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Más extremista que su padre: el nombramiento de Mojtaba Jamenei es una señal de venganza

Ya no basta con frenar el programa nuclear de Irán

La posible ofensiva de Washington contra infraestructuras energéticas críticas no solo buscaría frenar el programa nuclear, sino paralizar las instituciones estatales de Teherán, ahogar su logística militar y reducir el financiamiento de sus redes aliadas en la región.

3 de agosto de 2026
en Opinión

Evitar que el sistema islámico jomeinista implantado en Irán obtuviera un arma nuclear fue, durante más de dos décadas, la prioridad que ordenó la política de Washington hacia Teherán. Los indicios más recientes apuntan, sin embargo, a que ese objetivo podría haber dejado de ocupar el centro de la estrategia estadounidense.

Las declaraciones del presidente Donald Trump y las informaciones sobre posibles ataques contra la infraestructura energética iraní permiten considerar un propósito de mayor alcance. Si esos informes reflejan correctamente los planes de su administración, Estados Unidos no se limitaría a golpear las instalaciones de enriquecimiento de uranio, los complejos de misiles o las bases de la Guardia Revolucionaria. La campaña buscaría también dañar los mecanismos que permiten a la República Islámica administrar el país, mantener su aparato militar y extender su influencia por Oriente Medio.

Un cambio de esa naturaleza marcaría el momento más decisivo del enfrentamiento entre Washington y Teherán desde la llegada de la República Islámica al poder en 1979. La cuestión nuclear continuaría formando parte de la guerra, pero quedaría integrada en una ofensiva dirigida contra la capacidad general del régimen chiita para gobernar.

La infraestructura energética sería esencial en ese planteamiento. Su importancia no se limita a los ingresos que aporta a la economía iraní. De ella dependen la actividad industrial, la logística militar, las comunicaciones, los sistemas de mando y control y la continuidad de las instituciones estatales. Atacarla supondría actuar sobre la red que mantiene en funcionamiento al régimen, y no solo sobre sus fuerzas o instalaciones de combate.

Por esa razón, el propósito tampoco consistiría únicamente en destruir medios pertenecientes al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Una campaña de este tipo intentaría dificultar que las autoridades dirigieran sus operaciones, coordinaran sus estructuras, financiaran a sus fuerzas y conservaran tanto el control interno como su presencia regional.

El centro de gravedad de la ofensiva dejaría así de estar ubicado exclusivamente en el poder militar iraní. También incluiría los sistemas civiles e institucionales que permiten al Estado operar. Si esos soportes sufrieran daños considerables, la repercusión excedería la destrucción física: las cadenas de mando perderían eficacia, el abastecimiento de las fuerzas se volvería más difícil, las provincias encontrarían mayores obstáculos para ser administradas y la presión aumentaría sobre una economía que ya se encuentra debilitada.

Ese deterioro podría trasladarse al ámbito político. Tras casi cinco décadas de régimen ideológico chiita, una parte importante de la población iraní considera que la dictadura islámica no ha aportado prosperidad ni estabilidad. Lo que percibe, en cambio, es represión política, corrupción, deterioro económico y una confrontación regional permanente. Reducir todavía más la capacidad del Gobierno para desempeñar sus funciones podría, en esas circunstancias, desencadenar otro periodo de disturbios internos.

Teherán ha advertido que responderá a gran escala si sus infraestructuras críticas son atacadas. Sus amenazas muestran que el régimen contempla tanto una confrontación militar directa como el uso de medidas asimétricas. Entre estas últimas figuran el terrorismo y otros métodos no convencionales que forman parte desde hace tiempo de su doctrina de seguridad.

La República Islámica ha utilizado históricamente el terrorismo como una herramienta de política estatal, no solo como un recurso táctico en tiempos de guerra. Sus dirigentes han presentado de manera reiterada los actos violentos de gran repercusión contra sus enemigos como expresiones de resistencia estratégica y compromiso ideológico. Aunque Jomeini y Jamenei acabarán desapareciendo, el sistema radical y destructivo que institucionalizaron continúa determinando la conducta regional y los criterios de seguridad del régimen.

Por ello, cualquier estrategia que pretenda erosionar la capacidad de Teherán para gobernar tendrá que anticipar respuestas fuera del campo de batalla convencional. Funcionarios iraníes, incluidas figuras ligadas al aparato de seguridad, han advertido en repetidas ocasiones que una ofensiva contra el régimen podría provocar represalias de esa naturaleza.

Los movimientos de las fuerzas estadounidenses en la región también deben interpretarse dentro de este escenario. Su reubicación progresiva no serviría únicamente para proteger al personal frente a ataques iraníes, sino que formaría parte de una disposición operativa destinada a reducir vulnerabilidades y ampliar las opciones militares de Washington.

Una ofensiva prolongada contra los sistemas de gobierno iraníes, además, no dependería solo de la capacidad bélica de Estados Unidos. La superioridad en inteligencia, la experiencia operativa y los recursos de Israel para localizar la infraestructura que sostiene el mando y control de la República Islámica serían igualmente determinantes.

El impacto tampoco quedaría restringido al interior de Irán. La proyección regional de Teherán requiere recursos para financiar, organizar y mantener a las organizaciones terroristas islámicas con las que está aliado en Oriente Medio. Cuanto menor sea su capacidad para administrar el país y sostener sus propias instituciones, más dificultades tendrá para respaldar esas redes en el extranjero.

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Hasta ahora, la política estadounidense se había articulado principalmente alrededor de tres instrumentos: la presión diplomática, las sanciones y los esfuerzos para frenar el enriquecimiento de uranio. Dirigir los ataques contra los fundamentos institucionales de la República Islámica representaría una ruptura con ese modelo.

Si Washington decide reducir simultáneamente la capacidad de Irán para enriquecer uranio y la del régimen para ejercer el poder, la confrontación habrá entrado en una etapa distinta. Ya no se trataría solo de retrasar el desarrollo nuclear iraní, sino de debilitar las estructuras que permiten la supervivencia y el funcionamiento de la propia República Islámica.

Todavía no puede determinarse si un objetivo tan amplio será sostenible en términos militares y políticos. Lo que ocurra con esta estrategia, no obstante, condicionará tanto el futuro de Irán como el orden de seguridad de Oriente Medio.

Etiquetas: AnálisisEstados UnidosIránMundo

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