Entre los grandes inventos atribuidos a Estados Unidos suelen citarse la bombilla eléctrica, el teléfono, internet o el iPhone. Pero hay una creación mucho menos reconocida que forma parte de la rutina diaria de miles de millones de personas: la línea blanca que delimita el borde de la carretera.
La propuesta fue impulsada por el metalúrgico y filántropo John Van Nostrand Dorr. A comienzos de la década de 1950, Dorr defendió que los conductores necesitaban, sobre todo de noche, una referencia fija en la vía y no depender de los faros de los vehículos que circulaban en sentido contrario. Su planteamiento era simple: una franja de pintura, barata y visible, ayudaría a mantener el vehículo en el centro del carril y disminuiría de forma importante el riesgo de accidentes.
La idea no fue bien recibida al principio. Las autoridades de Connecticut descartaron su propuesta, pero Dorr insistió e incluso se ofreció a pagar con su propio dinero una prueba en una carretera local. El resultado fue contundente: los conductores se apartaron de la línea divisoria, conservaron mejor su posición en el carril y los accidentes cayeron de manera notable. Un segundo ensayo, realizado en una carretera conocida como “Valle de la Muerte”, en Nueva York, confirmó la eficacia del sistema. Allí se registraron 40 accidentes durante los cinco meses previos al trazado de las líneas de borde; en los cinco meses posteriores, la cifra bajó a solo 14.
Con esos datos, Dorr inició una campaña de persuasión de gran alcance. Escribió a gobernadores estatales, ingenieros de tránsito, funcionarios públicos e incluso al expresidente Herbert Hoover. Frente a quienes sostenían que gastar $50 por milla era un derroche de fondos públicos, Dorr respondió con una frase que quedó ligada a su empeño: “La pintura es más barata que la sangre”.
Tiempo después, Ohio llevó a cabo otro ensayo controlado, en el que las carreteras que serían señalizadas y las que quedarían sin marcar se eligieron por sorteo. Los resultados indicaron una reducción del 37 % en la cantidad de muertos y heridos en las vías marcadas. Desde entonces, la adopción de la medida avanzó con rapidez en todo Estados Unidos.
Dorr murió en 1962, pero antes alcanzó a ver concretada su idea. Un día salió de su casa y encontró a equipos viales que pintaban una línea blanca junto a la carretera cercana a su vivienda. Era la misma señal que acabaría convertida en un estándar en las vías de todo el mundo y que sigue salvando vidas cada día, aunque la mayoría de los conductores desconozca a quién se debe.
