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El museo polaco de la negación y el testigo que sobrevivió para contradecirlo

17 de abril de 2026
en Shoah
El museo polaco de la negación y el testigo que sobrevivió para contradecirlo

En Jedwabne, un pueblo al noreste de Polonia, dos contenedores marítimos se alzan sobre el memorial. En el costado de uno, en polaco: “La tierra no miente”. El lema pertenece a quienes exigen exhumar el sitio para limpiar el nombre del pueblo.

Pero la tierra ya habló.

El 10 de julio de 1941, vecinos polacos reunieron a cientos de judíos del lugar y los quemaron vivos en un granero. Un puñado escapó. Entre ellos, Szmul Wasersztein.

Los contenedores llegaron a principios de este mes. Se inauguraron con ceremonia y corte de cinta, retransmitida por el activista polaco Wojciech Sumlinski. No es su primera intervención. El año pasado se atribuyó la colocación de siete piedras junto al memorial oficial, con placas que niegan la responsabilidad polaca y sostienen que, históricamente, los judíos conspiraron contra los polacos.

“Lo llamamos un museo de negación, porque eso es lo que es”, dijo Abraham Waserstein a la Jewish Telegraphic Agency. Su abuelo fue Szmul. “Poner estos contenedores en Jedwabne es seguir profanando los únicos restos de comunidad judía que quedan allí, el legado de nuestra familia allí”.

Waserstein, estudiante de Derecho en Duke, contó que él y su familia contactaron a defensores locales para lograr el retiro de los pabellones. Va cuesta arriba: las piedras del año pasado siguen ahí y aparecen en las imágenes que Sumlinski publicó de las nuevas incorporaciones.

La declaración de Szmul Wasersztein en 1945 fue clave. Reconstruyó la masacre y condujo, en 1949, a la condena de doce residentes polacos. Ese testimonio también fue el núcleo de Neighbors, libro del historiador Jan Tomasz Gross publicado en 2000, que desató un debate nacional. Polonia, acostumbrada a narrarse bajo los nazis como víctima o como heroína, tuvo que mirarse distinto. Jedwabne se convirtió en símbolo de la complicidad polaca en el Holocausto.

El expresidente Aleksander Kwasniewski pidió perdón oficialmente en 2001. Al año siguiente, una investigación del Instituto de la Memoria Nacional confirmó que el asesinato fue obra de polacos.

Parecía cerrado. No lo estaba.

Jedwabne se volvió punto álgido de la política polaca. Algunos políticos insisten en que la masacre fue alemana y describen la investigación sobre la complicidad polaca como un intento de difamar a la nación. La corriente revisionista incluye a Karol Nowrocki, el presidente que los polacos eligieron el año pasado.

Sumlinski describió la ceremonia del sábado como “el momento en que los grupos afines a los círculos judíos, que siembran la mentira de Jedwabne, perdieron definitivamente la batalla por Jedwabne”.

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Activistas y políticos nacionalistas piden exhumaciones para demostrar que las víctimas fueron fusiladas por oficiales alemanes y no quemadas por polacos. Una exhumación parcial en 2001 concluyó que fueron los habitantes polacos. Una posterior se detuvo: la ley judía prohíbe perturbar a los muertos.

Además del contenedor que parece reclamar exhumaciones, otro exige “condiciones para buscar y defender la verdad histórica” que, asegura, “redunda en el interés nacional de Polonia”.

En un video grabado frente a las instalaciones, Sumlinski apuntó, una y otra vez, contra el Museo Polin de Historia de los Judíos Polacos, uno de los museos judíos más importantes del mundo. Dijo que el nuevo “museo” de Jedwabne representaba “un lugar de resistencia, quizá una de nuestras últimas líneas de defensa contra lo que se está preparando para nosotros, contra la visión de Polin, contra la estrategia introducida por el ministro Żurek para apoyar la vida judía y contrarrestar el antisemitismo”.

Las conmemoraciones anuales del pogromo se interrumpen de rutina. En julio, el eurodiputado Grzegorz Braun se sumó a manifestantes que bloquearon con sus coches la salida del gran rabino de Polonia, Michael Schudrich, y otros visitantes del memorial.

Anna Bikont, periodista judía polaca de Gazeta Wyborcza, escribió sobre el pueblo en The Crime and the Silence, publicado en 2004. La oposición a los relatos históricos, dice, aún moviliza a esa comunidad de menos de dos mil personas. “No se pueden ganar las elecciones en Jedwabne sin decir que era una mentira, lo que dijo Gross”.

Bikont entrevistó a los hermanos Zygmunt y Jerzy Laudański, protagonistas del pogromo. Cumplieron seis y ocho años de prisión. Sus condenas fueron reducidas en la amnistía de 1956, bajo el líder Władysław Gomułka, tras la muerte de Stalin.

“Me dijeron que ellos no lo hicieron”, contó Bikont. “Pero al mismo tiempo, me dijeron que yo tenía que decirle a Adam Michnik, mi jefe en Gazeta Wyborcza, que si empezábamos a escribir sobre lo que los polacos hicieron a los judíos, los polacos empezarían a escribir sobre lo que los judíos hicieron a los polacos. Y no sería una buena historia para los judíos, así que mejor no hacerlo. Así que era amenazante”.

Los hermanos le dijeron también que, al volver de la cárcel, el pueblo los vitoreó. Hubo fiestas en su honor.

Waserstein pelea contra las instalaciones que niegan el testimonio de su abuelo y, al mismo tiempo, construye defensa. Él y sus familiares fundaron Shoah Truths, una organización sin fines de lucro contra la negación del Holocausto, con trabajo en educación, participación comunitaria y apoyo jurídico.

También preparan la primera traducción al inglés de las memorias de Szmul, La denuncia: 10 de julio de 1941, publicadas póstumamente en 2001. Szmul pasó la mayor parte de su vida en Cuba y Costa Rica después de la guerra.

El año pasado presentaron en Polonia una denuncia penal por las piedras, alegando profanación e incitación a la violencia. La investigación se prorrogó hasta julio, cuando se cumplirán 85 años del pogromo.

“Por supuesto que queremos que retiren las piedras, por supuesto que queremos que prohíban el museo de negación”, dijo Waserstein. “Pero, al final del día, igual que mi abuelo presentó su denuncia en 1945 para dejar las cosas claras y decir: ‘Esta es la verdad’, eso es lo que queríamos hacer”.

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