La construcción en Rūdninkai restringe el acceso a fortificaciones ligadas a partisanos judíos y reabre disputas sobre su autenticidad y memoria histórica.
La nueva base militar dificulta el acceso al bosque de Rūdninkai
La construcción de una base militar destinada a tropas alemanas en el bosque de Rūdninkai ha generado preocupación por el acceso y la conservación de fortificaciones vinculadas a los partisanos judíos que combatieron a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Unos 400 judíos escaparon del gueto de Vilna hacia este bosque durante la ocupación alemana y desde allí participaron en ataques contra las fuerzas nazis. Durante décadas, antiguos combatientes, descendientes y grupos interesados en la resistencia judía han visitado los restos de ocho fortificaciones subterráneas.
En los últimos meses han aparecido señales que prohíben el acceso y delimitan una “zona peligrosa” en la carretera y en sectores próximos a los búnkeres. Lituania construye en Rūdninkai, unos 43 kilómetros al sur de Vilna, una base para la 45.ª Brigada Panzer alemana y un campo de instrucción próximo a los antiguos campamentos partisanos. La instalación fue proyectada después de la invasión rusa de Ucrania de 2022 y se encuentra a unos 19 kilómetros de Bielorrusia y al este del enclave ruso de Kaliningrado.
Unos 5.000 militares alemanes comenzarán a llegar este otoño, en el primer despliegue permanente de tropas de Alemania en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial. Aušra Mikulskienė, guía especializada en la historia judía de Vilna, afirma que resulta cada vez más difícil acceder a las fortificaciones porque distintas partes del bosque están siendo cerradas. Desde hace una década lleva hasta allí a hijos y nietos de partisanos, pese a que los antiguos refugios no aparecen en mapas ni en sistemas GPS.
Los combatientes que operaron en Rūdninkai preparaban emboscadas, colocaban explosivos en trenes y equipos alemanes y saboteaban líneas telefónicas e infraestructuras de Vilna. Sin embargo, las estructuras no están protegidas por el Gobierno lituano como bienes del patrimonio cultural. Mikulskienė teme que las restricciones aplicadas durante las obras den paso a controles más severos cuando comiencen los ejercicios militares. El Gobierno federal alemán, por su parte, aseguró que la construcción no afectará el antiguo campamento partisano.
Datos clave sobre la base y los antiguos campamentos partisanos
- Unos 400 judíos escaparon del gueto de Vilna hacia el bosque de Rūdninkai.
- La base se construye unos 43 kilómetros al sur de Vilna.
- Unos 5.000 militares alemanes comenzarán a llegar este otoño.
- Los búnkeres no forman parte de las instalaciones alemanas de instrucción.
- El acceso futuro requerirá autorización previa del mando militar responsable.
Alemania pide conservar el lugar mientras Lituania niega su autenticidad
En una respuesta parlamentaria de julio, el Bundestag afirmó que Alemania está comprometida con la conservación del antiguo campamento partisano de la Segunda Guerra Mundial situado en Rūdninkai como lugar de aprendizaje y memoria. También indicó que los antiguos búnkeres no forman parte de las instalaciones alemanas de instrucción y que su conservación y las condiciones de acceso corresponden a Lituania. Berlín pidió al Gobierno lituano que examine si la zona merece protección y que esa evaluación sea considerada en la planificación posterior.
El Ministerio de Cultura de Lituania sostiene que las fortificaciones carecen de protección porque no son auténticas ni se encuentran en sus emplazamientos originales. También afirma que estaban asociadas a partisanos soviéticos y no específicamente a combatientes judíos. Durante la ocupación soviética de Lituania, entre 1944 y 1990, las autoridades conmemoraron en Rūdninkai a los partisanos soviéticos que combatieron contra los alemanes. Los búnkeres originales se habían construido con madera y tierra, mientras que las estructuras actuales contienen hormigón.
Mikulskienė considera que las autoridades soviéticas reforzaron construcciones existentes para convertirlas en monumentos. Recuerda haber visitado el lugar con su escuela en la década de 1980, cuando allí se enseñaba la historia de la resistencia soviética contra los fascistas. El Ministerio de Cultura ofrece otra interpretación: señala que durante la época soviética las estructuras fueron incluidas en la lista de monumentos históricos de la RSS de Lituania y sostiene que una proporción considerable de aquellos monumentos servía para reforzar la ideología soviética y sus relatos históricos.
