China avanza en la construcción de su cuarto portaaviones, un buque de propulsión nuclear que, según fuentes abiertas chinas del 24 de abril de 2026, ya tendría el casco completado y un progreso general cercano al 25 por ciento a comienzos de este año. De confirmarse las previsiones, la nave entraría en servicio hacia 2030 y se convertiría en el primer portaaviones nuclear del país, un paso que apunta a sostener operaciones navales globales de manera continua.
Las estimaciones difundidas sitúan el desplazamiento del futuro buque en 120.000 toneladas, por encima de las cerca de 100.000 toneladas de los portaaviones de la clase Ford de la Armada de Estados Unidos. Ese salto de escala tendría efectos operativos directos: mayor almacenamiento de combustible, más capacidad para armamento y margen para embarcar una ala aérea más numerosa y diversa, con impacto en la autonomía de las salidas y en la permanencia en combate.
La ala aérea proyectada alcanzaría hasta 105 aeronaves, frente al despliegue habitual de unas 75 en la clase Ford. Entre los aparatos previstos figuran los cazas furtivos J-35, los J-15T navales multipropósito y los KJ-600 de alerta temprana y control aerotransportado. La combinación apunta a reforzar la superioridad aérea, el ataque a larga distancia y la vigilancia del espacio de batalla. En el caso estadounidense, la clase Ford opera con F-35C, F/A-18E/F Super Hornet y E-2D Advanced Hawkeye.

Otra de las claves del proyecto es el sistema de lanzamiento. Estados Unidos equipa a la clase Ford con el Sistema de Lanzamiento Electromagnético de Aeronaves, diseñado para elevar la generación de salidas y reducir el desgaste sobre las aeronaves. China, de acuerdo con los informes disponibles, prevé instalar una tecnología comparable en este nuevo portaaviones después de la experiencia acumulada con el Tipo 003 Fujian. Si el sistema alcanza madurez operativa, permitiría lanzar con mayor eficiencia aeronaves más pesadas, incluidas las plataformas de alerta temprana que resultan esenciales para la detección de largo alcance y el mando y control.
La propulsión nuclear ocupa un lugar central en esa evolución. Los portaaviones de la clase Ford cuentan con alcance prácticamente ilimitado y capacidad para mantener operaciones sostenidas a alta velocidad. Pekín busca replicar esa ventaja para eliminar una de las restricciones principales de su flota actual y mantener despliegues prolongados lejos de sus puertos base sin depender de interrupciones logísticas por reabastecimiento.
Pese a la magnitud del salto proyectado, la clase Ford mantiene ventajas cualitativas que el texto original identifica como decisivas: un ecosistema más desarrollado de grupos de ataque, automatización superior en cubierta, sistemas de combate avanzados y décadas de experiencia operativa en guerra naval de alta intensidad. También se citan el Radar de Banda Dual, los elevadores avanzados de armamento y los sistemas integrados de energía como factores que permiten optimizar la generación de salidas y la resiliencia en condiciones de combate.

El programa chino, según esa evaluación, persigue una paridad cercana en las métricas de plataforma —tamaño, volumen de ala aérea y autonomía— mientras recorta la distancia tecnológica en lanzamiento e integración de la aviación embarcada. La intención estratégica sería competir con los grupos de ataque estadounidenses en entornos disputados, especialmente en el Indo-Pacífico.
El desarrollo encaja en una expansión más amplia de la flota china durante la última década. Tras el reacondicionamiento del Liaoning, la incorporación del Shandong construido en el país y la entrada del Fujian, equipado con catapultas electromagnéticas, Pekín ha acelerado su curva de aprendizaje en diseño, construcción y operación de portaaviones. En paralelo, ha reforzado la protección de esos grupos con destructores Tipo 055, submarinos avanzados y sistemas integrados de antiacceso y denegación de área.
Ese esfuerzo afecta al equilibrio militar en Asia. Un superportaaviones nuclear chino acompañado por una escolta moderna le daría a la Armada del Ejército Popular de Liberación una presencia persistente en zonas disputadas como el mar de China Meridional, el estrecho de Taiwán y el Pacífico Occidental. Para Estados Unidos, el reto radica en enfrentar grupos de portaaviones capaces de operar con cobertura aérea ampliada, defensas en capas y capacidad de ataque de largo alcance.
En términos operativos, una plataforma de 120.000 toneladas con más de 100 aeronaves modificaría de forma significativa la proyección de fuerza china. Le permitiría elevar el número de salidas durante periodos más extensos, ensanchar sus perímetros defensivos mediante aeronaves de alerta temprana y sostener operaciones de ataque a mayor distancia, capacidades que definen la guerra moderna de portaaviones.

