El ataque que mató a 16 personas en Jerusalén permanece en la memoria israelí y mantiene abierta la búsqueda de justicia.
La masacre de Sbarro dejó una herida profunda en pleno Jerusalén
Hace veinticinco años, las dimensiones del atentado contra la pizzería Sbarro parecían difíciles de concebir. Dieciséis personas murieron y ciento treinta resultaron heridas. Entre las víctimas mortales había ocho niños, cinco integrantes de una misma familia y una mujer embarazada de su primer hijo que había llegado de visita desde Nueva Jersey. Aun así, esas cifras no alcanzaban a transmitir por completo el horror de lo ocurrido aquella tarde de jueves en uno de los lugares más reconocibles del centro de Jerusalén.
Sbarro ocupaba un lugar habitual en la vida de la ciudad. Su gran escaparate curvo dominaba una de las intersecciones más transitadas de la capital. Para muchos israelíes era un punto frecuente de encuentro y, para numerosos turistas, especialmente religiosos, ofrecía la particularidad de ser una cadena estadounidense de comida rápida adaptada a las normas kosher del Estado judío. El restaurante, lleno de clientes aquella tarde, quedó convertido en un escenario de destrucción después de la explosión.
Quienes vivieron aquella época todavía recuerdan las imágenes del establecimiento arrasado, los escombros y los paramédicos y equipos de rescate que corrían entre los heridos. El terrorista suicida había cargado el explosivo con tuercas, tornillos y clavos para multiplicar el daño entre los adultos y niños presentes. Un cuarto de siglo después, el atentado ya no ocupa necesariamente un lugar central en la memoria cotidiana, aunque para las familias de las víctimas aquel día nunca ha terminado.
Sbarro no fue el ataque suicida más letal de la Segunda Intifada ni tampoco el más mortífero de 2001. Treinta y tres días después, el mundo concentraría su atención en los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, con un número de muertos exponencialmente mayor. Más de veinte años después, Hamás, el mismo grupo responsable del atentado de Sbarro, mataría a mil doscientas personas en el sur de Israel. Para los familiares de las dieciséis víctimas, sin embargo, el paso del tiempo no ha borrado la ausencia.
Datos que marcaron el atentado contra la pizzería Sbarro
- Dieciséis personas murieron y ciento treinta resultaron heridas.
- Entre las víctimas mortales había ocho niños.
- Cinco de los muertos pertenecían a una misma familia.
- El explosivo contenía tuercas, tornillos y clavos para aumentar el daño.
- El atacante suicida murió junto con las dieciséis víctimas.
Arnold Roth mantiene abierta la lucha para que Tamimi sea juzgada
Arnold Roth, padre de Malki Roth, una de las víctimas, continúa especialmente ligado a la tragedia porque considera que, veinticinco años después, el caso aún no ha terminado. “El único motivo por el que me involucro en esto es que mi hija fue asesinada y la asesina ha permanecido en libertad todos estos años”, declaró. Para Roth resulta inconcebible continuar luchando por obtener justicia para una niña asesinada a plena luz del día después de tantos años.
El terrorista que activó la bomba murió en el atentado, pero Ahlam Tamimi, otra de las personas implicadas, abandonó el lugar y lleva más de una década viviendo libre en Jordania. Tamimi participó en la planificación del ataque y acompañó al terrorista suicida hasta Sbarro. Fue detenida poco después, aunque recuperó la libertad en 2011 como parte del intercambio por el soldado israelí Gilad Shalit, en el que más de mil terroristas palestinos salieron de prisión.
Durante los últimos quince años, Roth y su esposa han intentado que Tamimi sea extraditada a Estados Unidos, donde podría ser juzgada por el asesinato de ciudadanos estadounidenses, entre ellos Malki. Tamimi figura además entre los más buscados del FBI y existe una acusación penal en su contra. Pese a ello, no ha sido trasladada a territorio estadounidense y continúa residiendo en Jordania sin restricciones y, según Roth, sin mostrar arrepentimiento por su participación en el atentado.
Roth describe estos veinticinco años como una etapa marcada por “una devastadora sensación de amargura ante el fracaso”. No habla de un fracaso propio, sino del de quienes, a su juicio, debían ayudarlo y prometieron hacerlo para conseguir algo que considera elemental: que la mujer responsable del asesinato de su hija comparezca ante la justicia. Su prolongado esfuerzo plantea también quién debe ocuparse de reparar las injusticias del pasado mientras nuevas tragedias siguen acumulándose en Israel.
La relación con Jordania frena una extradición reclamada durante años
El padre de Malki responsabiliza a presidentes estadounidenses de ambos partidos por no haber ejercido suficiente presión para obtener la entrega de una criminal conocida desde un país aliado que recibe una gran cantidad de ayuda exterior de Estados Unidos. También reprocha a organizaciones judías, aunque evitó identificarlas, no haber convertido el caso en una prioridad ni haber presionado a sus respectivos gobiernos para perseguir a quien describe como una antisemita orgullosa y letal.
