La ofensiva superó 10.000 objetivos atacados y dio al B-2 un papel central contra instalaciones endurecidas, redes subterráneas de misiles y posiciones costeras iraníes.
La campaña aérea incorporó al B-2 desde las primeras horas
Desde el inicio de la ofensiva contra Irán, el B-2 Spirit dejó de ser un recurso excepcional y pasó a formar parte del núcleo de la campaña aérea. Según el mando central de Estados Unidos, la operación comenzó a la 1:15 a. m. y, ya en sus primeras horas, incluyó al bombardero furtivo en ataques contra objetivos iraníes enterrados. A finales de marzo, la ofensiva había concentrado una proporción creciente de sus esfuerzos en instalaciones endurecidas.
En el balance oficial de medios y blancos, el B-2 apareció junto a cazas, submarinos, destructores y otros bombarderos dentro de una campaña que, hasta el 23 de marzo, acumulaba más de 9.000 objetivos alcanzados y más de 9.000 salidas de combate. Entre los blancos figuraban búnkeres de almacenamiento, centros de mando, emplazamientos de misiles balísticos y defensas antiaéreas. Esa combinación mostró desde temprano que la prioridad incluía redes de apoyo y estructuras protegidas bajo tierra.
El antecedente inmediato de ese empleo fue la misión de junio de 2025, cuando siete B-2 volaron durante 18 horas hasta Irán, repostaron en el aire y lanzaron 14 bombas GBU-57 de 30.000 libras sobre Fordo, Natanz e Isfahán. Aquella operación fue la mayor ejecutada hasta entonces por ese modelo. Las imágenes posteriores mostraron seis perforaciones en la montaña de Fordo y daños muy graves en el complejo, además de impactos en accesos a túneles de Isfahán.

Sin embargo, aquella operación no clausuró ese frente. Entre enero y febrero de 2026, Irán enterró por completo tres accesos al complejo de túneles de Isfahán, reforzó dos entradas en Pickaxe Mountain, a unos dos kilómetros de Natanz, y avanzó en reparaciones en bases de misiles próximas a Shiraz y Qom. Ese proceso explica por qué, cuando comenzó la campaña del 28 de febrero, el uso del B-2 respondió ya a un esquema distinto.
Claves del cambio operativo del B-2 en la ofensiva
- En 2025, siete B-2 lanzaron 14 bombas GBU-57 de 30.000 libras sobre Fordo, Natanz e Isfahán.
- Entre enero y febrero de 2026, Irán selló accesos en Isfahán y reforzó entradas en Pickaxe Mountain.
- En la campaña iniciada el 28 de febrero, el B-2 empleó primero bombas penetrantes de 2.000 libras.
- El 23 de marzo, la ofensiva acumulaba más de 9.000 objetivos alcanzados y más de 9.000 salidas.
El objetivo pasó de complejos estratégicos a una red subterránea
Al comenzar la nueva campaña, el B-2 dejó atrás el patrón de la misión nuclear de 2025. En vez de concentrarse en un grupo reducido de complejos estratégicos, pasó a actuar sobre una red más amplia de posiciones enterradas. En los primeros ataques empleó bombas penetrantes de 2.000 libras contra instalaciones subterráneas de misiles, no las GBU-57 de 30.000 libras. Ese cambio señaló que el blanco abarcaba lanzadores, rampas, túneles y nodos de apoyo bajo tierra.
Dos días después del inicio de la campaña, imágenes comerciales sobre Natanz detectaron dos impactos en accesos al complejo subterráneo, tres edificios destruidos y la rampa vehicular hacia las galerías fuera de servicio. A partir del 5 de marzo, la ofensiva entró en una segunda fase y colocó el subsuelo en el centro de la operación. El mando estadounidense informó que los B-2 habían lanzado en pocas horas decenas de bombas penetrantes de 2.000 libras contra lanzadores balísticos profundamente enterrados.

