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China entra en América Latina por las puertas que Washington no vigila

En lugar de grandes obras de infraestructura, Pekín ahora afianza su influencia en la región a través de contratos de seguridad, sistemas de vigilancia y servicios urbanos con municipios y provincias, generando una dependencia tecnológica difícil de revertir.

3 de agosto de 2026
en Opinión

Pekín sustituye los megaproyectos por contratos subnacionales que crean dependencia tecnológica, económica y política en servicios esenciales de toda la región latinoamericana.

Pekín desplaza su influencia hacia acuerdos locales menos visibles

Washington sigue observando los grandes símbolos de la presencia china en América Latina, como el puerto peruano de Chancay, controlado y operado por un gigante naviero chino, o la presa Coca Codo Sinclair, construida por China en Ecuador. Durante años, distintos gobiernos estadounidenses presentaron estas obras como amenazas estratégicas y respondieron con condenas diplomáticas contra funcionarios regionales, revocaciones de visas e incluso amenazas de emplear la fuerza contra algunos gobiernos latinoamericanos.

La preocupación responde a una lógica clara: las grandes infraestructuras pueden otorgar a Pekín influencia política sobre los países receptores. La Estrategia de Seguridad Nacional del primer gobierno de Donald Trump advirtió en 2017 que China pretendía atraer a la región hacia su órbita mediante inversiones y préstamos estatales. Sin embargo, Estados Unidos continúa concentrado en una modalidad de expansión que Pekín ha dejado en segundo plano.

La influencia china en el hemisferio occidental ya no depende principalmente de puertos, presas o ferrocarriles multimillonarios. Ahora avanza mediante contratos menos visibles, dispersos entre municipios, provincias, empresas públicas y organismos de bajo perfil. Las compañías chinas participan en proyectos de litio en provincias argentinas, operan todas las distribuidoras eléctricas que abastecen a Lima y suministran vehículos, cámaras y otros equipos a cuerpos policiales de toda la región.

Estas empresas también intervienen en redes de vigilancia y sistemas de respuesta a emergencias. Ninguna operación parece decisiva por sí sola, pero su acumulación genera efectos estratégicos. Numerosas ciudades y provincias dependen ya de proveedores chinos para mantener su infraestructura policial, sus sistemas de emergencia o, en el caso de la capital peruana, su red eléctrica. Muchos dirigentes no buscaron esa dependencia de forma consciente ni anticiparon sus riesgos o consecuencias.

Ámbitos donde crece la presencia china subnacional

  • Proyectos de litio en varias provincias argentinas.
  • Distribución eléctrica para toda la ciudad de Lima.
  • Vehículos, cámaras y equipos para cuerpos policiales regionales.
  • Redes de vigilancia y sistemas de respuesta a emergencias.
  • Capacitación policial y acuerdos de cooperación judicial.

Los grandes préstamos ceden paso a compras, ventas y contratos

China desarrolla el mismo modelo en otras regiones del mundo en vías de desarrollo. Frente a los megaproyectos de la etapa anterior, estas iniciativas cuestan menos, atraen menos escrutinio y resultan más difíciles de rastrear. Pekín avanza así mediante una diplomacia estatal apoyada en la inserción silenciosa dentro de estructuras subnacionales, cuyos acuerdos cotidianos rara vez reciben la misma atención política que una gran obra de infraestructura.

Durante buena parte de la década de 2010, el planteamiento chino fue mucho más visible. Pekín destinó miles de millones de dólares a puertos, grandes presas y otros proyectos latinoamericanos. Entre sus propuestas figuró un ferrocarril transcontinental que debía conectar la costa pacífica de Perú con la costa atlántica de Brasil. La obra nunca se realizó, aunque todavía se discuten distintas versiones del proyecto.

Estas inversiones formaban parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, con la que China financió megaproyectos en el sur global. Pekín buscaba asegurar el acceso a materias primas, abrir mercados para sus empresas y convertir después esa presencia económica en apoyo diplomático. También pretendía persuadir a los países que mantenían relaciones con Taiwán para que reconocieran a la China continental.

