Durante los dos últimos años, hemos estado ocupados principalmente en los intereses de seguridad y diplomáticos de Israel al este de nuestro territorio: Irán, Siria, el estrecho de Bab el-Mandeb y el canal de Suez. Hemos mirado menos hacia el oeste, hacia el espacio marítimo y Europa. Israel es un Estado-isla. Aunque gran parte de su fuerza y de su industria se basa en tecnología, en buena medida alojada en la nube, la puerta de entrada del turismo, las mercancías y la exportación de recursos se encuentra al oeste. Después de que el puerto de Eilat quedara casi paralizado, las dos principales salidas de Israel son Ashdod y Haifa, además, por supuesto, de la exportación de gas desde las plataformas marítimas hacia Europa. Israel también tiene planes para ampliar las perforaciones de gas y aumentar las exportaciones, lo que debería otorgarle una mayor independencia económica en las próximas décadas.
Aquí entra en escena la Turquía de Erdogan. El hombre es un islamista radical, con delirios de grandeza, pero también con pragmatismo político. Aplica con todos una política de zigzag basada en amenazas e incentivos. El principal y más importante socio de Turquía ha sido y sigue siendo Estados Unidos. Sin embargo, eso no le impide forjar alianzas también con sus rivales. Estados Unidos es importante para Turquía tanto para constituir un ejército fuerte y moderno como para integrarse plenamente en la OTAN y en la Unión Europea. Turquía aprovecha su tamaño y su ubicación, tanto como puerta entre Medio Oriente y Europa como en calidad de centinela que impide la proyección rusa hacia el sur, desde el mar Negro hacia el Mediterráneo, con el fin de arrancar beneficios y mejoras.
Durante cincuenta años, Estados Unidos financió y dirigió la OTAN como brazo de su poder global en Europa. Ahora, con el nuevo orden mundial de Trump, Estados Unidos quiere que los países europeos comiencen a defenderse por sí mismos. De eso se habla hoy en Ankara, y el anfitrión es Erdogan. A diferencia de Alemania, Francia y los países de Europa oriental, amenazados por una invasión rusa de Europa, Turquía también tiene ambiciones de expansión hacia el sur, en la cuenca del Mediterráneo.
Desde hace una década se libra una disputa económica en las aguas del Mediterráneo situadas al oeste de Israel por el control de los recursos económicos. Esa disputa enfrenta a Israel, que estableció alianzas con Grecia y Chipre, y ahora quizá también con el Líbano, con Turquía, por el dominio de las zonas económicas marítimas. Para ampliar su control sobre esas aguas, Turquía firmó en 2019 una alianza con Libia, situada en la costa meridional del Mediterráneo, con acuerdos económicos y militares, y además refuerza sus vínculos con Egipto. Por esta vía, intenta abrir una brecha, generar un conflicto de fronteras marítimas y conseguir un corredor de control desde Turquía hasta Libia, que amenace con bloquear la parte occidental del IMEC, el corredor económico y energético India-Medio Oriente-Europa, que Israel impulsa desde sus costas hacia Grecia, con la participación de Estados Unidos y la India.
Aquí aparece la maniobra de presión que Erdogan ejerce estos días sobre Estados Unidos. Erdogan sabe hasta qué punto él y su país son importantes para Washington en la confrontación con Rusia. A cambio, exige mejorar sus relaciones y su poder militar frente a Israel. Los cinco F-35 que reclama no están destinados a atacar ni bombardear Ramat David o Tel Aviv. Pero sí representan una mejora tecnológica decisiva en capacidades de inteligencia, vigilancia y control de fuerzas y espacios en toda la región. Por medio de esos aviones, Turquía espera convertirse en la “protectora de los países de Medio Oriente” frente a la capacidad que hoy tiene Israel para atacar cualquier capital árabe de la zona, además de vigilar todas las operaciones israelíes. De este modo, Turquía también quiere contener las aspiraciones de Israel de liderar los proyectos en las zonas económicas marítimas situadas entre Israel y Europa, y convertirse en el nuevo patrón de los países árabes tras la caída de Irán.
Parece que Trump entiende la maniobra. Colmará de elogios a Erdogan, obtendrá de él lo que necesita en la OTAN y frente a Rusia, pero no se apresurará a atender sus demás peticiones. Hay otra razón crítica de la que todavía no se habla lo suficiente. La principal lección que Estados Unidos extrajo de la guerra contra Irán es que no puede depender del despliegue de sus bases en Turquía, Qatar, Arabia Saudita y Omán. La idea que se evalúa es trasladar al Néguev, en Israel, el componente terrestre de la Fuerza Aérea estadounidense. Eso tomará años, pero, mientras tanto, no hay razón para otorgar a Turquía capacidades que en el futuro le permitan condicionar también las acciones de Estados Unidos junto a Israel, país definido hoy por el Pentágono como “aliado modelo” del Ejército estadounidense.