El texto también sitúa este nuevo buque dentro de una transformación naval de mayor alcance. La marina china ha pasado de ser una fuerza principalmente regional a convertirse en la más numerosa del mundo por cantidad de cascos, apoyada en ciclos rápidos de construcción naval, modernización de la aviación embarcada e integración de misiles de largo alcance, incluidos los misiles balísticos antibuque pensados para contrarrestar a los grupos de ataque estadounidenses.
Bajo esa lógica, el valor del portaaviones no se mide solo por sus dimensiones, sino por el ecosistema en el que operaría. La combinación de grandes cubiertas de vuelo, densas escoltas de superficie, submarinos y sistemas terrestres de antiacceso genera una amenaza en capas que complica la proyección de fuerza de Estados Unidos en el Indo-Pacífico. En un escenario de alta intensidad, los portaaviones estadounidenses podrían quedar expuestos a amenazas aéreas, de superficie, submarinas y de misiles coordinadas bajo una red de mando integrada.
La apuesta por la aviación embarcada también respalda objetivos más amplios de China, como asegurar líneas marítimas de comunicación, proteger intereses en el exterior y exhibir presencia en escenarios lejanos como el océano Índico y, potencialmente, Oriente Medio. Esa evolución, sostiene el material, obliga a Washington a seguir ajustando doctrina, operaciones marítimas distribuidas e interoperabilidad con aliados para mantener una disuasión creíble.
Las imágenes satelitales y otros análisis de fuentes abiertas añaden dimensiones tentativas del buque: más de 340 metros de eslora, una manga próxima a los 90 metros en su punto más ancho y una anchura en la línea de flotación estimada en torno a 43 metros. De confirmarse, esas medidas superarían ligeramente a las de la clase Ford y reforzarían la capacidad de manejo de aeronaves y el aprovechamiento del espacio de cubierta.

Fuentes chinas mencionan además el posible empleo de acero HSLA-115 de alta resistencia para mejorar la resiliencia estructural frente a generaciones anteriores. Ese material, combinado con un casco refinado con estructura submarina en forma de U y ángulos optimizados por encima de la línea de flotación, tendría como objetivo elevar la estabilidad, reducir la resistencia hidrodinámica y sostener operaciones a alta velocidad con alas aéreas pesadas.
Las señales sobre propulsión nuclear incluyen, según los informes citados, rasgos estructurales compatibles con compartimentos de reactor y pruebas de reactores en tierra en la provincia de Sichuan. Algunas estimaciones hablan de dos reactores de agua a presión de la clase de 300 MW, potencia que permitiría ampliar la autonomía y sostener la demanda energética de sistemas avanzados a bordo, incluida la tecnología de lanzamiento electromagnético.
También se menciona la posibilidad de que el buque incorpore hasta cuatro catapultas electromagnéticas. Con ello, la tasa de lanzamiento podría superar la de los actuales portaaviones chinos. Algunas proyecciones la sitúan entre 150 y 190 salidas diarias en condiciones óptimas, aunque el propio material advierte que esas cifras no están verificadas y dependen en gran medida de la madurez operativa y de la competencia de la tripulación.
En la composición del ala aérea, el J-35 aparece como caza central, con un radio de combate reportado de alrededor de 1.200 kilómetros. El J-15T estaría orientado a misiones de ataque marítimo con misiles antibuque, mientras que el KJ-600 aportaría alerta temprana y mando con un alcance de detección estimado superior a 400 kilómetros.

El texto subraya, sin embargo, que varias evaluaciones chinas que atribuyen ventajas de rendimiento frente a la clase Ford —como una mayor eficiencia del lanzamiento electromagnético o mejores tasas de salidas— siguen siendo difíciles de comprobar y deben leerse con cautela. La experiencia acumulada por Estados Unidos en despliegues reales, ensayos y mejoras continuas sigue siendo un factor central para medir la eficacia en combate más allá de las especificaciones técnicas.
Aun así, incluso una materialización parcial de las capacidades atribuidas al nuevo buque supondría un salto relevante para la aviación naval china. El cuarto portaaviones marcaría el intento más claro de Pekín por aproximarse al referente de la clase Ford y disputar con mayor peso el dominio naval estadounidense en el Indo-Pacífico y otros teatros.