La autenticidad de las fortificaciones es objeto de debate desde la desaparición de la Unión Soviética. Ilya Lempertas, investigador y editor de obras sobre el Holocausto en Lituania, coincide con el Gobierno en que las estructuras actuales fueron construidas como parte de la conmemoración soviética. Aun así, considera que deben conservarse por las personas que acuden al lugar debido a sus vínculos familiares. A su juicio, los búnkeres cumplen una función semejante a la de una exposición.
La memoria judía quedó ligada durante décadas al relato soviético
El primer cartel dedicado específicamente a los partisanos judíos fue instalado en el lugar en 2024 por Bildungswerk Stanislaw Hantz, una organización educativa alemana. La placa recuerda a los partisanos judíos que combatieron desde esos bosques contra los ocupantes nazis y sus colaboradores. Hasta entonces, la memoria de esos combatientes había quedado durante décadas ligada a la historia de los partisanos soviéticos, una asociación que adquirió un significado distinto después de que Lituania recuperara su independencia en 1990.
Tras la independencia, buena parte de la memoria pública lituana se concentró en la represión soviética, durante la cual miles de ciudadanos fueron detenidos, deportados a los gulags o ejecutados. Lempertas sostiene que la memoria colectiva de los lituanos reconoce principalmente la ocupación soviética y asocia a los partisanos soviéticos con quienes deportaron a ciudadanos lituanos a Siberia. Mikulskienė señala que esa asociación también afecta a la percepción de los combatientes judíos, vistos como personas que combatían junto a los soviéticos y no solamente contra los nazis.
Durante la ocupación soviética de 1941, unos 17.500 lituanos fueron deportados a regiones remotas de Siberia y del norte de Rusia. Algunos judíos ocuparon cargos en la administración soviética, mientras que otros también fueron víctimas de las deportaciones. Mikulskienė afirma que, tras la invasión rusa de Ucrania, se ha vuelto más difícil defender públicamente la memoria de quienes combatieron junto a los soviéticos, porque esa postura puede ser interpretada como adhesión a la propaganda soviética o a la propaganda de Vladimir Putin.
Anna Avidan, nacida en Vilna de padres supervivientes del Holocausto y fundadora de Jerusalem of the North, sostiene que los búnkeres deberían funcionar como espacio conmemorativo y educativo. Afirma que en Lituania existe un estereotipo muy arraigado que identifica a los judíos con el comunismo y que incluso puede emplearse para justificar su asesinato. A su juicio, preservar el lugar permitiría cuestionar esa visión simplificada y ofrecer un espacio dedicado a la memoria de quienes participaron en la resistencia contra los nazis.
Brantsovsky defendió los búnkeres como memoria de la resistencia judía
Fania Brantsovsky, última combatiente judía conocida de la resistencia de Rūdninkai, murió en 2024 a los 102 años. Había escapado del gueto de Vilna el 23 de septiembre de 1943, la misma noche en que comenzó su liquidación definitiva, y se incorporó a una unidad dirigida por el escritor Abba Kovner. Ningún miembro de su familia sobrevivió. Durante la década de 2000, Brantsovsky organizó visitas a los búnkeres y defendió su conservación como un lugar destinado a enseñar la historia de la resistencia judía.
Dovid Katz, especialista en yidis y el Holocausto, residente en Vilna y amigo de Brantsovsky, recordó que una de sus últimas peticiones fue que los judíos de todo el mundo alzaran la voz para defender la existencia de las fortificaciones. Katz discrepa de la interpretación oficial y sostiene que los búnkeres conservan restos auténticos relacionados con los partisanos judíos. También relaciona la negativa a protegerlos con el debate lituano sobre la equiparación entre los crímenes de la ocupación soviética y el Holocausto.
Katz sostiene que ese relato presenta a los soviéticos y a sus aliados judíos como responsables de un primer genocidio, seguido después por un segundo genocidio entendido como reacción. Su interpretación se enfrenta a la posición del Ministerio de Cultura, que atribuye las estructuras actuales a la conmemoración soviética. La disputa no se limita, por tanto, a la composición material de los búnkeres, sino que alcanza la forma en que se recuerda a los combatientes judíos que actuaron junto a unidades soviéticas contra las fuerzas nazis.
El Ministerio de Cultura aseguró que la zona se conservará y que se instalará un panel informativo cuyo contenido todavía no ha sido decidido. Las visitas tampoco quedarán completamente prohibidas. Sin embargo, quienes quieran acceder deberán cumplir las normas militares y obtener autorización previa del Mando del Área de Instrucción de Rūdninkai. Para quienes defienden la conservación de los antiguos campamentos, las nuevas condiciones mantienen abierta la preocupación por el acceso a un lugar ligado a la memoria familiar y a la historia de la resistencia judía.








