Japón se ha convertido en un destino cada vez más atractivo para los israelíes. Miles aprovecharon los últimos días de Jol Hamoed para viajar al país y las agencias de turismo, entre ellas Pegasus, ofrecen con fuerza viajes organizados. El autor, Yehuda Sharoni, acaba de regresar de su segunda visita y presenta tres razones principales para ese interés: el precio, la sensación de seguridad y la relación entre lo que cuesta el viaje y lo que ofrece el país.
El fortalecimiento del séquel frente al yen volvió mucho más accesibles los gastos de una visita. Sharoni añade que, a diferencia de lo que observa en Europa, en Japón no encontró expresiones antisemitas y considera que un visitante judío no necesita ocultar signos de identidad ni evitar un collar con una estrella de David. A ello suma precios que, en numerosos casos, le parecieron bajos frente a los de Israel.
El acceso aéreo también se amplió. El Al ya vuela de forma directa a Japón y Arkia tiene previsto iniciar su propia ruta a finales de octubre. También existen conexiones a través de Europa con Austrian, Swiss, Lufthansa y otras compañías. Turkish Airlines, antes una opción habitual para muchos pasajeros israelíes, ya no vuela a Israel.
Sharoni describe un país que combina templos budistas, zen y sintoístas de varios siglos con una industria tecnológica de primer nivel. Menciona marcas como Toyota, Honda, Suzuki y Subaru, y destaca también la cocina japonesa: sushi, sashimi, ramen, udon y otros platos que, a su juicio, cuestan alrededor de la mitad que en Israel. En las calles abundan las máquinas automáticas de bebidas y comida, y pone como ejemplo una botella de Coca-Cola que cuesta aproximadamente la mitad de lo que pagaría en Israel.
También llama la atención sobre la producción japonesa de relojes, cámaras, juguetes, cuchillos y otros productos eléctricos y electrónicos. Para Sharoni, la explicación del desempeño del país está sobre todo en la educación y en la conducta social. Habla de disciplina, puntualidad, lealtad, trabajo y subordinación del ego personal a las normas del grupo.
Su guía, Arie Mendel, le explicó que los niños japoneses reciben mucha libertad durante sus primeros meses y después aprenden a ajustarse a las reglas comunes. Sharoni lleva esa observación a una descripción mucho más amplia del comportamiento social japonés. Recomienda a los visitantes israelíes respetar la distancia personal, no interpretar la cortesía y las reverencias como una invitación a la familiaridad física y evitar gestos de confianza que en Israel podrían resultar normales.
Las filas ordenadas, la limpieza y la ausencia de papeleras en muchos lugares forman parte de esa experiencia. Si alguien lleva un vaso, un papel o restos de comida, suele guardarlos hasta encontrar un contenedor o regresar al hotel. Sharoni menciona además la presencia de mascotas en cochecitos, las largas jornadas laborales y la regla social de no abandonar el trabajo antes que el jefe como ejemplos de una disciplina que considera muy distinta de la israelí.
Esa cultura aparece también, en su relato, en el transporte. Los trenes rápidos llegan con una precisión de segundos y los pasajeros respetan las líneas marcadas en los andenes y las zonas de recogida de equipaje. Desde el embarque hasta el despegue transcurren pocos minutos, y los taxis esperan fuera de los aeropuertos en filas ordenadas. Sharoni contrasta esa organización con los problemas de transporte y estacionamiento que observa en Israel.
También utiliza la infraestructura japonesa para comparar. Cita un gran puente colgante entre Kobe y la isla de Awaji, construido tras un desastre de ferry con una inversión de $4 000 000 000 y abierto hace unos 25 años. Lo presenta como ejemplo de capacidad de ejecución y lo contrapone al proyecto del metro de Gush Dan, que, a su juicio, acumula décadas de retrasos por decisiones que considera ajenas a criterios profesionales.
Japón fue hasta 2024 la tercera economía del mundo, antes de ceder ese puesto a Alemania. Tiene alrededor de 120 millones de habitantes, sufre terremotos y tifones y, salvo el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, mantuvo durante siglos su independencia política. Sharoni considera que el nivel de organización, responsabilidad y educación explica buena parte de su desarrollo.
Su admiración no es absoluta. Dice que prefiere seguir con hábitos israelíes como desayunar ensalada y tortilla, beber vino en vez de sake y vivir en un entorno social menos rígido. También ironiza sobre los hoteles cápsula, que compara con espacios del tamaño de un armario, y concluye que Japón es un lugar del que conviene aprender sin convertir cada costumbre japonesa en un modelo para Israel.
Antes de entrar en su experiencia de viaje, Sharoni dedica una parte extensa del texto a la política y la economía israelíes. Presenta a Benjamin Netanyahu como quien todavía marca buena parte de la agenda política después de dos décadas en el centro del poder. Afirma que el primer ministro ha buscado viajes a países donde no existe una orden de arresto contra él, entre ellos Estados Unidos para la Asamblea general de la ONU y Emiratos Árabes Unidos, y sostiene que continuará con advertencias de seguridad durante la campaña electoral.
En materia económica, el autor rechaza la imagen de una economía israelí en pleno auge que, según describe, el gobierno intenta proyectar. Señala que desde el inicio de la guerra aumentó de hecho la carga del impuesto sobre la renta, subió el IVA y los alimentos se encarecieron. Su argumento central es que esas cifras se sienten de forma directa en el bolsillo, aunque desde el gobierno se destaquen inversiones y buenos indicadores macroeconómicos.
