El presidente Trump puso fin este miércoles al alto el fuego con Irán y al memorando de entendimiento vinculado a este acuerdo. Tras semanas de negociaciones que Estados Unidos impulsó como un esfuerzo de paz, los líderes de Teherán respondieron con mentiras, amenazas a los países vecinos y continuas violaciones de la tregua. Ante el desafío de un régimen islamista radical, mermado por la crisis económica y las divisiones internas, el mandatario estadounidense ordenó una campaña intensiva de ataques aéreos contra puntos estratégicos en Irán y restableció severas sanciones a sus exportaciones de petróleo. El mensaje es claro: la paciencia de Washington se agotó.
La operación militar marca una escalada considerable. Las fuerzas estadounidenses golpearon cerca de 90 objetivos, según confirmó el Comando Central de Estados Unidos. Estos ataques de precisión excluyeron a la población civil y se concentraron en destruir centros de mando del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, instalaciones de producción de misiles y las infraestructuras del programa nuclear que habían sobrevivido a misiones anteriores. Con ello, Washington busca mermar la capacidad del régimen para proyectar poder y proteger tanto el golfo Arábigo como la libre navegación en el estrecho de Ormuz.
Trump dio por terminada la tregua con Irán y ordenó ataques aéreos contra objetivos estratégicos, además de restablecer severas sanciones petroleras contra Teherán.
Washington golpea objetivos militares y rutas económicas
La ofensiva también cortó rutas comerciales clave al destruir un puente ferroviario en la provincia norteña de Golestán, el cual conecta a Irán con China y Rusia. Esta vía férrea es fundamental para Teherán, que recurre al comercio terrestre para evadir el bloqueo naval estadounidense sobre sus puertos. El ataque demuestra que la campaña de presión alcanza directamente las arterias económicas del régimen.
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En paralelo, la restitución de las sanciones petroleras impone un daño económico inmediato a un gobierno que sufre una drástica caída de ingresos y un creciente descontento social. Aunque Trump indicó que los enviados especiales Steve Witkoff y Jared Kushner podrían continuar la vía diplomática, el presidente considera que estas conversaciones carecen de valor y calificó cualquier nuevo diálogo con los dirigentes iraníes como “una pérdida de tiempo”.
Los líderes de Irán cometieron un error de cálculo que era previsible. Acostumbrados a las políticas de administraciones demócratas y republicanas anteriores que hacían concesiones para lograr acuerdos, subestimaron la determinación estadounidense ante amenazas a sus intereses fundamentales. Supusieron que la urgencia de Trump por cerrar conflictos exteriores antes de las elecciones legislativas de mitad de mandato les daba margen para incumplir los pactos. En consecuencia, violaron las condiciones del cese de hostilidades, mantuvieron los ataques indirectos a través de milicias, alteraron la navegación en Ormuz y prolongaron las negociaciones con promesas vacías mientras reconstruían sus capacidades ofensivas en secreto.
Con la ruptura de la tregua, Irán puso a prueba si Trump deseaba la paz lo suficiente como para tolerar una política de apaciguamiento. El presidente demostró lo contrario. Detrás de su disposición pública a plantear ideas audaces que mantienen a los adversarios en la incertidumbre, opera una lógica estricta de “Estados Unidos primero”: la paz mediante la fuerza. El primer mandato de Trump y su campaña de máxima presión ya habían dejado claro este enfoque al propiciar los Acuerdos de Abraham y reducir el poder de Teherán sin iniciar guerras interminables. Este segundo mandato repite el patrón de ofrecer diálogo bajo una presión militar y económica abrumadora.
La presión de Trump sobre Teherán
Trump inició estas conversaciones para lograr un cese definitivo de las hostilidades, luego de cumplir su objetivo principal de destruir el programa de armas nucleares de Irán. No aceptará una tregua temporal que permita al régimen reactivar sus programas armamentísticos o mantener la financiación del terrorismo. Su propósito es terminar la guerra con rapidez, pero bajo condiciones que garanticen la seguridad regional y de Estados Unidos, además de disuadir futuras agresiones.
Falta ver si el régimen iraní, debilitado y fanatizado, acepta un alto el fuego auténtico o si redobla su postura de desafío. Una nueva escalada solo agravará el aislamiento y el sufrimiento de un pueblo empobrecido por una dirigencia radical y corrupta. Dado el historial de engaños de Teherán, los líderes iraníes deberán ofrecer más que palabras para probar su seriedad ante Washington. Los socios de Estados Unidos requieren seguridad frente al terrorismo, los misiles y el chantaje nuclear, y los mercados mundiales necesitan un suministro energético fiable. La acción de esta semana confirma que la agresividad iraní recibirá como respuesta una presión devastadora, ya que Washington sostiene que la fuerza es la vía más segura hacia la paz.