A comienzos de la década de 2020, sobre todo en el hemisferio occidental, Pekín empezó a abandonar esa fórmula. Los grandes proyectos exigían demasiado dinero mientras aumentaba la presión sobre la economía china y crecía la resistencia geopolítica. La nueva orientación favorece iniciativas que China denomina “pequeñas, pero hermosas”, expresión que su libro blanco de 2025 reserva oficialmente para proyectos reducidos de lucha contra la pobreza.

El concepto también permite describir una línea más amplia, formada por inversiones ascendentes que generan interdependencia e influencia al combinarse. Los préstamos tradicionales de la Iniciativa de la Franja y la Ruta para América Latina cayeron desde casi $25 000 millones en 2010 hasta un promedio anual de $1 300 millones. Esa reducción no implica que las empresas chinas hayan abandonado la región.

En 2024, las compañías chinas invirtieron unos $8 500 millones, apenas un 10 por ciento menos que el año anterior, según estimaciones basadas en el seguimiento de acuerdos empresariales. Es probable que la cifra real sea superior. Los fondos ya no llegan principalmente como préstamos soberanos, sino mediante transacciones comerciales en las que empresas chinas compran activos existentes o venden equipos de menor escala a organismos públicos.

Una parte de la expansión queda fuera de las estadísticas oficiales

Una proporción considerable de esta actividad no aparece en las estadísticas convencionales. Las ventas de material, la capacitación, las donaciones y los contratos de mantenimiento se registran como adquisiciones, no como inversión extranjera, por lo que generan menos atención. Algunos acuerdos permanecen protegidos por cláusulas de confidencialidad y solo salen a la luz cuando un periodista local consigue localizar el contrato correspondiente.

El Gobierno chino sigue presente en este entramado, aunque no siempre interviene directamente. En numerosos casos subsidia a sus empresas dentro de China, lo que les permite ofrecer productos a precios reducidos a las administraciones latinoamericanas. Cuando las ventas se multiplican, Pekín empieza a tratarlas como activos estratégicos y las integra en relaciones de cooperación más amplias con autoridades locales, provinciales y nacionales.

La provincia argentina de Jujuy muestra cómo puede avanzar este proceso. Un intercambio de investigación entre las agencias geológicas de China y Argentina terminó convertido en una asociación estatal explícita para explorar los salares de una zona rica en litio. Posteriormente, una empresa china adquirió una participación mayoritaria en un proyecto local, lo que amplió la presencia de Pekín en un sector estratégico.

La expansión también llega a servicios urbanos esenciales. Miles de autobuses eléctricos chinos circulan por ciudades sudamericanas, una presencia especialmente relevante en una de las regiones más urbanizadas del mundo. En Buenos Aires, trenes fabricados en China prestan servicio en las tres principales líneas ferroviarias eléctricas. Estas operaciones insertan a proveedores chinos en sistemas cotidianos cuya sustitución puede resultar costosa y compleja.

La seguridad interna abre la puerta a cámaras, vehículos y formación

El ámbito de la seguridad interna ofrece la expresión más clara de esta modalidad de influencia. La violencia es una de las mayores preocupaciones políticas de América Latina, donde la tasa de homicidios se sitúa cerca de 20 por cada 100 000 habitantes, alrededor de tres veces el promedio mundial. Los ciudadanos afrontan la actividad de cárteles y pandillas, el robo de mercancías y los ataques informáticos con secuestro de datos.

Los gobiernos, presionados para responder, encuentran en China un proveedor rápido y asequible. La relación suele empezar con productos básicos. Pekín ha donado equipos antidisturbios y vehículos blindados a las fuerzas armadas de Bolivia, además de motocicletas a cuerpos policiales del Caribe. Para funcionarios con presupuestos limitados, estas entregas permiten cubrir carencias inmediatas y mostrar que se adoptan medidas contra el crimen.

Después, los contratos avanzan hacia tecnologías más complejas. En abril de 2025, el gobernador de Río de Janeiro viajó a China y firmó acuerdos con Hikvision y Dahua para adquirir más de 27 000 cámaras corporales y vehiculares. Las autoridades de Ciudad Juárez, frente a El Paso, compraron a esas mismas compañías 1 000 cámaras de reconocimiento facial.

