Pete Hegseth ha introducido una prueba para los oficiales estadounidenses que aspiran a alcanzar el generalato o los grados de almirante. Anunciada en septiembre, la Evaluación Conjunta de Combatientes (JWE, por sus siglas en inglés) se aplicará a los militares de grado O-6 que busquen ese ascenso. Cada fuerza armada tendrá cierto margen para organizarla, pero todos los aspirantes deberán afrontar decisiones bajo presión dentro de una simulación de guerra y resolver una evaluación escrita con tiempo limitado.
Gary Anderson, antiguo jefe de Estado Mayor del Laboratorio de Guerra del Cuerpo de Marines, considera que esta iniciativa es la mejor decisión de Hegseth. Desde hace años defiende que los ascensos a los niveles superiores del mando deben tener en cuenta las aptitudes reales para dirigir operaciones militares. A su juicio, un examen de esta naturaleza permitirá descartar al menos a algunos oficiales incapaces de reaccionar adecuadamente ante situaciones críticas, aunque reconoce que ninguna selección estará exenta de errores.
Su argumento parte de la experiencia de comandantes que, durante acciones de combate, adoptaron decisiones perjudiciales o quedaron paralizados cuando debían actuar. Anderson también responsabiliza a determinados mandos administrativos del desarrollo que atribuye al conflicto de Irán y sostiene que no ofrecieron a las autoridades nacionales alternativas satisfactorias para ponerle fin. En su opinión, muchos de esos oficiales conservan sus puestos. Confía en que la JWE contribuya, con el paso de los años, a mejorar tanto la dirección del Pentágono como el mando sobre el terreno.
Anderson considera insuficiente, sin embargo, medir únicamente la rapidez y la calidad de las decisiones tácticas. Propone incorporar una valoración del criterio moral de cada aspirante. Entre las preguntas que plantea figura cómo actuaría el oficial si recibiera una orden que juzgara ilegal, inmoral o susceptible de causar un desastre en combate. La dificultad, señala, radica también en que los candidatos sabrían que sus respuestas podrían condicionar sus posibilidades de ascenso.
La mayor reserva del autor se refiere al Cuerpo de Marines, la institución en la que desarrolló su carrera. La tarea de evaluar a sus coroneles mediante la JWE ha recaído en la Universidad del Cuerpo de Marines (MCU). Anderson cuestiona que esa institución reúna actualmente las condiciones necesarias para valorar el mando en escenarios de combate de alta intensidad, aunque afirma que siete años atrás no habría expresado la misma objeción.
Su crítica se concentra en los cambios que, a su entender, afectan a la formación de oficiales desde 2019. Acusa a la MCU de reducir el espacio dedicado a la historia militar en favor de materias técnicas, entre ellas la inteligencia artificial y la guerra autónoma. Para Anderson, la experiencia histórica es un recurso indispensable en las decisiones rápidas de un comandante: el conocimiento de éxitos y fracasos anteriores ayuda a reconocer situaciones y escoger una respuesta. Menciona a Nathan Bedford Forrest y Francis Marion como excepciones entre los jefes militares competentes que ha estudiado, pues considera que la mayoría ha mantenido una relación intensa con la historia.
La transformación tecnológica de la guerra, ejemplificada en su análisis por lo ocurrido en Ucrania, no elimina, a su juicio, esa exigencia de juicio operativo. Los sistemas de armas pueden cambiar, pero Anderson sostiene que la capacidad para decidir a tiempo es esencial. Por eso critica que los responsables actuales del Cuerpo de Marines, especialmente dentro de su universidad, no otorguen suficiente importancia al estudio de experiencias militares anteriores.
El autor relaciona esa situación con el debate sobre el programa de transformación de la fuerza conocido como Force Design, antes denominado Force Design 2030. Afirma que, tras su introducción, se restringieron las discusiones acerca de los posibles efectos de los cambios en la estructura, la doctrina y las capacidades de armas combinadas del Cuerpo de Marines. Según su descripción, el desacuerdo doctrinal y la autocrítica, antes habituales en la institución que conoció, han perdido espacio durante los últimos siete años.
Como ejemplo de ese deterioro, Anderson acusa a la MCU de haber excluido de sus instalaciones al general retirado Charles Krulak y a otros antiguos generales de los Marines. Sostiene que la prohibición alcanzó incluso al Centro Brute Krulak para la Innovación y la Guerra del Futuro, denominado así en honor del padre del general. También cita a Zinni, Mattis y Van Riper entre los oficiales retirados cuya experiencia considera desaprovechada por la universidad.
El problema, para Anderson, adquiere especial importancia si la propia MCU debe determinar qué coroneles están preparados para convertirse en generales. Recupera una afirmación publicada en Marine Corps Compass Points acerca de la ausencia, dentro de esa universidad, de personal con experiencia de mando en combate a nivel de oficial general. Entiende que prescindir de antiguos comandantes con esa trayectoria debilita el propósito de una evaluación destinada precisamente a examinar el liderazgo en situaciones de guerra.
La severidad de su diagnóstico aparece en una comparación histórica: a su juicio, el ambiente intelectual actual del Cuerpo de Marines se parece más al del Ejército francés de los años treinta, antes de la derrota de 1940, que al de la organización militar en la que él sirvió.
Pese a sus objeciones sobre quién administrará la JWE a los Marines, Anderson mantiene su respaldo a la iniciativa del secretario de Defensa. Aclara que discrepa de otras decisiones de Hegseth, pero considera necesaria una selección que examine directamente la capacidad de mando antes de otorgar responsabilidades superiores. Anderson también fue asesor especial del subsecretario de Defensa y es autor de Beyond Mahan, a Naval Strategy for the 21st Century.










