La cúpula gobernante de Irán teme que un nuevo endurecimiento de las sanciones económicas de Estados Unidos deteriore aún más las condiciones de vida y reactive protestas masivas, tras casi seis meses de conflicto armado y el bloqueo de facto del estrecho de Ormuz.
La preocupación aumentó después de que el presidente Donald Trump prometiera el viernes golpear con dureza las finanzas iraníes y de que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunciara para la próxima semana medidas “nunca antes vistas”, sin precisar sus detalles.
Tres funcionarios, dos analistas políticos con información interna, un exalto cargo y una docena de ciudadanos consultados por Reuters bajo anonimato señalaron que el deterioro económico y una nueva caída del nivel de vida podrían alimentar otra ola de protestas.
El antecedente inmediato son los disturbios de enero, cuando la Guardia Revolucionaria y la milicia Basij reprimieron protestas socioeconómicas que dejaron miles de muertos. Un exfuncionario reformista vinculó el temor a nuevas movilizaciones con el reciente nombramiento de Hossein Taeb, implicado en anteriores campañas represivas, al frente de la Basij.
En paralelo, organizaciones independientes han denunciado un aumento de los arrestos, citaciones judiciales, condenas severas y ejecuciones contra periodistas, activistas, abogados, defensores de derechos humanos y estudiantes. Las autoridades sostienen que las medidas son necesarias para preservar la estabilidad durante la guerra.
La inflación y la caída del rial golpean el nivel de vida
La economía iraní ya enfrentaba sanciones, problemas energéticos y otros desequilibrios antes de los ataques de Estados Unidos e Israel iniciados el 28 de febrero, que dañaron redes eléctricas, fábricas, puertos y vías de transporte. Según el Centro de Estadísticas de Irán, la inflación interanual llegó al 66 % en julio, el índice general de precios al consumo aumentó un 87,9 % respecto del año anterior y los alimentos se encarecieron un 128 %.
Los alquileres subieron un 31 % interanual en marzo y los precios de los inmuebles en Teherán aumentaron cerca del 50 %, de acuerdo con la prensa estatal. Aunque el salario mínimo recibió un incremento nominal de alrededor del 60 %, la depreciación del rial redujo su valor en dólares de unos 105 a 86 desde finales de marzo.
El presidente Masoud Pezeshkian reconoció el deterioro de las cuentas públicas y de la actividad económica. “Nuestros problemas se multiplicaron varias veces, mientras que nuestros ingresos también disminuyeron”, afirmó.
Pezeshkian explicó que las exportaciones de petróleo han bajado, la recaudación fiscal se redujo por la paralización de empresas y parte de la carga que antes llegaba por mar ahora debe transportarse por tierra o a través del mar Caspio, rutas más costosas debido a la destrucción de puentes.
Las restricciones marítimas también alcanzaron al suministro de combustible. El diputado Reza Sepahvand dijo a la agencia ILNA que las importaciones de gasolina se paralizaron y que la producción nacional alcanzó su límite, de unos 130 millones de litros diarios, frente a una demanda de 137 millones.
Empresas y familias sienten el impacto de la crisis
El impacto se refleja en empresas y hogares. Arshia, un ingeniero civil de Isfahán y padre de dos hijos cuyos proyectos de construcción quedaron suspendidos, expresó su preocupación ante nuevas sanciones. “Si Trump impone más sanciones, ¿cómo sobrevivirá la gente común? No quiero que mi país reciba castigos militares ni económicos. Ya pasamos por muchas dificultades”, dijo.
En Bandar Abbas, Mohsen, de 53 años, cerró su empresa de comercio exterior con el golfo Pérsico después de las represalias iraníes contra instalaciones estadounidenses. “Tuve que despedir a diez empleados. Fue doloroso, pero no tuve alternativa. Ya no podía pagar sus salarios y ahora dependo de mis ahorros para mantener a mi familia”, relató.
Hossein, un empleado público de Yazd, dijo que su familia ha eliminado la carne y el pollo de su alimentación por la pérdida de poder adquisitivo. “Siento vergüenza frente a mis hijos. Mi salario desaparece en cuestión de días. La carne y el pollo se esfumaron de nuestra mesa. No tengo idea de cómo vamos a sobrevivir”.
Bijan, un ingeniero de 40 años que hace quince años ganaba cerca de $1 000 mensuales, se mudó fuera de Teherán y ahora obtiene junto con su esposa unos $400 al mes mediante clases por internet. “Antes trabajaba quizás cinco o seis horas diarias. Ahora todo se reduce a trabajar, a buscar empleo o a sentir ansiedad por la falta de trabajo suficiente”, afirmó.