Sharoni también critica el manejo del precio de la gasolina. Con el litro en ₪8,27, Netanyahu y el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, volvieron a plantear un subsidio. El mes anterior ya se había aprobado una ayuda de una sola vez. El autor considera necesario cambiar la fórmula con la que se actualiza el precio por el peso de los impuestos, pero duda de que el Ministerio de Finanzas o los asesores jurídicos autoricen otro subsidio a un mes de las elecciones después de cuatro años sin una intervención de ese tipo.
Otra propuesta que cuestiona es la de dejar de aportar a la pensión obligatoria desde los 40 años para aumentar en unos ₪500 mensuales el ingreso neto. Sharoni la califica de populista y la compara con los pagos de ₪500 por ciudadano durante la pandemia. También recuerda una propuesta de Avi Simhon para subsidiar hipotecas por ₪2 000 000 000 para el sector haredí, y critica su posición a favor de mecanismos presupuestarios fuera del presupuesto ordinario.
Simhon también ha defendido recortes de gasto en el sistema de defensa, ha acusado al sistema bancario de falta de competencia y ha impulsado el traslado de las refinerías de la bahía de Haifa al Néguev. Sharoni considera irreal ese traslado y cuestiona además la propuesta de eliminar restricciones de conexión a la red eléctrica para quienes quieran construir centros de datos.
El autor contrasta estas ideas con las políticas de Netanyahu cuando fue ministro de Finanzas en 2003. Recuerda que entonces aumentó impuestos, redujo subsidios para familias numerosas e impulsó la entrada de haredíes al mercado laboral. En su interpretación, la diferencia entre aquel Netanyahu de 53 años y el actual se explica por la etapa política en la que se encuentra el primer ministro. Sharoni presenta a Simhon como una herramienta económica de esa estrategia.
El texto pasa después a varias operaciones empresariales que no lograron completarse. La más reciente es la venta de la compañía de tarjetas de crédito Cal por parte de Discount Bank a Union, de George Horesh, y Harel Investments por ₪4 000 000 000. La operación se frenó porque Horesh rechazó la exigencia de la responsable de Competencia, Michal Cohen, de vender su participación en Super-Pharm.
Cohen temía que la combinación de negocios permitiera utilizar información interna de la base de clientes de Super-Pharm y creara un conflicto de intereses. Sharoni considera exagerado ese temor y sostiene que en otros países un regulador habría resuelto el caso en menos tiempo. Union, Harel y Discount dedicaron alrededor de un año a intentar completar la operación por vías jurídicas, pero el plazo final está fijado para el 1 de noviembre y la autorización no llegó.
La misma responsable de Competencia ya había bloqueado a comienzos de 2024 la compra del control de Isracard por Harel. Para Yair Hamburger, propietario de Harel, esta es la segunda gran operación que tropieza con la regulación. Sharoni utiliza ambos casos para cuestionar el clima regulatorio israelí.
La ruptura de las operaciones también tiene un costo directo. Discount Bank recibirá ₪135 000 000 de los compradores por la cancelación. First International Bank, socio de Discount en Cal, recibirá 52 millones. Menora Mivtachim ya había recibido 62 millones de Isracard tras la cancelación de otra operación hace unos dos años.
Discount debe vender su participación en Cal antes de abril de 2027. La obligación forma parte de la separación entre compañías de tarjetas de crédito y bancos que Israel impuso hace cerca de una década con el objetivo de aumentar la competencia. Sharoni sostiene que esa separación no produjo el resultado esperado y que los principales beneficios visibles fueron ingresos extraordinarios para los bancos por las ventas.
El Ministerio de Finanzas y el Banco de Israel se inclinan por conceder a Discount más tiempo, aunque para ello sería necesario modificar la legislación. Varios grupos empresariales aún muestran interés en Cal y el proceso de venta debe reiniciarse después de las festividades. Si no aparece un comprador, una salida posible sería sacar Cal a bolsa, como hizo Bank Hapoalim con Isracard.
Sharoni plantea incluso otra posibilidad: permitir que Discount conserve Cal si la separación de las compañías de tarjetas no mejoró realmente la competencia. Sostiene que Cal no dañó la competencia durante los años bajo control de Discount y menciona como ejemplo el club FLY ALL, creado recientemente y presentado como rival del club de El Al e Isracard.
El texto incluye además una propuesta sobre la lucha contra el dinero negro. Plantea que la Autoridad Tributaria reciba acceso a bases de datos de organismos públicos, más personal y la posibilidad de trabajar con la Policía y el Shin Bet. La idea parte de que las organizaciones criminales han perfeccionado sus métodos y de que la lucha contra esos fondos requiere más herramientas.
Sharoni cierra el recorrido con una comparación general entre Japón e Israel. Considera que la responsabilidad personal, la puntualidad, el respeto por las normas y la calidad del transporte público son aspectos de los que Israel podría aprender. Al mismo tiempo, deja claro que prefiere conservar muchos rasgos cotidianos de la vida israelí y presenta a Japón como un país que vale la pena visitar y observar, no como un modelo que deba copiarse por completo.










