En el centro de Corea del Norte hay un barrio llamado “Pyonghattan”. El nombre, que combina el de la capital norcoreana con el de la lujosa Manhattan, no es casual. Se trata de una zona residencial exclusiva, reservada para científicos y miembros de la élite que sirven al régimen de Kim Jong-un.
Los privilegiados residentes del barrio disfrutan de lujos que muchos en Occidente querrían tener: automóviles Mercedes y Toyota con refrigeradores personales, aire acondicionado y dispositivos tecnológicos avanzados, todo bajo el amparo del sistema centralizado y dictatorial del líder norcoreano.

Esta riqueza no procede de inversiones inteligentes, sino de una maquinaria estatal implacable que explota al pueblo mediante trabajos forzados, “regalos patrióticos” obligatorios para Kim y su familia, y el traslado clandestino de fondos por vías ilegales, como el narcotráfico y los robos masivos de criptomonedas.
A pesar de esa vida de lujo, Jieun Baek, autora del libro “Privilegiados, pero sin poder”, subraya que “el dinero no puede comprarlo todo”. La realidad de la élite está controlada por un aparato represivo bien aceitado.
Las casas de los altos funcionarios están llenas de micrófonos ocultos, y sus movimientos son vigilados de forma permanente. En un sistema de “suma cero”, cada miembro de la élite representa una amenaza para los demás, pues cualquiera puede esperar heredar el cargo, el automóvil o el apartamento de otro.

El régimen fomenta las delaciones, y el castigo para quien no denuncie a otros —o para quien sea sorprendido en una falta grave— es la muerte ante un pelotón de fusilamiento. El terror alcanza su punto máximo con la “culpa por cercanía”: los familiares de los condenados a muerte a menudo son obligados a presenciar la ejecución desde la primera fila, mientras se les exige mostrar una serenidad absoluta. “No pueden llorar”, explica en el libro un alto desertor, “porque si bajan la mirada, cientos de personas vinculadas a ellos podrían sufrir las consecuencias”.
El coste psicológico de una vida así es devastador. Los desertores entrevistados para el libro describen que vivían en “dos mundos paralelos”: por un lado, la obligación de exhibir una lealtad extrema al régimen y a Kim Jong-un; por otro, el reconocimiento íntimo del absurdo del sistema. Muchos de ellos hablan de sensaciones de confusión y desdoblamiento de la personalidad.

Aunque la frustración crece entre la élite, la posibilidad de una revolución parece escasa. El miedo real a perder el estatus, junto con el control absoluto de la familia Kim, impide que los altos funcionarios actúen contra el poder. Algunos desertores incluso admiten que preferirían quedarse en Corea del Norte y ser “alguien” antes que convertirse en “nadie” en otros países.
