Israel golpeó instalaciones nucleares, mandos y nodos de misiles desde el inicio de la guerra, pese al escudo iraní apoyado en baterías S-300.
El desgaste previo dejó expuesta la red antiaérea iraní de largo alcance
Cuando Israel abrió el 13 de junio de 2025 la Operación León Ascendente, la defensa iraní de largo alcance, apoyada en sistemas S-300 de diseño soviético y suministro ruso, no pudo cerrar el espacio aéreo. Israel afirmó que empleó unos 200 aviones de combate contra más de 100 objetivos en la apertura y que cuatro días después ya podía ampliar la lista de blancos sobre Teherán.
Meses antes, imágenes satelitales de abril de 2024 registraron daños y señales de incendio en el radar de una batería S-300 próxima a Isfahán, en la zona que protege instalaciones sensibles del programa nuclear. En noviembre, Benjamín Netanyahu declaró ante la Knéset que ese ataque había eliminado una de las cuatro baterías desplegadas alrededor de Teherán y que la ofensiva israelí de octubre destruyó las tres restantes.
A esa secuencia se añadió otro deterioro, porque Netanyahu sostuvo también que la ofensiva de octubre había degradado la producción iraní de misiles balísticos y de combustible sólido. Según fuentes israelíes, la apertura de la campaña de junio combinó aviación tripulada, armas guiadas y acciones clandestinas contra la propia estructura de la defensa antiaérea, con ataques directos sobre sistemas de armas desde el inicio de la oleada principal.

Esas versiones atribuyeron al Mossad el despliegue de comandos dentro de Irán para atacar sistemas de armas cuando comenzó la ofensiva principal. Un relato posterior añadió el uso de drones y de otros medios infiltrados para inutilizar con rapidez parte de las defensas antiaéreas y de los sistemas de misiles iraníes, de modo que una red ya castigada llegó a la guerra sin capacidad suficiente para sostener el primer choque.
Claves operativas de la campaña israelí en los primeros doce días
- Israel dijo que abrió la campaña con unos 200 aviones de combate contra más de 100 objetivos.
- El 17 de junio sostuvo que había alcanzado superioridad aérea y que podía ampliar los blancos sobre Teherán.
- Reuters informó que los aparatos repostaban sobre Siria en trayectos de ida y vuelta de más de 3.000 kilómetros.
- El 27 de junio reportó más de 900 objetivos atacados, más de 30 altos responsables muertos y 11 científicos nucleares eliminados.
Natanz y el control del aire confirmaron la pérdida de eficacia iraní
Cuando Rafael Grossi informó el 13 de junio sobre los efectos del ataque en Natanz, señaló que la ofensiva había destruido la planta piloto de enriquecimiento situada sobre superficie. Días después precisó que también había quedado arrasada la infraestructura eléctrica del complejo, incluida la subestación, el edificio principal de alimentación, el suministro de emergencia y los generadores de respaldo, con impacto directo sobre la operatividad del sitio.
Con ese daño acumulado sobre el terreno, una batería intacta dejó de equivaler a una barrera operativa capaz de cerrar el acceso aéreo a las instalaciones nucleares. Lo decisivo no fue solo la existencia formal de lanzadores o radares, sino la pérdida de funciones críticas en el complejo atacado y la capacidad israelí para entrar, golpear objetivos sensibles y repetir misiones desde los primeros compases de la guerra.

Para el 17 de junio, Israel presentó la campaña como una fase de explotación sostenida del espacio aéreo iraní después de la penetración inicial. Netanyahu definió ese control como un “cambio de juego”, y Tzachi Hanegbi afirmó que, tras la destrucción de decenas de baterías de defensa antiaérea, los pilotos podían actuar contra muchísimos más objetivos sobre Teherán, una señal clara de que el escudo no había frenado la ofensiva.
Reuters añadió un dato logístico que resumió el alcance de esas misiones: los aviones israelíes repostaban sobre Siria en vuelos de ida y vuelta de más de 3.000 kilómetros. Irán anunció derribos, pero Israel negó la pérdida de aparatos y tripulaciones. El dato operativo quedó expuesto en la continuidad de las salidas, porque la aviación israelí entró, atacó y volvió a hacerlo a lo largo de la campaña.
El precedente sirio y el balance final reforzaron la misma lección
Cuando Rusia entregó el S-300 a Damasco en octubre de 2018, Israel ya había reconocido más de 200 ataques en ese frente durante los dos años anteriores. Entonces, un ministro israelí sostuvo que esas baterías no limitaban la libertad de acción de su fuerza aérea y agregó que los F-35 israelíes ni siquiera podían ser detectados por ese sistema, una valoración que anticipó el patrón visto luego en Irán.
Cuatro años después, un S-300 operado por personal ruso disparó contra cazas israelíes sobre Siria sin alcanzarlos. Un mes más tarde, imágenes satelitales mostraron que una batería había sido retirada de Masyaf con destino a Rusia. Ese antecedente consolidó la idea de que la mera presencia del sistema no bastaba para negar el acceso a una fuerza aérea capaz de penetrar, atacar y sostener salidas repetidas.

Ya al cierre de la guerra, el 27 de junio, Israel informó que había atacado más de 900 objetivos, matado a más de 30 altos responsables de seguridad y eliminado a 11 científicos nucleares. Las autoridades iraníes situaron en 627 los muertos en Irán, mientras Israel reportó 28 muertos en su territorio. Un análisis de imágenes comerciales estimó además que solo una parte reducida de los misiles iraníes golpeó blancos con valor militar real.
Ese mismo 27 de junio, el ministro de Defensa, israelí, Israel Katz, ordenó preparar planes para mantener la superioridad aérea sobre Irán, impedir la reconstitución del programa nuclear y frenar la producción de misiles. La secuencia dejó un resultado central en la guerra de doce días: los S-300 llegaron degradados al inicio de la ofensiva, no sostuvieron la primera fase de respuesta y no evitaron que los cazas israelíes alcanzaran los objetivos buscados.