Durante meses, la República Islámica continuó hablando en nombre de Mojtaba Jamenei mientras el propio líder supremo permanecía fuera de la vista pública.
Esta semana, el Estado iraní difundió nuevas imágenes suyas. El video duraba menos de quince segundos. No mostraba fecha, no identificaba el lugar de la grabación y tampoco estaba acompañado por una intervención pública del líder. Funcionarios iraníes anunciaron que posteriormente se publicarían más imágenes.
La breve aparición no cerró las preguntas acumuladas desde marzo.
Desde que fue nombrado líder supremo, Jamenei no ha pronunciado discursos públicos en directo. Las autoridades han difundido comunicados atribuidos a él y terceros han leído discursos en su nombre. La versión oficial sostiene que continúa activo y ejerciendo sus funciones.
Sin embargo, incluso desde el gobierno han llegado señales contradictorias sobre el grado de contacto que mantiene con quienes administran el país.
El presidente Masoud Pezeshkian afirmó inicialmente que sus contactos con Jamenei estaban aumentando. Más adelante describió la comunicación con el líder supremo como “muy difícil”.
La contradicción adquirió importancia porque el cargo de líder supremo no es ceremonial. En la estructura política de, concentra el mando de las Fuerzas Armadas y mantiene la autoridad final sobre las principales instituciones del Estado.
Cada semana sin una aparición pública verificable amplió por eso una cuestión que iba más allá de su estado de salud: quién estaba tomando las decisiones que continuaban emitiéndose bajo su autoridad.
Durante ese periodo, la presencia de Jamenei quedó reducida principalmente a retratos oficiales, mensajes de su oficina y ceremonias organizadas por el Estado. Las instituciones siguieron funcionando y las órdenes continuaron circulando en su nombre, pero sin que el público pudiera observar directamente al hombre que formalmente ocupaba la posición más poderosa del sistema.
En ese vacío comenzaron a adquirir mayor peso las preguntas sobre otros centros de poder de la República Islámica.
La Guardia Revolucionaria conserva capacidad militar, económica y política. Los servicios de inteligencia mantienen sus propias estructuras de influencia. Los altos clérigos y distintas facciones del aparato estatal compiten además por posiciones dentro de un sistema construido precisamente para concentrar la autoridad última en el líder supremo.
La ausencia prolongada de Jamenei convirtió esas relaciones internas en objeto de especulación. La pregunta dejó de ser únicamente dónde estaba. También pasó a ser cuánto poder ejercía personalmente y cuánto había comenzado a desplazarse hacia quienes podían actuar en su nombre.
Fuera del régimen, la incertidumbre coincidió con otro fenómeno.
Durante las protestas de enero, algunos manifestantes comenzaron a corear el nombre de Reza Pahlaví, príncipe heredero exiliado e hijo del último sha de Irán. Su nombre apareció también escrito en paredes, mientras otras personas fueron arrestadas por expresar respaldo a su figura.
Pahlaví lleva años presentando una propuesta basada en el fin de la República Islámica y en una transición hacia otro sistema político. Sus partidarios interpretaron aquellas expresiones como evidencia de que todavía conserva apoyo dentro del país.
Las protestas terminaron además bajo una represión cuyo alcance sigue siendo difícil de establecer.
El apagón de internet y las restricciones impuestas al acceso a la información impidieron verificar de manera independiente el número de muertos durante los días 8 y 9 de enero. Las propias autoridades iraníes reconocieron miles de muertos. Otros informes, apoyados en declaraciones atribuidas a funcionarios sanitarios y en supuestos documentos gubernamentales, elevaron la cifra por encima de 30.000.
Mientras esas cifras continuaban siendo discutidas, la estructura del Estado siguió operando.
Las órdenes salían. Los comunicados aparecían. Las instituciones respondían. El nombre de Jamenei permanecía sobre todos ellos.
Pero el propio Jamenei seguía ausente de discursos en directo y de actos públicos prolongados.
Por eso, cuando finalmente aparecieron las nuevas imágenes, los pocos segundos de video no resolvieron la cuestión que se había formado durante meses. Confirmaron solamente que el Estado estaba dispuesto a mostrarlo otra vez.
No aclararon cuándo se grabó el video, dónde se encontraba, cuál era su estado ni hasta qué punto dirigía personalmente las decisiones tomadas bajo su autoridad.
En un sistema diseñado alrededor de la figura del líder supremo, esa ausencia convierte cada nueva imagen en algo más que una prueba de presencia. También obliga a preguntar quién está ejerciendo el poder mientras él permanece fuera de la vista pública.