Mientras esos ataques alcanzaban instalaciones de producción de misiles, la aviación israelí dejó atrás la fase inicial contra lanzadores expuestos y pasó a golpear búnkeres y otros emplazamientos enterrados. La insistencia sobre ese tipo de objetivos respondió a la estructura del arsenal iraní. Irán llegó a la guerra con el mayor inventario de misiles balísticos de Oriente Medio, con alcances de hasta 2.000 kilómetros, protegido por una red construida durante años y distribuida en varias provincias.
Al menos cinco complejos subterráneos de misiles han sido identificados en distintas zonas, entre ellas Kermanshah y Semnan, además de sectores cercanos al Golfo. Irán ya había efectuado en 2020 un lanzamiento balístico desde el subsuelo, y esa combinación de volumen, dispersión y profundidad obligó al uso de plataformas capaces de operar a larga distancia, mantener perfiles furtivos y atacar accesos y cavidades con distintos tipos de munición. La campaña se adaptó así a una arquitectura defensiva extensa y endurecida.
Los bombardeos se centraron en accesos, túneles y puntos periféricos
Las imágenes de daños recogidas durante marzo reforzaron esa pauta de ataque. En Natanz, los bombardeos de comienzos de mes se concentraron en entradas de personal y en la única rampa de acceso para vehículos, más que en producir un efecto visible sobre las salas enterradas. En Isfahán, la evidencia más clara apareció el 8 de marzo, cuando satélites comerciales registraron entradas de túneles destruidas en el complejo de misiles. La destrucción visible se situó así en accesos y puntos vulnerables.
Al mismo tiempo, el director del organismo atómico internacional señaló que gran parte del uranio enriquecido al 60 % seguía probablemente dentro del complejo de túneles de Isfahán y que los inspectores aún no habían regresado a los lugares bombardeados. Esa situación dejó pendiente la evaluación del interior de las instalaciones. La guerra mostró, por tanto, daños claros en los accesos y en elementos periféricos, mientras el alcance preciso de los efectos dentro de las galerías seguía sin confirmación pública.

Esa misma lógica de ataque se trasladó a mediados de marzo hacia el litoral del Golfo. El 17 de marzo, el mando central estadounidense anunció el uso de múltiples bombas penetrantes profundas de 5.000 libras contra posiciones iraníes de misiles a lo largo de la costa próxima al estrecho de Ormuz. Tres días después, Londres autorizó el uso de bases británicas para ataques estadounidenses contra emplazamientos iraníes que disparaban contra la navegación en esa ruta marítima.
La campaña dejó así de limitarse al cinturón central de instalaciones nucleares y balísticas y se extendió a búnkeres costeros, posiciones antibuque e infraestructuras excavadas que amenazaban el tráfico energético mundial. El desplazamiento hacia la costa confirmó que la ofensiva ya no buscaba solo degradar complejos fijos del interior, sino presionar una red enterrada de alcance más amplio. En esa evolución, el B-2 mantuvo un papel ligado a objetivos endurecidos y a la necesidad de sostener ataques de gran distancia.
La ofensiva amplió su escala y elevó la presión sobre Teherán
La dimensión acumulada de la ofensiva apareció en los balances oficiales. El parte del 23 de marzo contabilizaba más de 140 buques iraníes dañados o destruidos e incluía búnkeres de producción y almacenamiento de armas entre los objetivos atacados. Dos días después, el jefe del mando central elevó la cifra a más de 10.000 blancos dentro de Irán. Esa actualización también afirmó que el 92 % de los mayores buques de la marina iraní había quedado destruido.
Según ese mismo balance, los lanzamientos de drones y misiles habían caído más del 90 %, mientras Estados Unidos e Israel habían dañado o destruido dos tercios de las instalaciones de producción de misiles, drones y sistemas navales, además de astilleros. Para el 25 de marzo, la guerra había entrado en su cuarta semana. Irán examinaba una propuesta transmitida por mediadores para poner fin al conflicto, aunque seguía rechazando una negociación directa con Washington.

Mientras tanto, la Casa Blanca amenazaba con ataques todavía más duros si Teherán no aceptaba la situación militar creada sobre el terreno. A la vez, los bombardeos iraníes contra aeropuertos, puertos, refinerías y otras infraestructuras del Golfo llevaron a países árabes de la región a denunciar ante Naciones Unidas la existencia de una amenaza existencial. la guerra mostró así una expansión simultánea de la presión militar, del deterioro regional y de la dimensión diplomática de la crisis.
De ese recorrido se desprende que el papel del B-2 quedó definido por la evolución de la campaña. Primero atacó infraestructura endurecida, después volvió sobre elementos que permanecieron intactos bajo roca y hormigón, y más tarde sostuvo la presión sobre la red subterránea iraní desde Natanz e Isfahán hasta la costa de Ormuz. Dentro de una ofensiva que ya superó los 10.000 objetivos atacados, el bombardero pasó a ser un componente estable del esfuerzo aéreo.
