El Ejército de Estados Unidos detectó 378 incursiones de drones en la frontera con México durante un periodo de 30 días, un nivel de actividad que ha acelerado las pruebas de sistemas de defensa contra aeronaves no tripuladas de bajo costo.
Las evaluaciones se concentran en una arquitectura por capas que combina radares, drones interceptores, efectos electrónicos y sistemas de armas automatizados. El objetivo es detectar, seguir, identificar y neutralizar drones pequeños sin recurrir de forma sistemática a misiles antiaéreos de alto costo y sin elevar los riesgos cerca de zonas pobladas o del espacio aéreo civil.
El ejercicio Falcon Peak 26.2, realizado en el campo de pruebas de Yuma, Arizona, sirvió para examinar cómo distintos sensores y medios de neutralización pueden actuar contra la misma clase de drones pequeños observados en la frontera sur. Estos aparatos suelen volar a baja altura, a poca velocidad y con firmas de radar reducidas, lo que complica su clasificación frente a aeronaves o misiles convencionales.
Entre los sistemas evaluados figura el Bullfrog M240, desarrollado por Allen Control Systems. Se trata de un arma operada a distancia que integra una ametralladora M240 de 7,62 × 51 mm con seguimiento automático de blancos y control de tiro para atacar drones pequeños a corta distancia.
Durante Falcon Peak, el Bullfrog fue probado como sistema experimental contra UAS y no se empleó de forma operativa contra drones vinculados con cárteles. La evaluación buscó determinar qué función podría cumplir dentro de una defensa fronteriza más amplia.
Una de sus ventajas potenciales es el costo por intercepción. El empleo de munición de ametralladora contra un cuadricóptero barato puede ser más sostenible que el uso de un misil antiaéreo avanzado, sobre todo cuando las incursiones son frecuentes. Los drones interceptores probados junto con sistemas de armas ofrecen otra alternativa de menor costo para detener físicamente aeronaves no tripuladas pequeñas.
Ningún método sirve para todos los escenarios. Las armas balísticas pueden generar riesgos inaceptables en determinadas zonas, mientras que la guerra electrónica depende de las condiciones del espectro, del grado de autonomía del dron y de posibles interferencias con sistemas civiles. Por eso, la defensa por capas permite escoger entre interceptores cinéticos, armas de fuego, efectos electrónicos u otras contramedidas según el entorno.
La necesidad de limitar daños colaterales es especialmente relevante en la frontera sur, donde estos sistemas pueden operar cerca de carreteras, infraestructura, comunidades y espacio aéreo controlado. Además de derribar el dron, los operadores deben considerar la caída de restos, la seguridad del disparo y los posibles efectos sobre comunicaciones o aeronaves civiles.
Muchos de los aparatos detectados serían drones comerciales equipados con cámaras para observar la actividad de seguridad, vigilar rutas de patrulla o apoyar operaciones de contrabando. Su bajo precio y facilidad de reemplazo plantean un problema económico distinto al de la defensa antiaérea tradicional, ya que el uso repetido de interceptores de alta gama haría insostenible la respuesta.
La frontera sur se ha convertido así en un entorno de prueba para combinar sensores, sistemas de mando y diferentes medios de neutralización. La prioridad es disponer de opciones capaces de sostener una defensa frecuente contra drones baratos sin convertir cada incursión en una intercepción de alto costo.