“No comprendo por qué no se ha producido una unión de indignación en torno a este caso”, afirmó Roth. También reconoce que una extradición no devolvería a su hija ni mejoraría su vida, pero asegura que le resulta insoportable pensar que Tamimi continúe libre. Para él, la imagen de la mujer que participó en el asesinato de Malki viviendo sin afrontar un juicio permanece vinculada de manera permanente a su búsqueda de justicia.
Roth entiende los argumentos que han impedido hasta ahora la extradición y las razones por las que personas y organizaciones dedicadas a combatir el antisemitismo y el terrorismo han evitado implicarse. Jordania es un aliado de Estados Unidos, mantiene relaciones diplomáticas con Israel y comparte una extensa frontera con el Estado judío y Judea y Samaria. Aunque suscribió un tratado de extradición con Estados Unidos, funcionarios consideran que detener a Tamimi podría deteriorar las relaciones con la monarquía jordana.
Roth resume esa lógica con una frase: “No hagan enfadar al rey”. Sin embargo, cuestiona que entregar a Tamimi a agentes del FBI vaya necesariamente a provocar disturbios. A su juicio, si esa posibilidad fuera suficiente para impedir la aplicación del tratado, también pondría en duda la caracterización de Jordania como un Estado moderado. Para Roth, la estabilidad de la relación bilateral no debería impedir que Tamimi responda ante la justicia por su participación en el atentado.
Las nuevas tragedias relegaron una campaña iniciada años después
El paso del tiempo también ayuda a explicar la dificultad para mantener el caso en el centro de la agenda. Ksenia Svetlova, directora ejecutiva de la Organización Regional para la Paz, la Economía y la Seguridad, sostiene que Tamimi debería responder ante la justicia. Sin embargo, recuerda que, desde la perspectiva israelí, forma parte de una larga lista de terroristas liberados en intercambios de prisioneros, una relación que aumentó todavía más después del ataque del 7 de octubre de 2023.
Svetlova considera que la autora del atentado, como los responsables de cualquier otro ataque terrorista, debería ser extraditada. Al mismo tiempo, subraya la enorme cantidad de sucesos ocurridos antes y después de Sbarro y el gran número de autores que recuperaron la libertad. Esa acumulación de episodios ha complicado que una sola causa permanezca durante décadas en el centro de la atención pública, incluso cuando los familiares de las víctimas continúan reclamando que sus responsables sean juzgados.
El ataque del 7 de octubre generó una movilización pública de una magnitud muy superior a cualquier campaña surgida durante la Segunda Intifada. Cientos de miles de personas, tanto en Israel como en otros países, participaron en protestas y presionaron a sus gobiernos para lograr el regreso de los rehenes, tanto vivos como muertos. Esa demanda y la de Roth nacen de la búsqueda de justicia después de pérdidas provocadas por ataques terroristas de Hamás, aunque alcanzaron niveles muy distintos de movilización.
La causa de los rehenes se transformó en un movimiento internacional capaz de involucrar a algunas de las personas más poderosas del mundo, mientras la campaña de Roth ha permanecido en ocasiones prácticamente aislada. Él no considera extraño ese contraste. La movilización por los rehenes respondía a una emergencia actual y reclamaba medidas para salvar vidas. Cuando Roth comenzó a exigir la extradición de Tamimi, ya habían transcurrido diez años desde el asesinato de su hija Malki.
El 7 de octubre volvió a llevar la violencia hasta la familia Roth
La familia Roth sufrió además otra pérdida después del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Naftali Yonah Gordon, esposo de Pesi, una de las hijas de Arnold y Frimet Roth, se incorporó al servicio de reserva después de la masacre y murió en Gaza el 7 de diciembre. Tenía treinta y dos años. Roth describió esa muerte a manos del mismo enemigo como una repetición de la necesidad de mantener a sus seres queridos a salvo frente al dolor.
Después de la muerte de Gordon, Frimet Roth redujo su participación en la campaña por la extradición de Tamimi, en la que hasta entonces había desempeñado un papel más activo. Pesi, ya viuda, y sus hijos se trasladaron a una casa situada a dos puertas de la vivienda de sus padres. Para Arnold Roth, esa nueva situación reactivó recuerdos de los días posteriores al asesinato de Malki y de las dificultades que entonces atravesaron sus otros hijos.
Roth recuerda que sus hijos pasaron por un momento muy difícil tras el atentado. Él disponía, como adulto, de herramientas que los niños no tenían para enfrentarse a la pérdida. Décadas después, siente que la familia se encuentra de nuevo ante una situación semejante. Explica que buena parte de las responsabilidades derivadas de esas circunstancias pesan sobre él, aunque recalca que forma parte de una familia en la que todos contribuyen a afrontar las consecuencias de las pérdidas sufridas.
