Estados Unidos se dispone a concentrar tres grupos de portaaviones en Oriente Medio, pero esa movilización no significa que Donald Trump haya decidido reanudar la guerra contra Irán. El Pentágono prepara alternativas para una nueva campaña de gran envergadura por encargo del presidente, mientras la Casa Blanca mantiene una respuesta militar limitada pese al incremento de los ataques iraníes contra el transporte marítimo.
Una de las propuestas recientes prevé aproximadamente tres días de bombardeos intensos. El vicepresidente JD Vance encabezó el examen de los planes en una reunión de altos responsables de seguridad nacional celebrada el viernes pasado en Camp David. Trump había pedido nuevas alternativas después de desechar cinco propuestas que su equipo de seguridad nacional y el Pentágono le presentaron durante los últimos meses. Aquellas opciones contemplaban operaciones de gran escala contra Irán o contra los hutíes de Yemen, una milicia respaldada por Teherán.
La campaña de tres días tendría entre sus objetivos las existencias de drones y misiles de Irán. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica ha recuperado buena parte de ese arsenal desde la primera fase de la guerra. Los planificadores estadounidenses también consideran ataques contra instalaciones de energía, centros de mando, cuarteles generales de la Guardia Revolucionaria y otros objetivos militares.
El jueves, sin embargo, Trump afirmó en redes sociales que no ordenaría ataques contra Irán antes de las elecciones legislativas de mitad de mandato de Estados Unidos. También calificó de “productivas” las conversaciones entre Washington y Teherán. La negociación sigue abierta a través de intermediarios y funcionarios estadounidenses consideran que ha habido ciertos avances, aunque las diferencias sobre el programa nuclear iraní permanecen sin resolver.
El desacuerdo afecta al orden de los asuntos que deben negociarse. Estados Unidos quiere pactar primero las condiciones relativas a las aspiraciones nucleares iraníes. Los representantes de Teherán, en cambio, pretenden dejar esa cuestión para la última etapa del proceso. Esa divergencia persiste pese a la valoración favorable que Trump y otros funcionarios estadounidenses hacen de los contactos diplomáticos.
La fecha de una eventual ofensiva tampoco está definida. Incluso antes del mensaje presidencial del jueves, algunos responsables estadounidenses calculaban que Trump dejaría transcurrir tanto las elecciones israelíes del 27 de octubre como las legislativas estadounidenses de la semana siguiente antes de adoptar una decisión. Ahora tampoco existe certeza de que autorice ataques después de esos comicios, aunque los mandos militares afirman que podrían iniciar operaciones de mayor alcance en cuestión de días si cambia de parecer.
El despliegue naval avanza con independencia de esa decisión. El grupo de ataque del Theodore Roosevelt salió de San Diego la semana pasada y podría coincidir a finales de octubre con los del George H. W. Bush y el George Washington. Si coinciden, será la primera concentración de tres portaaviones estadounidenses en Oriente Medio desde 2003. Sus respectivos grupos de ataque incluyen otros buques de guerra, helicópteros de ataque e infantes de marina.
Para finales de octubre, la concentración prevista supera los 20.000 marineros e infantes de marina embarcados, con cientos de aeronaves a su disposición. No será, sin embargo, un despliegue permanente de los tres portaaviones. El George Washington tiene previsto regresar a su base en Japón poco después de que el Theodore Roosevelt llegue para relevarlo el mes próximo.
La cautela presidencial contrasta con las presiones que ejerce la situación en el estrecho de Ormuz. Durante el verano, los ataques iraníes contra la navegación internacional solían recibir represalias militares de Estados Unidos. Esa pauta cambió durante las últimas semanas: Washington ha proseguido sus operaciones contra drones y misiles de crucero iraníes, pero no ha atacado en territorio de Irán como represalia ni ha dirigido sus ataques contra la flota clandestina de petroleros del país.
Desde septiembre, fecha del último intercambio importante de ataques de represalia, un organismo de vigilancia vinculado con la Marina británica contabiliza al menos 13 buques atacados por Irán. Las evaluaciones de inteligencia conocidas por funcionarios estadounidenses sitúan el total cerca de 20. Ninguno de esos episodios desencadenó una respuesta estadounidense a gran escala, pese a que la intensidad de los ataques ha aumentado.
Las exportaciones petroleras de Oriente Medio han crecido, pero las agresiones contra buques inquietan a las compañías navieras y dejan dudas sobre la continuidad de los envíos de energía. Al mismo tiempo, los mandos estadounidenses advierten de que proteger a sus tropas, las instalaciones energéticas y otras infraestructuras civiles de la región frente a los ataques iraníes se ha vuelto más difícil.
Parte del problema reside en la evolución de las tácticas iraníes. Al inicio de la guerra, las defensas estadounidenses recurrían por lo general a dos interceptores por cada misil iraní que se aproximaba y daban prioridad a las salvas más peligrosas. Ahora Estados Unidos y sus socios regionales necesitan un número mayor de proyectiles defensivos para neutralizar los ataques dirigidos contra las bases estadounidenses, debido tanto a las mejoras tácticas como a la selección más precisa de los objetivos.
Irán también ha aprovechado imágenes satelitales facilitadas por empresas chinas para aumentar la eficacia de sus ataques contra esas bases, de acuerdo con personas que conocen las evaluaciones de inteligencia. Esa capacidad complica la protección de los efectivos estadounidenses y eleva el consumo de munición defensiva, precisamente cuando las existencias ya están sometidas a una demanda considerable.
Los jefes militares sostienen que aún quedan reservas de interceptores, pero reconocen una reducción importante de las existencias por efecto de la guerra. El Comando Central estadounidense, responsable de las operaciones en Oriente Medio, ha trasladado armamento desde Europa y Asia para reforzar la defensa regional. Entre los altos funcionarios existe preocupación por el efecto que una nueva campaña y la protección prolongada de las bases podrían tener sobre las reservas disponibles en otras partes del mundo.
El tránsito de petróleo por Ormuz plantea otra disputa. Trump aseguró el jueves que ningún barril que atraviesa el estrecho procede de Irán. Sin embargo, funcionarios y personas familiarizadas con los informes de inteligencia describen una situación distinta: Teherán autoriza el paso de determinados buques a cambio de tasas, permite el tránsito de embarcaciones que podrían transportar crudo iraní y mantiene una flota fantasma de petroleros.
Empresas chinas han pagado por cruzar el estrecho. Además, desde hace años Irán mezcla de forma clandestina su petróleo con crudo iraquí para eludir las sanciones. El mismo jueves, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos impuso sanciones a 17 embarcaciones que, conforme a sus investigaciones, integran la flota fantasma iraní utilizada para el contrabando de petróleo.
Las diferencias sobre la conveniencia de recurrir a la fuerza también alcanzan al entorno más próximo de Trump. Algunos de sus colaboradores dudan de que los bombardeos puedan alterar las decisiones estratégicas de Teherán. Consideran que la presión económica estadounidense ya produce resultados y que, si se mantiene durante más tiempo, podría conseguir concesiones importantes sin otra ofensiva de gran escala.
Otros funcionarios defienden la opción militar. Argumentan que la economía iraní continúa deteriorada y que una campaña corta, de gran intensidad, podría profundizar sus dificultades, sobre todo si perjudica la capacidad de Teherán para controlar el estrecho de Ormuz. Entre esas posturas contrapuestas, el Pentágono conserva la preparación operativa para atacar, pero la autorización presidencial sigue pendiente.










