Un comité aprobó un proyecto para construir un edificio de oficinas de 75 pisos. La obra se ubica en un cruce importante de Tel Aviv, justo donde antes funcionaba una antigua fábrica de armamento militar.
El diseño actual cuadruplica las dimensiones de una propuesta autorizada en 2003. La estructura contará con casi 91 000 metros cuadrados destinados a oficinas, además de espacios para uso público y áreas comerciales.
Las inspecciones del lote de 4000 metros cuadrados evidencian múltiples focos de contaminación severa. Los residuos tóxicos suponen un peligro directo para las fuentes de agua subterránea y la salud de las personas. Este nivel de toxicidad es habitual en los terrenos ocupados previamente por instalaciones de la industria militar.
A pesar de los avances burocráticos del plano arquitectónico, el saneamiento de la tierra no se ha resuelto. Con 340 metros previstos, esta construcción será una de las más altas del país y competirá en tamaño con otras megatorres proyectadas en la zona, cuyas elevaciones superan los 300 metros.
Cada planta abarcará aproximadamente 1800 metros cuadrados. Miles de empleados ocuparán el recinto cada jornada. Sin embargo, el aparcamiento solo dispondrá de plazas para 230 automóviles y 334 motocicletas, frente a más de 900 espacios para bicicletas. El traslado del personal dependerá en gran medida de las múltiples redes de transporte masivo que atraviesan el sector.
Los términos del desarrollo urbanístico exigen una limpieza total antes de cualquier intervención. Las autoridades competentes vigilan las condiciones de este terreno desde finales de los años noventa. Ahora, todo depende de los resultados de unos nuevos muestreos de suelo. Tras más de diez años de requerimientos de descontaminación sin respuesta, las labores de saneamiento jamás se ejecutaron. Con este panorama tóxico, el inicio de la construcción física resulta inviable en la actualidad.










