La prueba real del Locust en el USS George H.W. Bush validó una defensa antiaérea corta contra drones, aunque sin integración permanente en la flota.
La prueba del Locust abre una nueva etapa naval de defensa antiaérea
Al confirmar el 20 de abril de 2026 un disparo ejecutado el 5 de octubre de 2025, la Marina de los Estados Unidos hizo público el primer fuego real de un arma láser desde un portaaviones. El ensayo tuvo lugar a bordo del USS George H.W. Bush, en el Atlántico, y probó una capa de defensa antiaérea de corto alcance frente a drones. La divulgación llegó 197 días después del evento.
Sobre la cubierta de vuelo quedó fijado el sistema Locust, instalado en una configuración contenerizada de Palletized High Energy Laser. En una sola secuencia, el arma completó detección, seguimiento y destrucción de varios vehículos aéreos no tripulados. El resultado confirmó el primer caso conocido en que un arma de energía dirigida fue montada y disparada físicamente desde un portaaviones estadounidense, aunque sin una decisión formal de adopción para toda la flota.
Ese paso retomó una aspiración naval que viene desde la década de 1970, cuando los portaaviones parecían plataformas idóneas por su capacidad eléctrica y por la ventaja de un disparo a velocidad de la luz con bajo costo unitario. Sin embargo, sistemas como MIRACL resultaron demasiado grandes, tóxicos y exigentes en logística. Propuestas posteriores, como el Free-Electron Laser, ofrecieron una vía más limpia, pero siguieron lejos de una instalación práctica en cubiertas sensibles y congestionadas.
El cuadro cambió con la maduración de los láseres de estado sólido a partir de los años 2000. Su formato más compacto, eficiente y modular permitió llevar el Locust al USS George H.W. Bush, un portaaviones de clase Nimitz de unas 102.000 toneladas. El buque cuenta con dos reactores nucleares, un ala aérea embarcada de alrededor de 90 aviones y una tripulación superior a 3.500 personas, rasgos que explican su valor estratégico.
Claves técnicas y operativas del sistema probado en el Atlántico
- El Locust usó una configuración P-HEL dentro de un contenedor fijado a la cubierta de vuelo.
- La secuencia de prueba incluyó detección, seguimiento y destrucción de varios UAV.
- El arma no quedó conectada al sistema de combate ni a la red de control de tiro del buque.
- La validación técnica revisó sensores, estabilidad del haz, precisión y efecto de la humedad y del estado del mar.
La arquitectura del Locust aún limita su alcance y potencia naval
Durante el ensayo, la unidad funcionó como un módulo autónomo, sin modificaciones estructurales del buque. Quedó amarrada a la cubierta y operó sin enlace con la arquitectura de combate del portaaviones, lo que delata un uso temporal más que permanente. Aun así, la presencia de blancos aéreos reales confirmó un escenario de fuego real. En la actividad participaron la Marina, la Oficina de Capacidades Rápidas y Tecnologías Críticas del Ejército y AeroVironment.
En su núcleo, el Locust emplea un láser de estado sólido de entre 20 y 26 kW, una potencia insuficiente frente a amenazas aéreas endurecidas o de alta velocidad. El módulo paletizado reúne fuente láser, director del haz, suministro eléctrico y sensores en un contenedor transportable. La adquisición de blancos se apoya en cámaras electroópticas e infrarrojas, con opción de sumar radares compactos y sensores pasivos de radiofrecuencia para alimentar el guiado.
Una vez designado el objetivo, su control de tiro automatizado enlaza detección, seguimiento y enfrentamiento sin intervención continua del operador. Durante la secuencia del 5 de octubre, varios UAV fueron neutralizados uno tras otro, prueba de que el sistema puede procesar blancos sucesivos en una misma ventana. Esa capacidad no elimina una restricción central: el arma solo puede atacar un blanco por vez y exige cierto tiempo de permanencia sobre cada objetivo.
En esta clase de 20 kW, el empleo suele quedar por debajo de los 5 kilómetros y pierde eficacia con humedad, sal en suspensión y aerosoles, condiciones frecuentes en el mar. Además, elevar la potencia más allá de 26 kW introduce tensiones de gestión térmica y de acondicionamiento eléctrico dentro del diseño contenerizado. No hay indicios de aporte directo desde la planta nuclear del portaaviones, de modo que la energía habría provenido de una unidad propia.
El bajo costo por disparo impulsa el interés naval por los láseres

Como la potencia, el alcance y la gestión térmica aún imponen límites estrictos, el láser embarcado queda hoy en una fase de prototipo o de demostrador avanzado, más que en la de una capacidad operativa desplegada. Un desarrollo posterior exigiría mayor densidad de potencia, refrigeración más eficaz y una conexión estable con la distribución eléctrica del buque. El entorno del portaaviones añade espacio limitado en cubierta y operaciones aéreas continuas, aunque la prueba mostró margen para un empleo acotado.
El desarrollo del Locust avanzó sobre todo en programas del Ejército de los Estados Unidos, como P-HEL y Army Multi-Purpose High Energy Laser, que dieron lugar a varias configuraciones terrestres. Para diciembre de 2025, ese servicio había recibido sistemas paletizados y variantes sobre Joint Light Tactical Vehicles e Infantry Squad Vehicles, con parte de las unidades en el extranjero. En febrero de 2026, un Locust estuvo implicado en un evento de restricción del espacio aéreo cerca de El Paso.
Ese historial en tierra ayuda a explicar el interés naval en una arquitectura modular frente a drones baratos, sobre todo tras la expansión de esas amenazas en zonas como el mar Rojo desde finales de 2023. Responder con interceptores convencionales implica costos de entre 100.000 dólares y 1 millón de dólares por disparo, según el sistema. Un láser, en cambio, depende de energía eléctrica y sitúa el costo por enfrentamiento en torno a 3 o 5 dólares.
La Marina desplegó en 2014 el AN/SEQ-3 LaWS, de alrededor de 30 kW, y mantiene programas como HELIOS, ODIN y Laser Weapon System Demonstrator. Los objetivos actuales buscan superar los 100 kW para afrontar amenazas más complejas, entre ellas misiles de crucero. Mientras persisten desafíos en calidad del haz, carga térmica y fiabilidad ante vibraciones y agua salada, la prueba del Locust aporta datos sobre una futura integración en activos navales de alto valor.