Lo primero que debería preocupar a los responsables políticos en relación con el acuerdo con Irán es el silencio sobre las cuestiones fundamentales: no se hace ninguna referencia a la cuestión de los misiles balísticos de Irán ni a sus actividades “por intermediarios” en todo Oriente Medio. La ausencia de estos puntos en el debate actual no augura nada bueno en cuanto a la capacidad del acuerdo para frenar la agresividad general de Irán.
Además, existe una incertidumbre total en cuanto a los plazos. Trump habla de 60 días, pero nadie puede afirmar con certeza que los combates se reanudarán efectivamente al término de ese periodo. La historia nos enseña que 60 días pueden convertirse rápidamente en 90, en 120 e incluso en un periodo de tiempo indefinido. Aunque Trump podría reanudar los combates, se trata de una posibilidad lejos de ser segura.
En el lado positivo, parece que Trump no se conforma solo con ocuparse del uranio enriquecido al 60 % (unos 440 kilogramos). Actualmente exige retirar de Irán todas las reservas de uranio, incluida una tonelada de uranio enriquecido al 20 %. Aunque el enriquecimiento a este nivel requiere más tiempo, se trata de una cantidad significativa. No obstante, hay que tener en cuenta que puede tratarse únicamente de una posición inicial, de la que podría retractarse más adelante.
En lo que respecta a la infraestructura nuclear, la mayoría de las instalaciones principales —en Fordo, Natanz, Isfahán, el valle de Laví y la cuenca de Harí— ya han sufrido graves daños o han sido destruidas. Sin embargo, la gran prueba para Israel será una instalación concreta: “Hard Picks”. Se trata de una instalación construida a gran profundidad bajo tierra, a tal profundidad que ninguna bomba capaz de penetrar búnkeres puede alcanzarla.
Es cierto que los iraníes aún no han tenido tiempo de instalar allí centrifugadoras, pero la posibilidad de trasladar todo el programa nuclear a un emplazamiento totalmente blindado constituye una amenaza estratégica de primer orden. El desmantelamiento de esta instalación debe ser una condición previa, ya que, sin él, Irán podrá, llegado el momento, poner en marcha allí un complejo de enriquecimiento que será inmune a cualquier ataque aéreo y que obligará a una operación terrestre extremadamente peligrosa.
Entre bastidores, el factor que más influyó en Trump no fue necesariamente la presión interna de sus asesores más cercanos, Vitkoff y Kushner, sino la fuerte presión por parte de los países del Golfo, Turquía y Egipto, que impulsaron el acuerdo. Incluso los Emiratos Árabes Unidos, que en el pasado habían adoptado una línea dura, cedieron parcialmente.
Según fuentes diplomáticas, el heredero al trono, Bin Zayed, cambió de postura: de una firme defensa de “derrotar” a Irán aquí y ahora, pasó a apoyar el plan de 60 días de Trump, con la esperanza de que al final de ese plazo se llevara a cabo un desmantelamiento real de las capacidades. El tiempo dirá si esta expectativa se cumple.