Hace mil años, un intelectual judío previó las dificultades políticas de Israel en nuestra generación. Se llamaba Rashi, rabí Shlomo Yitzjaki. Al comienzo de su monumental comentario a la Torá citó un midrash poco conocido de un amora del siglo IV de nuestra era, que, por cierto, vivía en Sajnin. Según aquel midrash, que Rashi decidió atribuir a su padre, el relato de la creación del mundo en el Génesis es una póliza de seguro moral para los judíos: si algún día las naciones vinieran a reclamarles por qué habían despojado a los habitantes originales de su tierra y la habían conquistado, los judíos podrían alegar que esa tierra no pertenece a nadie, sino que el Creador del mundo se la entregó en custodia. Que discutan con él, no con nosotros.
El problema es que los gentiles de nuestra generación no se impresionan con los comentarios de Rashi. Dudo de que los de su generación se impresionaran. Al parecer, él no esperaba nada de ellos. Solo quería proporcionarnos de antemano justificaciones morales frente a futuros planes para expulsarnos de nuestra tierra, como el del Partido Verde británico. La mayoría de sus dirigentes decidió esta semana, al término de un “debate serio y profundo”, que el sionismo es racismo y que el partido está comprometido con la liberación de Palestina.
Los Verdes británicos no tienen un problema específicamente con Judea y Samaria, sino con cualquier porción de soberanía hebrea entre el Jordán y el mar. Anhelan establecer “un solo Estado democrático en todo el territorio de la Palestina histórica”. Después del 7 de octubre, no hace falta imaginar cuál sería nuestro destino en semejante democracia ni quién se ocuparía de nosotros entonces. ¿Las organizaciones ecologistas? ¿El Consejo de Derechos Humanos de la ONU? ¿Ed Miliband?
Los analistas de asuntos europeos señalaron que el partido británico antisemita es “el primero de Occidente” en definir el sionismo como racismo. Es decir, probablemente pronto habrá más partidos. Existen mil y una explicaciones relacionadas con las circunstancias actuales, encabezadas por los fallos de la labor de comunicación del Gobierno de Israel., pero gracias a Rashi queda claro que se trata de un problema crónico, antiquísimo. Nunca se debió a una escasez de portavoces judíos capaces y diligentes, sino a las dificultades de los extranjeros para aceptar nuestra propia existencia. En la ONU nos hostigaban incluso cuando nos conformábamos con las fronteras de 1949. En Europa nos odiaban mucho antes de Herzl.
Una comisión gubernamental de investigación encargada de proponer formas de mejorar la imagen de Israel después de la Guerra de los Seis Días señaló ya en 1969 que “las expectativas excesivas sobre los posibles logros de la labor de comunicación pueden causar desilusión y acusaciones de «fallos»”. También recomendó aceptar psicológicamente las dificultades de la comunicación pública en el extranjero mientras consideremos que mantener los territorios conquistados durante la guerra es una necesidad existencial. Esa recomendación sigue vigente hasta nuestros días. Al fin y al cabo, nadie propone renunciar ahora a Tel Aviv para apaciguar al Partido Verde ni regresar a Europa con el propósito de reducir los aplausos a una película antisemita en el Festival de Venecia.
La citada comisión, presidida por un general de la reserva, recomendó diversas formas de mejorar la imagen israelí en el extranjero. Un sistema eficaz de comunicación pública podría reducir la magnitud de la hostilidad mundial hacia Israel también en nuestros días. Tomar medidas contra los colaboradores locales que alimentan voluntariamente el odio internacional, tanto desde la derecha como desde la izquierda, también podría ayudar. Todavía quedan bastantes gentiles a quienes podemos convencer de que tenemos razón o, al menos, hacerles preguntarse cómo actuarían en nuestro lugar si Hamás invadiera su país y perpetrara allí una masacre., pero mientras conseguimos convencerlos, la conclusión práctica que impone la locura del antisemitismo creciente en el extranjero es que debemos ser fuertes. Un muro de hierro del ejército israelí frente a nuestros numerosos enemigos es más necesario que un excelente sistema de comunicación pública. O, como escribió Efraim Kishon después de la Guerra de los Seis Días en la extraordinaria sátira “Perdón por haber ganado”, es preferible que nos odien porque vencemos a que despertemos, Dios no lo quiera, una simpatía general después de perder.
En Treblinka y Auschwitz, cabe suponer, ningún judío fue oído murmurando, poco antes del final, que “quizá no nos explicamos lo suficiente”.










