El 66.º Escuadrón de Armas de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos ejecutó maniobras de evasión y despliegue de contramedidas infrarrojas con aviones de ataque A-10C Thunderbolt II sobre el Polígono de Ensayos y Entrenamiento de Nevada.
La operación, realizada a finales de mayo de 2026 y documentada por el Servicio de Distribución de Información Visual de Defensa, forma parte de la misión de Integración de la Escuela de Armas. El adiestramiento busca adaptar a los escuadrones de apoyo aéreo cercano para operar bajo amenaza directa de MANPADS, misiles guiados por calor, enjambres de drones y guerra electrónica.
El A-10C Thunderbolt II ensayó tácticas de supervivencia en Nevada con maniobras de evasión y contramedidas infrarrojas frente a amenazas antiaéreas modernas.
La viabilidad del A-10C en escenarios de alta letalidad exige maximizar tanto su blindaje como sus sistemas de autodefensa. Diseñado para vuelos de espera a baja altitud y velocidad reducida cerca de fuerzas hostiles, el avión conserva un perfil operativo centrado en la permanencia sobre el campo de batalla.
Su paquete defensivo integra dispensadores de señuelos antirradar, bengalas térmicas evasivas y equipos de contramedidas electrónicas. A nivel ofensivo, además del cañón rotatorio GAU-8/A Avenger de 30 mm, el vector mantiene capacidad de ataque de precisión con misiles aire-superficie AGM-65 Maverick, bombas guiadas por láser e inerciales/GPS y misiles AIM-9 Sidewinder para autodefensa inmediata.
El ejercicio WSINT somete a las tripulaciones a escenarios tácticos donde la superioridad aérea local no está garantizada y el espectro electromagnético se encuentra degradado. En ese entorno, el A-10C debe operar con mayor dependencia de la coordinación conjunta, la identificación rápida de amenazas y la gestión precisa de sus sistemas de supervivencia.
El A-10C se adapta a escenarios con MANPADS, drones y guerra electrónica

La doctrina operativa actual requiere que el A-10C opere dentro de una red de fuerza conjunta. Esa integración lo conecta con cazas de quinta generación, plataformas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento, nodos de mando distribuidos y Controladores de Ataque Terminal Conjunto.
La sincronización con esos activos resulta indispensable para evadir redes de detección pasiva y sistemas móviles de defensa antiaérea de corto alcance. La amenaza de MANPADS, drones y guerra electrónica obliga a reducir patrones previsibles de vuelo, mejorar la conciencia situacional y emplear contramedidas en el momento adecuado.
En este tipo de entrenamiento, el apoyo aéreo cercano deja de depender solo de la resistencia física del avión. La supervivencia también se apoya en rutas flexibles, intercambio de datos, control aéreo avanzado y coordinación con unidades terrestres que identifican amenazas móviles antes de que puedan comprometer la misión.
El A-10C conserva valor en misiones donde la persistencia, la carga útil y la capacidad de permanecer cerca de las tropas terrestres resultan decisivas. Sin embargo, los escenarios con defensas antiaéreas dispersas obligan a emplearlo con mayor cautela y dentro de un esquema de protección más amplio.
La experiencia operativa reciente refuerza el papel del Warthog

El sostenimiento de estas tácticas responde al desempeño reciente de la plataforma durante la Operación Furia Épica, gestionada por el Comando Central de los Estados Unidos. En ese despliegue, el Warthog operó con cargas mixtas de armamento como plataforma de vigilancia armada persistente y seguridad de rutas.
La combinación de autonomía extendida y compatibilidad con reabastecimiento en vuelo permitió a los comandantes mantener presión sostenida sobre el terreno. Esa persistencia también facilitó ataques dinámicos durante ventanas de oportunidad táctica breves, especialmente en áreas donde la vigilancia armada debía transformarse con rapidez en acción directa.
El entrenamiento en Nevada confirma que la USAF continúa refinando el empleo del A-10C frente a amenazas más complejas. La aeronave no solo debe sobrevivir al fuego terrestre, sino también operar en un espacio de batalla saturado por sensores, interferencias, drones y sistemas antiaéreos portátiles.
La adaptación del A-10C Thunderbolt II a estos escenarios muestra una transición táctica clara: el apoyo aéreo cercano sigue siendo relevante, pero requiere mayor integración conjunta, mejor protección electrónica y un uso más selectivo de la plataforma en entornos donde la letalidad antiaérea crece de forma constante.