Donald Trump modificó de nuevo su posición sobre Irán apenas treinta y seis horas después de que distintas informaciones dieran por inminentes nuevos ataques estadounidenses a gran escala. En lugar de ordenar la ofensiva, el presidente anunció que Washington y Teherán habían definido “los límites de un acuerdo”. Fuentes iraníes desmintieron poco después esa versión.
La decisión del sábado confirmó la ausencia de una estrategia coherente en la Casa Blanca. Solo una semana antes, tras los ataques iraníes contra bases estadounidenses en Jordania, Trump había prometido una respuesta directa: “Vamos a golpearlos con mucha dureza porque nos toca a nosotros”. Esa declaración describe una represalia concreta, pero no explica qué objetivos persigue Washington, qué recursos está dispuesto a emplear ni bajo qué condiciones considera alcanzado el resultado buscado.
La indefinición estadounidense coincide con la ampliación de los enfrentamientos en Oriente Próximo. Baréin y Kuwait habrían atacado objetivos dentro de Irán y se habrían incorporado así a la coalición encabezada por Estados Unidos, junto con Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Por primera vez, fuerzas saudíes y estadounidenses también actuaron de forma conjunta contra milicias chiitas iraquíes.
El 20 de julio, los hutíes de Yemen anunciaron un bloqueo del comercio saudí en el mar Rojo. Riad respondió con la creación de una coalición internacional destinada a mantener abierta esa ruta. La amenaza también alcanzó su acceso septentrional: el ataque con drones del 29 de julio contra Damieta, un puerto egipcio, puso en riesgo el extremo norte del canal de Suez.
Pocos días antes, Ucrania había atacado en el mar Caspio un buque iraní que, según Kiev, transportaba material militar. El episodio reforzó las advertencias sobre una posible convergencia entre las guerras de Ucrania y Oriente Próximo, hasta el punto de que algunos analistas previeron una “guerra abierta y cataclísmica [..] que abarcaría Eurasia y Oriente Próximo”.
Ese desenlace no es inevitable. Entre una cadena de represalias y una guerra de alcance continental existen otras opciones, pero Washington solo podrá aplicarlas si adopta un análisis estratégico real, una disciplina que el equipo de Trump no ha demostrado dominar.
Ese análisis debe partir de la coordinación entre Pekín y Moscú, respaldada por la “asociación sin límites” de Xi Jinping y Vladímir Putin. Irán, Bielorrusia y Corea del Norte mantienen con ambas potencias relaciones de apoyo político y militar. Ya en 1998, el exasesor de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski describió una eventual alianza entre China, Rusia e Irán como “el escenario potencialmente más peligroso”.
Los conflictos de Ucrania e Irán no comenzaron a relacionarse en las últimas semanas. Sus vínculos existen desde hace años. Teherán ha suministrado a Moscú drones y otras capacidades militares, mientras que el Kremlin ha respondido con distintas formas de apoyo, incluida inteligencia esencial para las operaciones contra las fuerzas estadounidenses. China también ha proporcionado esa clase de asistencia. Corea del Norte, por su parte, entrega armas y tropas a Rusia.
Las tensiones asiáticas deben incorporarse al mismo cálculo, aunque todavía no hayan derivado en una guerra abierta. Rusia también es una potencia de Asia Oriental, y China mantiene varios focos de presión: amenaza a Taiwán y Japón en el mar de la China Oriental, donde persiste la disputa por las islas Senkaku/Diaoyu; reclama como propias amplias zonas del mar de la China Meridional; y mantiene fricciones latentes a lo largo de sus fronteras terrestres con India y Vietnam.
Ante esta situación, el Gobierno estadounidense debe ordenar sus prioridades conforme a los intereses y las capacidades de seguridad nacional del país. Eso no exige emprender una guerra total en todos los escenarios, sino reconocer sus conexiones y decidir dónde concentrar los recursos.
Estados Unidos ha evitado esa tarea desde el ataque de Hamás contra Israel del 7 de octubre de 2023. La costumbre de Trump de restar importancia a las interdependencias no las elimina ni reduce su peso en la estrategia estadounidense.
Washington tendrá más posibilidades de alcanzar sus objetivos si admite que la “guerra a mayor escala” ya está en curso y continuará durante el futuro previsible. También debe reconocer que el principal riesgo “cataclísmico” procede de las décadas de inversión insuficiente en defensa posteriores al final de la Guerra Fría.
Las prioridades abstractas sirven de poco si no se traducen en decisiones concretas. Con el equipo de Trump tal como está organizado, la Casa Blanca debería concentrarse en provocar la caída del régimen de Teherán o, al menos, limitar gravemente su capacidad de actuación; contener a Rusia en Ucrania; y reforzar de manera drástica la disuasión frente a China.
El propio Trump ha admitido que el poder iraní está dividido. Al referirse a los ataques contra las bases estadounidenses en Jordania, diferenció a sus responsables de los negociadores civiles del régimen, a quienes presentó como figuras sin poder real: “Hay muy poco que puedan hacer al respecto. Se trataba de un grupo diferente de aquel al que nosotros nos enfrentamos”.
Si Trump no consigue reabrir el estrecho de Ormuz, sus dificultades electorales de noviembre podrían agravarse de forma considerable. Su mejor opción sería continuar la campaña que inició en febrero.
En Ucrania, Washington debería acelerar la concesión de licencias para la tecnología antimisiles Patriot, aumentar la presión económica sobre Rusia y descartar cualquier reducción de la presencia estadounidense en la OTAN.
El objetivo económico debe ser retirar del mercado internacional todo el petróleo ruso. Esa medida hace aún más urgente que las exportaciones del Golfo Arábigo recuperen niveles cercanos a los anteriores a la guerra.
Ucrania es hoy la mayor potencia militar de Europa, y Rusia tiene pocas probabilidades de conseguir lo que no ha logrado tras más de cuatro años de combates. Es improbable que Trump proporcione a Kiev todo lo necesario para derrotar a Moscú. Como mínimo, debería impedir un deterioro adicional de la situación militar ucraniana.
Estados Unidos dispone además de un margen limitado para reforzar la disuasión en la periferia china del Indopacífico, especialmente en torno a Taiwán. Las ventas de armas a Taipéi que aún están pendientes, por un valor de $14.000 millones, no deben condicionarse a concesiones en otros ámbitos. La operación debe completarse de inmediato.
Trump también tendría que reforzar el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral con India, Japón y Australia, y respaldar de forma decidida los esfuerzos japoneses por ampliar sus fuerzas convencionales, una política que ya se advierte en los aumentos del gasto militar de Tokio.
La caída del régimen de Teherán podría elevar la estimación china sobre el costo de una intervención militar y reducir la probabilidad de que Pekín considere aceptable una operación de ese tipo.