En ese momento, Hikvision y Dahua figuraban en la lista de empresas prohibidas por la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos. La participación china en el mercado regional de vigilancia lleva años aumentando. En 2018, el 62 por ciento de los equipos importados por Argentina en ese sector procedía de China, frente a un 5 por ciento proveniente de Estados Unidos.

En la actualidad, al menos 35 ciudades latinoamericanas emplean sistemas chinos de vigilancia. Una vez iniciada, la cooperación tiende a extenderse hacia nuevas áreas y a involucrar a niveles más altos del poder. La instrucción policial, la venta de cámaras, el suministro de plataformas tecnológicas y los intercambios judiciales se refuerzan entre sí y amplían la relación institucional.

El ECU-911 convirtió un contrato inicial en una red nacional

El sistema ecuatoriano ECU-911 es uno de los ejemplos más completos. Su origen se remonta a 2011, cuando el Gobierno de Ecuador contrató a CEIEC, una empresa estatal china de electrónica de defensa, para construir una red nacional de vigilancia con cámaras de Huawei. El Banco de Desarrollo de China concedió un préstamo de $240 millones destinado a financiar el proyecto.

La garantía no adoptó la forma de un compromiso soberano convencional. Petroecuador quedó obligada, mediante un contrato de venta de petróleo, a enviar 72 000 barriles diarios a PetroChina durante toda la vida útil del sistema. La operación terminó por atraer la atención de las máximas autoridades chinas y pasó de ser un contrato tecnológico a integrarse en una relación política más amplia.

En 2016, Xi Jinping visitó Ecuador e inauguró personalmente un laboratorio conjunto de seguridad instalado en la sede del ECU-911. Después, Pekín donó 10 000 fusiles AK-47 a las fuerzas armadas ecuatorianas. A comienzos de 2018, el sistema ya empleaba tecnología china de reconocimiento facial, lo que amplió su alcance dentro del aparato de seguridad interna.

En 2024, cámaras municipales independientes y dispositivos privados fueron incorporados a la misma red. Un contrato inicial terminó transformado en la estructura central del sistema ecuatoriano de vigilancia y respuesta a emergencias. La cooperación tecnológica se extendió además a la formación de funcionarios y a vínculos institucionales capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno.

Funcionarios policiales de Argentina, Brasil, Cuba y Panamá han asistido a cursos en la Universidad de Policía de Investigación Criminal de Shenyang. En septiembre de 2024, el ministro chino de Seguridad Pública firmó con el director de la policía de Nicaragua un acuerdo de capacitación en narcóticos, delitos informáticos y terrorismo. China ya había entregado equipos antidisturbios a ese país.

Estados Unidos todavía forma a más policías latinoamericanos que Pekín. La oferta china, sin embargo, no se limita a cursos. La instrucción se integra con la venta de cámaras, las plataformas tecnológicas y los intercambios judiciales. Cada componente refuerza a los demás, amplía los vínculos con las instituciones locales y ayuda a sostener la estructura completa durante periodos prolongados.

La dependencia tecnológica sobrevive a elecciones y cambios políticos

La discreción es una de las principales ventajas de este modelo. Un contrato municipal, un convenio provincial o un acuerdo de mantenimiento rara vez provoca el mismo debate que un puerto o una presa. Su costo también es muy inferior: una red de cámaras representa solo una fracción del desembolso necesario para una gran obra de infraestructura y puede aprobarse con menor escrutinio.

La acumulación puede pasar inadvertida tanto para los gobiernos nacionales como para Washington. Mientras la atención permanece centrada en los megaproyectos, municipios y provincias transfieren de forma progresiva servicios esenciales a compañías chinas. Cuando el proceso se vuelve evidente, Pekín ya puede haber construido una parte considerable de la infraestructura crítica de seguridad de un país.

Desmontar esas redes resulta difícil. China aprendió, en su relación con las democracias latinoamericanas, que necesitaba vínculos capaces de sobrevivir a los cambios electorales. La dependencia tecnológica y las relaciones institucionales cumplen esa función. Cuando una ciudad utiliza principalmente material policial chino y sus agentes, fiscales o tribunales mantienen acuerdos con Pekín, la relación deja de depender de un solo gobierno.

