Los dirigentes de Teherán vuelven a confiar en que la escalada, la intimidación y las represalias asimétricas bastarán para sostener un sistema en proceso de descomposición. Sin embargo, detrás de las amenazas y la propaganda se perfila una realidad más profunda: el régimen, que durante décadas ha confundido la destrucción con la fortaleza y la supervivencia con el control, afronta una crisis que podría exponer finalmente los límites de su poder.
Medios estadounidenses informaron de que Trump estudiaba abrir una nueva fase de operaciones militares contra el régimen iraní o que ya había ordenado preparar su inicio para este mismo fin de semana. La ofensiva tendría como principales objetivos la infraestructura energética de Irán, incluidas las centrales eléctricas, las refinerías y la red de suministro. No obstante, el presidente ha dado marcha atrás.
Esos ataques buscaban reducir la capacidad del régimen para gobernar, debilitar su apoyo militar y operativo y dificultar la conducción del país. Desde el primer día, por desgracia, se evaluó de forma errónea la capacidad militar de este régimen terrorista. De haberse realizado un cálculo distinto, la república terrorista islámica podría haber quedado paralizada mucho antes. Incluso ahora, Trump mantiene una actitud indecisa y, en la práctica, parece inmovilizado ante la posibilidad de impulsar un cambio de régimen.
La estrategia del gobierno de Trump parece orientada a intensificar la presión sobre la dictadura iraní y limitar tanto su capacidad para prolongar la guerra como sus medios para administrar el país. Este escenario también provocará, de manera natural, una nueva oleada de protestas populares. Durante el último medio siglo, el régimen, dedicado a la guerra y a la generación constante de crisis, no ha contribuido al crecimiento ni al desarrollo del pueblo iraní.
La población de Irán celebra la rendición, la humillación y la derrota del régimen. Interrumpir sus fuentes de sustento vital impondrá temporalmente nuevas cargas a la sociedad iraní, pero una parte de la población interpreta ese periodo de dificultades como un dolor de parto que desembocará en el derrumbe del sistema.
Al mismo tiempo, la maquinaria propagandística del gobierno iraní presume de estar preparada para responder a gran escala y advierte de represalias ante cualquier ataque. Esa postura implica un reconocimiento indirecto de que el régimen se prepara para reaccionar contra las ofensivas dirigidas a infraestructuras esenciales, contra Estados Unidos e Israel e, incluso, mediante la posible activación de células terroristas durmientes en territorio estadounidense y en otros países occidentales. Esa es, por supuesto, la única especialidad del régimen terrorista islámico, y constituye un problema para el presidente Trump.
Todo apunta a que esta es la última apuesta de un régimen que declara abierta y repetidamente su disposición a celebrar la destrucción de Irán y del conjunto de la región. El gobierno permanece atrapado en una fantasía apocalíptica y acumula errores de cálculo. Aunque está dispuesto a devastar Irán e incendiar todo Oriente Medio, continúa aferrado a sus delirios y a una ideología destructiva, sin aceptar la rendición. Jomeiní y Jamenei han desaparecido, pero su mentalidad y su pensamiento destructivos siguen vigentes.
El panorama es profundamente desalentador. Hay una realidad imposible de negar: Irán está en peligro. El país se enfrenta a la destrucción total, a una guerra civil y a un proceso gradual de aniquilación. Incluso después de la caída del régimen, todavía tendrá que atravesar un aterrador túnel de terror.
Trump debe asumir que no existe una salida diplomática con un régimen destructivo, represivo, invasor y ruinoso, y que insistir en ella solo supone perder el tiempo. Tal vez Israel aparte a nuevos niveles de la estructura dirigente y permita que otras figuras definan el desenlace. Aun así, la posibilidad de alcanzar un acuerdo dentro del propio régimen es mínima y, hasta cierto punto, imposible. El gobierno y el régimen clerical chiita no contemplan la rendición. Dominados por la terquedad, el fanatismo y el delirio, están dispuestos a permitir que Irán sea destruido y reducido a cenizas antes que abandonar su ideología ilusoria.
La destrucción de infraestructuras tampoco forzará la capitulación de este brutal régimen terrorista islámico, porque el destino de esas instalaciones le resulta indiferente. No es un gobierno normal y nunca responderá con razón ni mesura. Para romper el ciclo de guerra, extorsión y negociaciones fallidas, Trump debe apoyar un gobierno de transición encabezado, por ejemplo, por el príncipe heredero Reza Pahlaví y respaldar, al mismo tiempo, las iniciativas dirigidas por los servicios de inteligencia para propiciar un cambio de régimen. La CIA y el Mosad también deberían crear las condiciones necesarias para ejecutar operaciones encubiertas con ese objetivo. Eso es todo.
El desenlace no dependerá únicamente de la retórica, sino de la voluntad de la comunidad internacional para enfrentarse a la maquinaria coercitiva del régimen con claridad, determinación y una estrategia capaz de romper su ciclo de guerra, toma de rehenes y engaños. El futuro de Irán no quedará protegido mediante el apaciguamiento de un orden destructivo, sino mediante la eliminación de su capacidad para gobernar a través del miedo.






