarios actuales cuando necesita comprobar si un sótano fue rellenado o si todavía conserva una estructura antigua. Los planos de las compañías de seguros tienen una utilidad particular porque se publicaban cada pocos años. Es posible seguir un mismo edificio en distintas fechas: si en 1903 se identificaban baños y en 1920 ya no aparecían, el cambio permite considerar la venta o demolición de la instalación. La publicidad histórica ofrece indicios semejantes acerca del funcionamiento y el cierre de los establecimientos.

Un ejemplo procede de la sinagoga Park East, en el Upper East Side. A comienzos del siglo XX anunció un mikveh, pero avisos posteriores indicaron que estaba en venta y después dejó de aparecer en la documentación consultada. Entin ya identificó decenas de baños en el Lower East Side, aunque reserva las cifras exactas y las direcciones hasta publicar su tesis. Además localizó varias decenas en otros sectores de Nueva York, incluidos el Bronx y zonas de Brooklyn, así como en Newark, Nueva Jersey, y Filadelfia, Pensilvania.
No todos esos lugares ofrecen las mismas posibilidades de conservación. En algunos casos se sabe que el inmueble antiguo fue sustituido por otro, por ejemplo un hotel, y parece improbable que la instalación haya sobrevivido., pero Entin considera casi seguro que algunos baños permanecen intactos en sótanos de antiguos edificios de alquiler, sin que sus propietarios conozcan necesariamente lo que existe allí.

Las excavaciones pueden mostrar cómo se construían y utilizaban
En determinadas obras de principios y mediados del siglo XX, los constructores debían retirar las estructuras subterráneas para preparar los cimientos. Sin embargo, en ocasiones rellenaban ilegalmente los sótanos con tierra y escombros y edificaban encima. Esta práctica permitió que el mikveh de Allen Street sobreviviera a una construcción realizada en 1958. La permanencia de esas estructuras ofrece la posibilidad de estudiar elementos que no aparecen en los anuncios ni en los planos.
Los hallazgos pueden mostrar cómo se atendían las exigencias rituales relativas al agua. A comienzos del siglo XX hubo discusiones entre autoridades jurídicas judías sobre la posibilidad de utilizar agua del grifo, en vez de agua de manantial o de lluvia, para llenar un mikveh. Las instalaciones conservadas permiten examinar cómo se aplicaron esas decisiones y controversias a la construcción. También pueden aportar información sobre las entradas independientes, el grado de privacidad y la distribución de los espacios interiores.
En Allen Street aparecieron fragmentos de una barandilla que rodeaba la piscina y elementos incorporados a los escalones de mármol para reducir el riesgo de resbalar. Esos restos dan información sobre las medidas de seguridad que no sería posible obtener únicamente a partir de documentos escritos. Bergoffen considera que el registro preparado por Entin será útil para conocer los cambios de la comunidad judía y sus prácticas en el Lower East Side, aunque duda de que las dificultades urbanas permitan multiplicar las excavaciones.
Entin espera que la información histórica facilite nuevas intervenciones arqueológicas cuando haya proyectos de construcción en los lugares identificados. Con una base documental que señale edificios y parcelas concretas, los especialistas podrán justificar la necesidad de investigar posibles restos antes de que las obras los alteren. Su hipótesis es que algunos edificios antiguos todavía conservan estructuras desconocidas en sus sótanos.










