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Jerusalén, capital de Israel. Firmado: Donald Trump

2 de marzo de 2018
en Jerusalén, Opinión
Jerusalem, capital de Israel. Firmado: Donald Trump

A fines del año pasado, y a pocos meses del 70º aniversario del establecimiento del Estado de Israel, EEUU obsequió anticipadamente un bello regalo de cumpleaños a su aliado especial: el reconocimiento de Jerusalén como su capital nacional.

Ante todo fue un acto burocrático: el presidente Donald Trump no apeló a una excepción a una ley del Congreso, lo que activó una instrucción al Ejecutivo para desplazar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén. Fue también un ejercicio de soberanía: EEUU decidió dónde ubicar su embajada en una nación aliada. Y fue un acontecimiento político de primera magnitud: siete décadas después de haber sido la primera nación en reconocer (a los once minutos) la existencia e independencia de Israel, finalmente EEUU declaró su reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado judío.

El presidente Trump reconoció lo obvio, que Jerusalén ha sido por siete décadas la capital política de Israel y por tres mil años la capital simbólica del pueblo judío. En sus palabras: “Hace 70 años Estados Unidos, bajo el presidente Truman, reconoció el Estado de Israel. Desde entonces, Israel ha construido su capital en la ciudad de Jerusalén, la capital que el pueblo judío estableció en la antigüedad”. Efectivamente, antes del nacimiento del islam Jerusalén ya era capital de un reino judío, fue establecida como tal por el rey David. Es en su suelo donde se encuentran la Oficina del Primer Ministro, la Cancillería, la Corte Suprema y el Parlamento israelíes. Como recordó el columnista del New York Times Bret Stephens, allí se dirigió Richard Nixon en 1974 en ocasión de la primera visita oficial de un presidente estadounidense a Israel, y allí llevó su mensaje el líder egipcio Anwar Sadat para sellar la paz con el Estado judío.

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Esta determinación honró además la Jerusalén Embassy Act, ley del Congreso norteamericano que pidió al Ejecutivo en 1995 ubicar la embajada en Jerusalén. Entonces el presidente era Bill Clinton, quien no vetó la ley pero negoció la inclusión de una cláusula que permitiera postergar su ejecución aduciendo razones de seguridad nacional. Hecha la ley, hecha la trampa. Desde entonces, Bill Clinton y sus sucesores, George W. Bush y Barack Obama, invocaron razones de seguridad para postergar su aplicación. Lo hicieron convencidos de que obrar de otro modo afectaría negativamente al proceso de paz entre israelíes y palestinos, pero veinte años más tarde la paz no está más cerca. Donald Trump decidió confrontar ese automatismo. “No podemos resolver nuestros problemas haciendo las mismas suposiciones fallidas y repitiendo las mismas estrategias fracasadas del pasado”, dijo. “Todos los desafíos exigen nuevos enfoques”.

Poco antes, el Congreso adoptó la Taylor Force Act, en honor a un joven militar estadounidense asesinado por un terrorista palestino en Israel y que dispone que EEUU no contribuirá al presupuesto de la Autoridad Palestina en tanto ésta persista en su vil política de recompensar materialmente a los familiares de los palestinos que asesinen a israelíes, como actualmente ordena la ley palestina. Por otro lado, una oleada de resoluciones ofensivas de la Unesco negaron la conexión judía con Jerusalén y se refirieron a los lugares santos del judaísmo en términos exclusivamente islámicos. Vista con el trasfondo de estos hechos, la decisión presidencial sobre Jerusalén parecería sugerir un hartazgo para con la intransigencia palestina en el proceso de paz y con su campaña global de deslegitimación de Israel.

“Jerusalén es el corazón no solo de tres grandes religiones, también de una de las democracias más exitosas del mundo”, dijo también Trump. La mención no fue casual. Sólo bajo gobierno israelí pudo Jerusalén gozar de plena libertad de culto y acceso a los lugares santos para los fieles de todas las religiones. Cuando Jerusalén estuvo en manos de una monarquía musulmana (Jordania), los judíos no podían rezar en el Muro de los Lamentos, su espacio más sagrado. Es más, Jerusalén revistió poco interés para los musulmanes en aquella época. Salvo la realeza jordana, prácticamente ningún líder musulmán de importancia visitó esa ciudad santa durante los casi veinte años de gobierno jordano. Como indicó el historiador Daniel Pipes, la radio jordana difundía los sermones de los viernes no desde Al Aqsa, sino desde una pequeña mezquita de Amán. Tareas elementales como obtener un crédito bancario, suscribirse al servicio telefónico o registrar un paquete postal requerían un viaje a Amán. Durante la guerra de 1948, los jordanos llegaron a bombardear Jerusalén, y el Hamás palestino ha lanzado cohetes en su dirección.

La Carta Nacional Palestina –documento fundacional de la Organización para la Liberación de Palestina, publicado en 1964– no nombra a Jerusalén ni una sola vez. Tampoco la menciona el Corán. No es casualidad que, aun estando en Jerusalén, los musulmanes recen en dirección a La Meca. Durante el período otomano, Jerusalén perdió todo su esplendor, como atestiguan reportes de viajeros de la época. En 1795, el aristócrata Charles Joseph de Ligne se refirió a ella como “un agujerucho horrible”. En 1850, Gustav Flaubert encontró “ruinas por todas partes”, mientras que en 1865 Mark Twain observó que la ciudad santa había perdido “toda su antigua grandeza” y se había transformado en una “aldea paupérrima”. Sólo cuando pasó a estar en manos judías renacieron los reclamos y el interés árabe e islámico por ella.

La presentación de estos hechos históricos incontestables no busca minimizar el relieve religioso que esta ciudad pueda tener para el mundo árabe y musulmán. Simplemente ilustra acerca de la utilización política que se está haciendo de Jerusalén por parte de voceros palestinos, árabes y musulmanes; en Ramala, en Estambul y en Teherán.

En 1955, el sah de Irán estaba en Londres en un agasajo oficial. Winston Churchill dijo entonces, privadamente, una de las frases más justas jamás pronunciadas sobre este tema. En una conversación sobre el futuro de la ciudad, sentenció: “Dejen Jerusalén a los judíos: fueron ellos los que la hicieron famosa”.

En 2017, Donald Trump le dio la razón.

Por Julián Schvindlerman | Fuente: Revista periodística ElMed.io

Etiquetas: EditorialJerusalén

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