El lunes pasado, Kiev agotó sus misiles Patriot. La capital ucraniana enfrentó su segundo ataque masivo en un lapso de tres días, ejecutado con enjambres de drones y armamento balístico, entre los que destacaron los modelos Iskander y Kinzhal.
Aunque los sistemas antiaéreos interceptaron los vehículos no tripulados, aproximadamente 60 misiles lograron superar el escudo defensivo. El impacto provocó 21 muertes y devastó extensas zonas urbanas. El presidente Volodímir Zelenski, durante su viaje hacia la cumbre de la OTAN en Ankara, admitió la gravedad del escenario: Ucrania se encontraba al borde del agotamiento total de sus interceptores Patriot 108M, la única herramienta del arsenal con capacidad técnica para derribar los Iskander.
Kiev agotó sus misiles Patriot tras un nuevo ataque masivo con drones y misiles balísticos rusos, en un momento en que Ucrania depende de esos interceptores para enfrentar amenazas como los Iskander.
“La batalla por Ucrania se ha trasladado a los cielos”, afirmó el mandatario con notable mesura.
En el ámbito terrestre, las tropas ucranianas mantienen sus posiciones con resultados dispares. Tras la caída de Kostyantynivka, considerada una ciudad fortaleza, Vladímir Putin alardeó sobre la supuesta conquista inminente de la provincia de Donetsk. Sin embargo, diversos blogueros militares críticos radicados en Rusia rechazan de manera tajante esta narrativa de los hechos.
El desgaste ruso y la oportunidad que percibe Putin
Evaluaciones independientes fundamentadas en análisis de campo, como las publicadas por el Instituto para el Estudio de la Guerra, señalan que los asaltos de la infantería rusa exigen un coste de vidas insostenible. Los drones dictan la dinámica de los enfrentamientos a corta distancia, mientras las bajas del Kremlin superan a las ucranianas en una proporción de ocho a uno. Durante los meses de mayo y junio, las fuerzas invasoras sufrieron pérdidas sin precedentes cercanas a los 75.000 combatientes, un volumen de caídos que excede por completo la capacidad de reemplazo del país.
Frente a este panorama, Putin detecta una oportunidad para conseguir algún éxito militar que pueda exhibir ante la ciudadanía rusa antes del cierre de septiembre. Su convicción de que la victoria está próxima se alimenta del optimismo que le producen factores diversos: las fracturas internas de la OTAN, las declaraciones erráticas de Donald Trump, la paralización de los conflictos en Oriente Medio y el Golfo Pérsico y, por encima de todo, la crisis del sistema antiaéreo en Kiev.
En una reciente reunión con la cúpula militar, difundida en vídeo, el líder ruso acudió al tópico propagandístico y afirmó: “Avanzamos en todos los frentes”. Estas palabras contradicen de pleno su discurso de días atrás, cuando admitió que el país “atraviesa tiempos difíciles”.
Por su parte, el ejército ucraniano intensifica los bombardeos de profundidad dentro de las fronteras enemigas. El mismo lunes del mortífero ataque contra la capital de Ucrania, proyectiles lanzados por Kiev impactaron en tres grandes refinerías rusas. Los blancos fueron las instalaciones de Slobodka, Yaroslavl y Omsk, esta última reconocida como el mayor complejo petrolero de Rusia y ubicada a 2.500 kilómetros de la línea de combate.
Ucrania configuró una potente fuerza de ataque compuesta por drones y cohetes mediante la modernización continua de tecnología antigua. Contra todo pronóstico, el misil de largo alcance Flamingo —una variante adaptada del sistema Scud soviético— demostró gran efectividad. Simultáneamente, los ataques de precisión contra las pequeñas fábricas de componentes esenciales interrumpieron la cadena de suministro industrial rusa, un factor que redujo de forma drástica el inventario de misiles balísticos avanzados a disposición de Moscú.