Sbarro quedó unido a la memoria de toda la Segunda Intifada
El atentado también ha cambiado de lugar dentro de la memoria colectiva israelí. Académicos señalan que, para buena parte de la sociedad, ya no se recuerda como un episodio completamente aislado, sino como parte de la Segunda Intifada, periodo durante el cual terroristas mataron a mil israelíes en una sucesión aparentemente interminable de ataques contra cafeterías, autobuses y centros comerciales. Sbarro quedó unido a nombres como Dolphinarium, Park Hotel, la Universidad Hebrea y el autobús número treinta y dos.
Svetlova recuerda perfectamente dónde se encontraba cuando se produjo la explosión. Trabajaba cerca del lugar, en el Ministerio de Educación. Sin embargo, en su memoria, Sbarro aparece como uno más entre numerosos atentados con bomba. “No puedo afirmar que destacara sobre los demás”, reconoció. Según su recuerdo, todo lo que ocurría entonces provocaba miedo después de un breve periodo de grandes esperanzas para el futuro. Viajar en autobús daba miedo y la violencia parecía extenderse a toda la vida cotidiana.
Como jerosolimitana, Svetlova recuerda también que intentaba rodear el lugar del atentado pese a su ubicación tan céntrica. Consideraba Sbarro un crimen horrendo, pero no separado de los otros ataques de la época. Esa percepción muestra cómo una matanza que por sí sola causó dieciséis muertos terminó integrada en la memoria de un periodo caracterizado por una sucesión de atentados que dificultaba distinguir una tragedia de las que se producían antes o después.
Aun así, existe la percepción de que alrededor del atentado de Sbarro se produjo un cambio más profundo. Los ataques suicidas esporádicos soportados por los israelíes durante años empezaban a adquirir un carácter mucho más frecuente e inevitable. Al mismo tiempo, se desvanecía la sensación de que una paz en Oriente Medio pudiera estar próxima y aumentaba la expectativa de que el país tendría que prepararse para una etapa mucho más oscura.
Los atentados alteraron la percepción israelí sobre los palestinos
Alon Yakter, profesor titular de Ciencias Políticas en la Universidad de Tel Aviv, sitúa el atentado dentro de aquella escalada. Según explica, en 2001 tanto el nivel de víctimas mortales como la serie de ataques terroristas carecían de precedentes, y Sbarro formó parte de ese agravamiento. Los atentados dirigidos contra restaurantes y otros espacios civiles, en los que también murieron niños, dejaron además una huella duradera en la manera en que muchos israelíes percibían a los palestinos.
Yakter cita encuestas de su universidad que muestran un fuerte aumento, después de la Segunda Intifada, del porcentaje de israelíes convencidos de que los palestinos pretenden apoderarse de Israel y destruir a su población judía. A su juicio, lo que no desapareció fue una sensación colectiva de amenaza y la percepción de que existe un grupo cuyo propósito final no se limita al control del Estado, sino que pretende destruir Israel y matar a su población.
Para Yakter, Sbarro marcó el inicio de un periodo en el que actos como acudir a una cafetería situada en el centro de la ciudad para matar a familias y niños, y celebrar posteriormente esos ataques, tuvieron un efecto muy poderoso sobre la conciencia colectiva. Las encuestas indican que el escepticismo israelí acerca de las posibilidades de alcanzar la paz aumentó todavía más después del ataque del 7 de octubre, décadas después de aquella etapa de la Segunda Intifada.
La memoria de Malki mantiene para Roth una tarea todavía pendiente
Para Arnold Roth, Sbarro nunca ha dejado de estar presente, aunque es plenamente consciente del tiempo transcurrido. Su familia celebró recientemente un acto en recuerdo de Malki. Los amigos de infancia de su hija que asistieron ya tienen más de cuarenta años y han formado sus propias familias. Roth continúa hablando de Malki con especial afecto y recuerda tanto su generosidad como su dedicación al trabajo con niños con discapacidad, incluida una de sus hermanas.
Los Roth prolongaron ese compromiso mediante la Fundación Malki, que ayuda a que niños con discapacidad puedan continuar viviendo en sus hogares junto a sus familias. Sin embargo, para Arnold Roth todavía queda una tarea pendiente. Considera que el trabajo por su hija no terminará hasta que Ahlam Tamimi sea trasladada a Estados Unidos para ser juzgada por sus crímenes, después de años de esfuerzos dirigidos a obtener su extradición desde Jordania.
Pese al tiempo transcurrido, Roth no considera que su esfuerzo haya sido inútil ni cree encontrarse atrapado en el mismo punto. También sostiene que su persecución de Tamimi no responde a una búsqueda de satisfacción personal. Continúa intentando conseguir la extradición porque, según explicó, nadie más lo hace y porque siente que esa campaña es lo único que todavía puede hacer por su hija Malki, a quien recuerda como una persona a la que adoraba.






