Dentro de casi todas las células de nuestro cuerpo se oculta una secuencia de miles de millones de “letras” que contiene instrucciones para construir proteínas y activar el sistema biológico que nos permite vivir. Para el doctor Orson Wedgwood, investigador médico de Nueva Zelanda y doctor en química orgánica medicinal, se trata de mucho más que una maravilla biológica: sostiene que el ADN es uno de los indicios más fuertes de que la vida no surgió sin planificación.
“Es un lenguaje, y sí proporciona evidencia de inteligencia”, dijo Wedgwood al Daily Mail en su primera entrevista con el periódico. De ahí es fácil pasar a un titular sobre una “prueba de que Dios existe”, pero conviene precisar: el propio Wedgwood habla principalmente de un “creador inteligente” o de un origen inteligente de la vida. No se trata de una prueba científica de la identidad de ese creador y, desde luego, tampoco de una prueba de una religión concreta. En su caso, la conclusión también encaja con su fe cristiana personal.
Aun así, la pregunta que plantea toca uno de los mayores enigmas de la ciencia: ¿cómo comenzó la vida?
Wedgwood presenta su argumento en su libro DNA: The Elephant in the Lab. Según él, los intentos de explicar cómo la materia inerte se convirtió en un sistema vivo tropiezan con tres obstáculos que define como químicos, estadísticos y conceptuales. Uno de los problemas centrales, sostiene, es la formación de proteínas funcionales. Las proteínas están formadas por cadenas de aminoácidos ordenadas en secuencias concretas, y afirma que la probabilidad de que secuencias útiles y complejas se formen por azar es extremadamente pequeña.
Pero la cuestión que más le preocupa se parece incluso más al problema del huevo y la gallina. El ADN contiene instrucciones para producir proteínas, mientras que las proteínas son necesarias para copiar el ADN, leer la información que contiene y ejecutar esas instrucciones. Wedgwood pregunta cómo pudo aparecer un sistema en el que ambas partes dependen entre sí sin que ya existiera un sistema funcional.
La membrana celular también entra en juego. Una célula necesita una barrera que mantenga unidos sus componentes y los separe del entorno. A su juicio, una membrana parcial no sería suficiente, mientras que formar una membrana funcional exige a su vez un mecanismo complejo. Para él, esa combinación no parece una secuencia aleatoria de reacciones químicas. Y ese no es su único argumento.
Es precisamente aquí donde discrepan los investigadores del origen de la vida. La ciencia todavía no sabe explicar por completo todos los pasos que condujeron desde la química primitiva hasta las primeras formas de vida., pero la ausencia de una explicación completa no demuestra que el proceso requiriera un diseñador externo. Una de las hipótesis investigadas desde hace años es la del “mundo de ARN”. Según este escenario, la vida no comenzó de una sola vez con ADN, proteínas, membranas celulares y todo el complejo mecanismo que conocemos hoy. Es posible que antes de ese sistema existieran moléculas de ARN más simples, capaces tanto de almacenar información como de realizar reacciones químicas.
En 2024 se publicó un estudio del laboratorio de Gerald Joyce en el que una enzima formada por ARN logró copiar ARN funcional de una manera que permitió ciclos de replicación y cambio. El trabajo no creó vida en el laboratorio ni resolvió la cuestión del origen de la vida, pero proporcionó un ejemplo experimental de que sistemas moleculares simples pueden realizar parte de los pasos necesarios para la evolución antes de la aparición del ADN moderno.
Es decir, los investigadores no necesariamente intentan explicar cómo una célula completa y perfecta “apareció” de repente en un charco primitivo. Estudian cómo sistemas más simples pudieron cambiar y hacerse gradualmente más complejos.
Wedgwood sigue sin quedar convencido. Sostiene que incluso los avances en la investigación del ARN no explican cómo surgió en primer lugar un sistema capaz de almacenar información, copiarla y utilizarla. Para explicar la diferencia que ve entre “muy improbable” e “imposible”, usa un ejemplo deliberadamente extraño: una vaca podría, mediante una serie absurda de coincidencias, llegar desde un campo del otro lado del mundo hasta Nueva Zelanda. Sería improbable, pero se puede imaginar cómo podría ocurrir. Para él, una vaca que salta por encima de la Luna pertenece ya a otra categoría.
Se trata, por supuesto, de una ilustración y no de un experimento. Tampoco afirmar que el ADN es un “lenguaje” demuestra por sí mismo que alguien lo haya escrito. En biología, la información genética puede cambiar y acumularse mediante mutaciones y selección natural, y la comparación entre el código genético y el lenguaje humano no se acepta como prueba de la existencia de un diseñador. Aun así, Wedgwood vuelve a un argumento que, a su juicio, es difícil de eludir.
“Todo otro código es resultado directo de una inteligencia”, afirmó, y sostuvo que esto apunta, en su opinión, a la posibilidad de un “creador inteligente”. Empezó a interesarse por el tema precisamente en una etapa en la que, según cuenta, su fe cristiana estaba siendo puesta a prueba. Después de leer investigaciones sobre el origen de la vida, dijo haberse convencido de que la ciencia había logrado producir y explicar parte de las materias primas, pero todavía no la transición hacia un sistema vivo y funcional.
Esa brecha es real. La conclusión de que Dios se encuentra dentro de ella depende mucho más de la forma en que cada uno decida interpretarla.