Acusaciones rusas y tensión en el norte de Europa
Como respuesta, el Gobierno ruso desarrolla una campaña regional de engaño y perturbación. El Kremlin formuló acusaciones falsas contra los Estados bálticos, a quienes responsabiliza de albergar bases de drones ucranianos y de brindar la infraestructura necesaria para guiar aeronaves de largo alcance hacia territorio ruso. Durante la última semana, María Zajárova y Nikolái Pátrushev —figura de máxima confianza en el Consejo Supremo de Seguridad— lideraron esta ofensiva retórica al señalar a Letonia como participante directa en el conflicto armado.
La tensión militar escaló también en el mar. El mismo fin de semana de los bombardeos aéreos, un avión de reconocimiento ruso Bear-F incursionó a escasa distancia de unas maniobras navales operadas por la OTAN en el mar de Noruega. El bombardero se aproximó de forma peligrosa al portaaviones británico HMS Prince of Wales y arrojó una veintena de sonoboyas antisubmarinas antes de retirarse ante la intercepción de dos cazas F-35 del Reino Unido.
Más allá de la maniobra descarada, e incluso infantil, la acción perseguía un objetivo claro: identificar a los submarinos de escolta de la Alianza en la zona, un rastreo viable incluso si los dispositivos operaron apenas unos minutos. El incidente coincide con el aumento de actividad de los sumergibles rusos, tanto tripulados como autónomos, en el canal de la Mancha, el mar del Norte y el mar de Irlanda. En estas aguas, las unidades de Moscú inspeccionan de manera sistemática infraestructuras críticas como oleoductos, gasoductos y cables de comunicaciones.
Ante la percepción generalizada de que la guerra desborda las fronteras ucranianas, los Gobiernos de la región activaron medidas preventivas. Letonia comunicó un proyecto de evacuación para alejar de la zona limítrofe a la población de Daugavpils, la segunda ciudad del país y de mayoría rusohablante. El Ejecutivo publicó además un manual de treinta páginas, titulado 72 horas: qué hacer en caso de crisis, destinado a instruir a los civiles ante ataques terrestres o aéreos. En paralelo, diez miembros septentrionales de la OTAN —Alemania, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Islandia, Letonia, Lituania, Noruega, Polonia y Suecia— preparan planes de evacuación masiva frente a una hipotética agresión rusa.
La crisis antiaérea y los riesgos de una guerra prolongada
La gravedad de la crisis antiaérea sobre las ciudades de Ucrania representa el componente central de la ventana de oportunidad que Putin cree poseer durante los próximos dos meses, aunque intervienen más factores. A nivel diplomático, Trump supone una baza decisiva de las redes de desinformación por un par de meses más, pero su valor decaerá conforme se aproximen las elecciones legislativas de mitad de mandato. Tras esos comicios, es probable que se convierta en un presidente sin poder político efectivo, circunstancia que podría transformarlo en un actor aún más imprevisible y poco fiable.
La apuesta de Putin encierra un riesgo enorme. El deterioro de la economía rusa resulta evidente en las colas para obtener gasolina y en los cortes constantes de internet y telefonía móvil. Crimea, a su vez, se transforma cada vez más en un territorio sumido en la precariedad ante la escasez crítica de agua y combustible.
El posible fracaso de esta ofensiva rápida no significaría el final de la guerra. Rusia funciona plenamente bajo una economía de guerra y su mandatario ejerce como dirigente militar absoluto, sin integrar la paz en sus cálculos de supervivencia política. Si el conflicto se prolonga durante el invierno, el Kremlin tendrá que recurrir a tácticas todavía más arriesgadas. La opción más probable pasa por decretar una movilización nacional, parcial o total, para reclutar un mínimo de 500.000 nuevos soldados. Resulta casi seguro que esta medida iría acompañada de la imposición plena de la ley marcial.
Este escenario implica que Kiev y los Estados bálticos no son los únicos obligados a revisar sus defensas antiaéreas. La advertencia abarca al conjunto de los aliados europeos de la OTAN, incluido el Reino Unido. Todas las naciones deberán examinar sus sistemas de protección territorial y marítima. Como paso inicial, el Gobierno británico debería desechar de inmediato las propuestas inconexas presentadas el mes pasado en el Plan de Inversión en Defensa y determinar con rapidez, rigor y un sentido práctico inusual los requerimientos exactos del país para garantizar su seguridad frente a la amenaza actual.