WASHINGTON — Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, inició la guerra con Irán a finales de febrero, calculó que duraría entre cuatro y cinco semanas. Seis meses después, la guerra continúa sin una salida definida, pese a sus reiteradas afirmaciones de que está ganada o de que un acuerdo para ponerle fin está cerca.
Un memorando de entendimiento alcanzado en junio, concebido como base para terminar las hostilidades, quedó estancado. Al mismo tiempo, las reservas estadounidenses de algunas armas clave se redujeron y la administración Trump pasó de una campaña centrada en nuevos ataques a una mayor presión económica sobre Teherán.
También cambiaron los objetivos. La reapertura del estrecho de Ormuz, que no figuraba entre las prioridades iniciales de Trump, se ha convertido en uno de los principales asuntos de la guerra. Antes de la guerra, por esa ruta marítima circulaba alrededor del 20% del petróleo mundial.
Irán aprovechó el estrecho como un punto de presión sobre la economía internacional y la vía permanece en gran medida cerrada desde el comienzo de la guerra. La interrupción elevó los precios de los combustibles y de los fertilizantes utilizados en la agricultura y generó presión económica y política en Estados Unidos.
Washington ha informado de avances en su objetivo de degradar las capacidades militares iraníes, pero varias de las metas planteadas al comienzo de la campaña siguen sin cumplirse o han sido reformuladas.
El uranio enriquecido sigue entre las principales incógnitas
En junio del año pasado, Trump declaró que Estados Unidos había “aniquilado” el programa nuclear iraní. Al comenzar la guerra, sin embargo, sus colaboradores justificaron los ataques con la advertencia de que Irán estaba a pocas semanas de desarrollar una bomba.
Una de las principales incógnitas es el destino de unas £970 —440 kilogramos— de uranio enriquecido que Teherán podría utilizar para fabricar un arma. Se cree que el material permanece enterrado bajo tres instalaciones bombardeadas por Estados Unidos e Israel el año pasado.
Trump afirmó el 29 de mayo que el uranio sería recuperado por Estados Unidos “en estrecha coordinación y cooperación con la República Islámica de Irán, además del Organismo Internacional de Energía Atómica, y DESTRUIDO”.
Irán no ha dicho si aceptaría ese procedimiento. Expertos han advertido que intentar apoderarse del material sin autorización iraní sería una operación peligrosa que exigiría un despliegue considerable de tropas estadounidenses dentro del país.
Funcionarios estadounidenses señalaron que Teherán reiteró en el memorando de junio que no adquiriría ni desarrollaría armas nucleares. El entendimiento también contemplaba que Irán diluyera sus reservas de uranio altamente enriquecido. Otros aspectos del programa quedaron pendientes de futuras negociaciones, que se interrumpieron poco después.
Trump ha dicho que un eventual acuerdo con Irán incluiría la reapertura de Ormuz y el levantamiento del bloqueo estadounidense sobre los puertos iraníes. En otras ocasiones ha sugerido que la vía internacional podría quedar de algún modo bajo control estadounidense e incluso ha planteado imponer un peaje a los buques que la atraviesen.
El presidente también ha insistido en que el estrecho está abierto. “Es un estrecho que funciona. Sí, de vez en cuando se dispara un dron o un cohete o algo así, pero es un estrecho que funciona muy bien”, dijo el miércoles en una entrevista con el comentarista conservador Glenn Beck.
Trump redujo su estimación sobre los misiles destruidos
Otro de los objetivos iniciales de la administración era “destruir sus misiles y arrasar su industria de misiles”. A finales de marzo, Trump afirmó que los misiles iraníes estaban “en su mayor parte diezmados” y que el 90% de los misiles y lanzadores había quedado fuera de servicio. A mediados de mayo redujo esa estimación y dijo que Irán había perdido el 82% de sus misiles.
Teherán ha seguido demostrando capacidad para lanzar ataques en la región, incluidos ataques con drones contra buques que navegan por Ormuz. Todavía en julio, el Comando Central de Estados Unidos informó de ataques contra “centros de mando militar iraníes, sitios de defensa antiaérea y vigilancia costera, capacidades marítimas, emplazamientos de lanzamiento de misiles y drones y redes de comunicaciones”.
La destrucción de la industria militar iraní apareció en algunos momentos como un objetivo independiente de la campaña. El Comando Central ha incluido entre sus blancos instalaciones de producción de armas y fábricas de misiles y drones.
El secretario de Estado, Marco Rubio, dijo ante legisladores a comienzos de junio que Irán había sufrido una “destrucción masiva” de su base industrial de defensa y una pérdida de entre el 80% y el 90%. “Les llevará años reconstruirla”, afirmó.
Estados Unidos e Israel establecieron rápidamente superioridad aérea sobre Irán y operaron en gran medida sin oposición. Rubio señaló que Teherán aún conserva drones, aunque ya no tendría capacidad para emplearlos en grandes enjambres como al comienzo de la guerra.
También sostuvo que Irán ya no tiene una marina y depende de pequeñas embarcaciones equipadas con ametralladoras que hostigan a los buques y, en ocasiones, colocan minas. Trump afirmó el miércoles que la marina y la fuerza aérea iraníes están “totalmente acabadas”.
La guerra también alcanzó a los aliados de Estados Unidos en la región
En marzo, Trump añadió otro objetivo: “Proteger, al más alto nivel, a nuestros aliados de Oriente Medio, incluidos Israel, Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Kuwait y otros”.
Estados Unidos mantiene miles de soldados en bases e instalaciones de la región. En junio, después de que Washington informara que Irán había lanzado misiles contra Kuwait y Baréin, las fuerzas estadounidenses respondieron con ataques contra territorio iraní.
La relación con Omán ha sido distinta. Mascate participó en negociaciones con Irán sobre el estrecho de Ormuz, y Trump criticó su intervención. A mediados de agosto amenazó en una entrevista con bombardear Omán si el país “se interpone en el camino”.
Al comienzo de la guerra, Trump y su administración también incluyeron entre sus objetivos la degradación de las redes armadas respaldadas por Irán. El presidente definió esa meta como impedir que “los grupos terroristas de la región puedan seguir desestabilizando la región o el mundo y atacando a nuestras fuerzas”, además de evitar que el gobierno iraní continúe “armando, financiando y dirigiendo ejércitos terroristas fuera de sus fronteras”.
Con el paso de los meses, los funcionarios estadounidenses han ofrecido menos información sobre ese objetivo. En las primeras etapas de la guerra, Estados Unidos atacó a milicias alineadas con Irán en Irak, mientras que el principal foco pasó a ser la guerra de Israel en el Líbano contra Hezbolá, respaldado por Teherán.
Irán ha exigido que el fin de los combates en el Líbano forme parte de cualquier acuerdo con Estados Unidos.
Israel y el gobierno libanés anunciaron un entendimiento mediado por Washington para que las fuerzas israelíes abandonen el sur del Líbano a cambio del desarme de Hezbolá. Un funcionario de la administración, que habló bajo condición de anonimato porque no estaba autorizado a referirse públicamente al asunto, lo describió como un “gran paso”. Hezbolá, sin embargo, ha rechazado negociar directamente y su líder ha dicho que el grupo no entregará las armas.










