La duración total del sueño explica solo una parte de su relación con la salud. Un análisis de 95.559 participantes del UK Biobank examinó también cuánto tiempo pasaban en distintas fases del sueño, cuántas veces despertaban y cuánto variaban sus patrones entre una noche y otra. Después, los investigadores siguieron sus historiales médicos durante cerca de nueve años y buscaron asociaciones con 1.049 enfermedades y afecciones.
Los participantes tenían una edad media de 56,2 años y alrededor del 56 % eran mujeres. Cada persona llevó durante siete días y siete noches consecutivos un reloj inteligente que registró el movimiento de la muñeca. Un algoritmo de aprendizaje automático estimó la duración total del sueño, el sueño REM, el sueño ligero, el sueño profundo, el tiempo de vigilia después de conciliar el sueño y el grado de irregularidad entre noches.
Ese método evita depender solo del recuerdo de los participantes, como ocurre con los cuestionarios. Sin embargo, un acelerómetro no registra ondas cerebrales, movimientos oculares, respiración ni actividad muscular, como una prueba de sueño de laboratorio. Por ello, el algoritmo puede estimar las fases a partir del movimiento, pero no establecer con certeza cuándo una persona se encontraba en sueño REM o profundo.
El análisis encontró que una mayor cantidad de sueño REM y sueño profundo se asociaba con menor riesgo de diversas enfermedades. En cambio, dormir muy poco, mantener horarios irregulares y permanecer despierto durante periodos prolongados después de conciliar el sueño se asociaba con mayor riesgo.
Cada incremento de 47,6 minutos de sueño REM se relacionó con menor riesgo de 83 enfermedades distribuidas en 12 categorías. Las asociaciones más fuertes aparecieron en enfermedades neurológicas, entre ellas Parkinson, esclerosis múltiple, demencia y Alzheimer, además de insuficiencia cardiaca. El cociente de riesgo fue de 0,20 para Parkinson y de 0,54 para demencia.
Estas cifras no demuestran que aumentar el sueño REM prevenga esas enfermedades. Una enfermedad todavía no diagnosticada también podría modificar el sueño, en especial en trastornos neurodegenerativos que pueden desarrollarse durante años antes del diagnóstico. Para reducir esa posibilidad, los investigadores repitieron el análisis sin contar los diagnósticos aparecidos durante los dos primeros años. Tras ese ajuste, cerca del 60 % de los hallazgos mantuvo significación estadística.
Una mayor cantidad de sueño profundo se asoció con menor riesgo de siete afecciones, entre ellas diabetes tipo 2 y depresión mayor. El sueño ligero mostró un patrón distinto: se relacionó con mayor riesgo de 28 enfermedades, pero también con menor riesgo de otras afecciones, incluida la insuficiencia cardiaca.
La irregularidad del sueño se vinculó con mayor riesgo de dolor abdominal, trastornos de ansiedad y depresión. Pasar más tiempo despierto después de conciliar el sueño se asoció con seis afecciones, entre ellas dependencia de sustancias psicoactivas y consumo perjudicial de alcohol. La dirección de esas relaciones tampoco está clara. La ansiedad y la depresión pueden alterar el sueño, y un sueño fragmentado puede empeorar el estado mental.
Al analizar la duración total, el menor riesgo para la mayoría de las afecciones apareció entre seis y ocho horas de sueño por noche. Ese intervalo se relacionó con un beneficio en 69 afecciones. Dormir menos de cinco horas se asoció con mayor riesgo de 37, entre ellas demencia, insuficiencia cardiaca y diabetes tipo 2.
El hallazgo no implica que seis horas sean una meta adecuada para todas las personas ni que ocho horas formen un límite que no deba superarse. Las necesidades de sueño cambian entre individuos y a lo largo de la vida. Dormir durante muchas horas también puede ser una señal de enfermedad, cansancio acumulado o efecto de medicamentos, y no necesariamente la causa de un problema.
Los resultados muestran que evaluar el sueño exige mirar más que el número de horas. La regularidad, la continuidad del descanso y la sensación de estar descansado por la mañana también importan. Quienes duermen de forma habitual menos de cinco horas, se despiertan muchas veces, roncan con intensidad, presentan pausas respiratorias o sufren fatiga intensa durante el día deberían consultar para una evaluación médica.
Los relojes y pulseras inteligentes pueden servir para detectar cambios persistentes, pero sus estimaciones no sustituyen cómo se siente la persona. Una puntuación baja en el dispositivo no exige alarma si la persona se siente bien, y unos datos aparentemente favorables no deben ignorar un cansancio intenso.










