Mientras siguen las conversaciones para ampliar la tregua y acordar el fin de la guerra, en Irán persiste una rutina frágil: tiendas, restaurantes y oficinas gubernamentales continúan abiertos, los parques se llenan de familias y jóvenes haciendo deporte y los cafés vuelven a recibir clientes. Sin embargo, detrás de esa imagen de normalidad, la población afronta una economía devastada, daños de los ataques aéreos, apagones de internet y el temor de que el Gobierno lance una nueva ofensiva represiva.
Ese miedo convive con el enojo por los bombardeos estadounidenses e israelíes dirigidos contra el régimen y con el recuerdo aún reciente de la represión mortal contra los manifestantes en enero. Muchos iraníes creen que las dificultades que alimentaron aquel descontento masivo no harán más que agravarse.
“La guerra terminará, pero entonces comenzarán nuestros verdaderos problemas con el sistema. Tengo mucho miedo de que, si el régimen llega a un acuerdo con Estados Unidos, aumente la presión sobre la gente común”, dijo a Reuters por teléfono desde Irán Fariba, de 37 años, que participó en los disturbios de enero.
“La gente no ha olvidado los crímenes del régimen en enero, y el sistema no ha olvidado que la gente no lo quiere. Ahora se están conteniendo porque tampoco quieren luchar en un frente interno”, dijo.
Los balances oficiales atribuyen a los bombardeos la muerte de miles de personas, entre ellas muchas en una escuela durante el primer día de la guerra, aunque esas cifras no pueden verificarse de manera independiente. Israel, por su parte, estimó que unos 5.000 soldados iraníes murieron en ataques israelíes, muchos de ellos integrantes de las fuerzas de seguridad interna y de la fuerza paramilitar Basij.
Además de las víctimas, los ataques destruyeron infraestructuras en todo el país y abrieron la perspectiva de despidos masivos. Aun así, la teocracia revolucionaria parece haber salido reforzada tras resistir semanas de bombardeos intensos y exhibir control sobre el suministro mundial de petróleo.
“Los iraníes entendieron que esta guerra no va a derrocar al régimen, pero al mismo tiempo va a empeorar mucho sus vidas en términos económicos”, dijo Omid Memarian, analista sobre Irán del grupo de reflexión independiente Dawn, con sede en Estados Unidos.
“Los militares no van a deponer las armas. Se van a quedar y va a ser sangriento. Va a ser costoso, sin perspectivas de un futuro mejor”, añadió.
En el acomodado norte de Teherán, Reuters entrevistó esta semana en cámara a jóvenes iraníes sobre la guerra y sus inquietudes. Los medios extranjeros en Irán trabajan bajo directrices fijadas por el Ministerio de Cultura y Orientación Islámica, encargado de regular la actividad periodística y los permisos.
Mehtab, empleada de una empresa privada que pidió no revelar su apellido, sostuvo que el impacto de la guerra se suma a años de sanciones y aislamiento, pero consideró que la situación podría ser todavía peor.
“No quiero decir que sea normal, pero como iraní con una historia así, no está muy mal. Podemos vivir con ello”, dijo.
Esa visión contrastó con la expresada por iraníes que hablaron con Reuters por teléfono y bajo anonimato por miedo a represalias. En esas conversaciones predominó una ansiedad mayor sobre lo que puede venir tras el alto el fuego.
“Sí, la gente está disfrutando del alto el fuego por ahora, pero ¿qué viene después? ¿Qué se supone que debemos hacer con un régimen que se ha vuelto aún más poderoso?”, dijo Sara, de 27 años, profesora particular, que rechazó dar su apellido o su ubicación.
La sensación de falta de alternativas se acentuó después de enero, cuando miles murieron durante la represión de semanas de protestas. Entonces, el presidente estadounidense Donald Trump aseguró que acudiría en ayuda de los iraníes. Pero aunque Trump y el primer ministro Benjamin Netanyahu dijeron al inicio de la guerra que esperaban que la guerra acabara con el poder de los clérigos gobernantes, ese objetivo fue perdiendo fuerza a medida que los bombardeos continuaron.
Según Memarian, la indignación por la represión llevó a muchos iraníes a desear un cambio de dirigentes, pero la guerra erosionó rápidamente esa expectativa.
“Creo que para muchos iraníes quedó más claro que esta guerra no está diseñada, o no está orientada, a ayudar al pueblo iraní”, dijo.
En un café del norte de Teherán, ni Mehtab ni las otras mujeres que estaban sentadas con ella llevaban hiyab, una prenda para cubrir la cabeza que fue obligatoria durante décadas. Esa relajación de los códigos de vestimenta en público es una consecuencia de las protestas masivas de 2022, incluidas las vinculadas a los derechos de las mujeres, que fueron reprimidas violentamente mientras las autoridades aflojaban de manera tácita la aplicación de algunas normas.
El analista político iraní independiente Hossein Rassam, radicado en el Reino Unido, dijo que en enero ya había quedado claro que las autoridades no volverían a ceder con facilidad y que después también demostraron que no se derrumbarían ante un ataque militar.
A su juicio, la guerra dejó a la sociedad iraní todavía más polarizada, aunque con un margen de maniobra muy reducido.
“Este es un momento de rendición de cuentas para los iraníes porque, al final del día, los iraníes, especialmente los iraníes dentro del país, se dan cuenta de que necesitan vivir juntos. No hay adónde ir”, dijo.
El temor ahora es que la presión oficial aumente una vez desaparezca la urgencia externa de la guerra. En las calles, muchas mujeres siguen sin hiyab, pero no hay certeza de que esa libertad se mantenga si prospera un acuerdo con Washington.
“En las calles, las mujeres van sin hiyab, pero no está claro si este tipo de libertades continuará después de un acuerdo con Estados Unidos. La presión aumentará al 100%, porque una vez que haya paz con Washington, el régimen ya no enfrentará la misma presión externa”, dijo a Reuters por teléfono desde el norte de Teherán Arjang, un padre de dos hijos de 43 años.
Las protestas de enero no produjeron cambios tangibles en la vida cotidiana, pero sí llevaron a las autoridades a endurecer severamente las restricciones sobre internet. Esa medida golpeó a los negocios y también a una población que, en plena guerra, buscaba información y contacto con familiares en el extranjero.
“Incluso las cosas más pequeñas, como comunicarnos con nuestros familiares que viven fuera del país, son imposibles”, dijo Faezeh, de 47 años, mientras jugaba al voleibol con amigos en un parque del norte de Teherán.
Para Memarian, la frustración popular podría crecer cuando termine la guerra y la gente sienta menos miedo a ser señalada como traidora. “Hay mucho fuego bajo las cenizas”, dijo.






