Japón exhibe un nivel excepcional de mantenimiento: calles sin colillas, aceras limpias y estaciones de metro relucientes. La limpieza forma parte inseparable de la experiencia japonesa, y los estándares son tan altos que incluso la idea de “comer del suelo” parece aplicable en el país.
El secreto no está en máquinas de limpieza ruidosas, sino en un trabajo manual minucioso. Los trabajadores de limpieza recorren la ciudad con carritos divididos en compartimentos para distintos tipos de residuos, y utilizan herramientas como pinzas y tenacillas para recoger incluso los fragmentos de papel más pequeños.
Los dueños de perros también participan en este esfuerzo. Quienes tienen perros procuran recoger los excrementos de sus animales y a veces incluso limpian la acera con productos y papel para garantizar una higiene completa.
La ausencia de papeleras públicas no responde únicamente a razones estéticas, sino que es consecuencia de una tragedia nacional. En 1995, la secta Aum Shinrikyō perpetró un estremecedor atentado con gas nervioso en el metro de Tokio, que causó la muerte de 13 personas y dejó heridas a más de 1.000.
Tras ese hecho, las autoridades decidieron retirar las papeleras públicas de calles y estaciones, con el fin de impedir que se usaran como puntos para ocultar artefactos explosivos o sustancias peligrosas.
Los viajeros que llegan a Japón deben adaptarse pronto a esta realidad: las papeleras públicas casi no existen, y en los espacios públicos por lo general solo se encuentran contenedores de reciclaje para latas o botellas de plástico.
La solución japonesa es simple y procede de la educación y la cultura: los habitantes llevan consigo una pequeña bolsa de plástico, donde guardan su basura durante el día, y al final de la jornada la depositan en el cubo de basura de su casa. El reciclaje también está regulado con rigor.
En las zonas residenciales se observan redes especiales colgadas en cercas y postes, donde los vecinos colocan sus residuos clasificados y embolsados antes de la recogida organizada.
