La reiterada propuesta del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de que Siria asuma la tarea de “encargarse” de Hezbolá, con el argumento de que Damasco lo haría de forma más quirúrgica y eficaz que Israel, provocó un rechazo tajante en el Líbano, especialmente entre la comunidad cristiana. La pregunta que surge es si el presidente Trump consultó la opinión de los cristianos sobre esta propuesta.
El líder del partido Fuerzas Libanesas, Samir Geagea, declaró de forma explícita: “Nadie está de acuerdo con lo que propuso Trump sobre la entrada de fuerzas sirias en el Líbano para resolver el problema de Hezbolá”. Geagea subrayó que la idea no es viable y que no cuenta con apoyo libanés, árabe ni internacional.
También el partido cristiano Kataeb publicó un comunicado oficial en el que rechazó cualquier intervención siria en el Líbano, al tiempo que saludó la posición del presidente sirio Ahmad al-Sharaa, quien descartó toda intención de intervenir militarmente.
El rechazo no es solo táctico ni declarativo. Nace de una memoria colectiva especialmente dolorosa para los cristianos libaneses: el recuerdo de una ocupación siria que duró casi 29 años y dejó heridas profundas en la sociedad libanesa, en particular entre los cristianos.
En mayo de 1976, durante la guerra civil libanesa, a petición del entonces presidente del Líbano, fuerzas sirias entraron en el país en el marco de la llamada Fuerza Árabe de Disuasión, supuestamente para separar a los combatientes, detener el derramamiento de sangre y ocuparse de los palestinos que habían llegado al Líbano desde Jordania después de Septiembre Negro. Al principio, los sirios incluso cooperaron con milicias cristianas contra las organizaciones terroristas palestinas, pero pronto quedó claro que se trataba de una ocupación en toda regla.
Los sirios, bajo Hafez al-Assad y después bajo Bashar al-Assad, convirtieron el Líbano en una “provincia” de Damasco. Controlaron todos los ámbitos de la vida.
La represión política y la violencia sistemática fueron ejercidas por la inteligencia siria, la Mukhabarat, que gobernó con mano dura. Decenas de miles de libaneses desaparecieron en cárceles sirias. Las estimaciones hablan de más de 30.000 desaparecidos forzados. Entre 30.000 y 65.000 libaneses murieron directamente a manos de las fuerzas sirias.
También hubo asesinatos contra líderes cristianos. Bashir Gemayel, elegido presidente en 1982 con amplio apoyo cristiano e israelí, fue asesinado pocos días después por elementos prosirios. Muchos otros líderes cristianos fueron eliminados o apartados.
A ello se sumó el control económico y demográfico. Trabajadores sirios inundaron el mercado, las mercancías se contrabandeaban y la economía libanesa fue saqueada. Los puestos de control sirios estaban por todas partes.
Después de entrar en el Líbano en 1976, los sirios se negaron a salir. Creían que el Líbano era parte inseparable de la Gran Siria, de la que los franceses lo habían separado mediante los acuerdos Sykes-Picot. Sin embargo, en 2005, tras el asesinato del primer ministro Rafik Hariri, cuya responsabilidad fue atribuida al régimen sirio y a Hezbolá, estalló la Revolución de los Cedros. Las manifestaciones masivas en Beirut, encabezadas por cristianos, drusos y suníes, junto con la presión de la comunidad internacional, obligaron a Siria a retirarse definitivamente en abril de 2005.
Los cristianos libaneses, especialmente los partidarios de las Fuerzas Libanesas y de Kataeb, no simpatizan con Hezbolá. Lo ven como una organización iraní que daña la soberanía del Líbano y pone en peligro al país. Pero, por la amarga experiencia de casi tres décadas, saben exactamente qué significa la “ayuda siria”.
El nuevo régimen de Damasco, bajo Ahmad al-Sharaa, antiguo líder de ISIS, una organización yihadista salafista, despierta un doble temor: por el cruel pasado sirio y por el trasfondo islamista radical de los nuevos gobernantes. Expertos libaneses advierten que la entrada de fuerzas sirias, algunas de ellas salafistas, podría provocar pánico e incluso masacres entre cristianos, drusos y chiíes, además de fortalecer a Hezbolá en lugar de debilitarlo.
Los cristianos libaneses lo dicen con claridad: el Líbano no volverá a ser un campo de batalla ni una provincia siria. Exigen una solución interna libanesa o una verdadera ayuda internacional, no la “ayuda” del antiguo ocupante.
La propuesta de Trump, aunque esté pensada para “ayudar”, se percibe en el Líbano, y entre los cristianos en particular, como una amenaza existencial. El recuerdo de la guerra civil, de Bashir Gemayel, de los miles de desaparecidos y del dominio sirio sigue vivo. Los cristianos libaneses, que pagaron un precio alto por su independencia, no están dispuestos a pagarlo otra vez. Como dijo Samir Geagea: nadie está de acuerdo. Y la historia explica por qué.