Venezuela estableció en 2023 un marco de cooperación judicial con China. Los acuerdos subnacionales también permiten a Pekín crear lazos duraderos con alcaldes, gobernadores y otros dirigentes regionales. Esos contactos pueden adquirir mayor importancia si los funcionarios implicados llegan posteriormente a ocupar cargos nacionales y trasladan al nuevo puesto relaciones ya desarrolladas con instituciones chinas.

Los costos económicos dificultan todavía más una ruptura. Una administración que haya firmado varios contratos con empresas chinas quizá pueda reemplazar productos sencillos, como equipos antidisturbios. Sustituir una plataforma integrada de vigilancia o respuesta a emergencias es mucho más complejo, especialmente cuando el sistema utiliza diseños patentados y requiere asistencia del fabricante para reparaciones, actualizaciones y mantenimiento.

China fabrica algunos de los sistemas de vigilancia más baratos y extendidos del mundo. Los subsidios gubernamentales permiten a sus compañías desplazar a competidores locales, mientras los diseños patentados obligan a los clientes a depender del proveedor. Cuando las cámaras fallan, las ciudades deben solicitar asistencia técnica a las mismas empresas que las instalaron, y reemplazar la red completa suele resultar demasiado caro.

Las redes deficientes también pueden convertirse en herramientas de presión

Un estudio publicado en 2020 no encontró un solo gobierno que hubiera adoptado una plataforma china de vigilancia y control policial y después la hubiera eliminado por completo. Los países tendían a restringir determinadas funciones, pero no retiraban todo el sistema. Esa dependencia abre la puerta a la coerción económica mediante la suspensión de repuestos, actualizaciones informáticas o asistencia técnica.

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Si un Estado adopta una posición contraria a los intereses de Pekín, una relación comercial puede transformarse en un instrumento político. Incluso sin una acción deliberada de ese tipo, los sistemas chinos ya han causado frustración. El ECU-911 nunca produjo una reducción significativa de la delincuencia en Ecuador, mientras los homicidios pasaron de unos 1 000 en 2016 a más de 4 800 en 2022.

La red tampoco demostró resistencia técnica. En 2022, cerca de 1 100 de sus 6 500 cámaras estaban fuera de servicio. En la actualidad, el sistema apenas funciona y funcionarios ecuatorianos han expresado públicamente su descontento. Ecuador, sin embargo, carece de una alternativa asequible para sustituir toda la plataforma sin afrontar costos elevados y problemas técnicos.

El país continúa dependiendo de proveedores chinos para sostener un mecanismo de respuesta a emergencias que ofrece resultados deficientes. Brasil afrontó un problema similar en telecomunicaciones. Huawei construyó las redes 4G de tres de los cuatro principales operadores y todavía se encarga de su mantenimiento, lo que impidió que Jair Bolsonaro excluyera a la compañía de las redes 5G.

Para numerosos dirigentes latinoamericanos, estas desventajas no superan los beneficios inmediatos. Los sistemas chinos atienden problemas urgentes de seguridad y gobernabilidad, llegan con rapidez y suelen costar menos que las opciones disponibles. Pekín responde a las demandas políticas locales antes que otros proveedores más cautelosos, lo que fortalece su posición como socio práctico para administraciones con recursos limitados.

Honduras vinculó su giro diplomático con tecnología china de seguridad

Algunos gobiernos parecen realizar concesiones diplomáticas con la expectativa de recibir pronto esas soluciones. Honduras rompió sus relaciones formales con Taiwán en marzo de 2023 y estableció vínculos con Pekín. Tres meses después, el Gobierno hondureño suscribió 17 acuerdos de cooperación con China, entre ellos uno destinado a desarrollar ciudades inteligentes.

Honduras también expresó su apoyo a la Iniciativa de Seguridad Global china, concebida para disputar el orden internacional encabezado por Estados Unidos. Antes de que transcurriera un año, el sistema hondureño 911 adjudicó sin licitación competitiva un contrato para una plataforma china de gestión de video. Además, el país instaló 3 500 cámaras fabricadas por Huawei.

La expansión plantea una cuestión de soberanía conocida en América Latina: qué ocurre cuando las autoridades nacionales o locales actúan contra los intereses de sus propios ciudadanos para favorecer a actores extranjeros. Con frecuencia, los intereses externos terminan imponiéndose, especialmente cuando los acuerdos avanzan sin consulta pública suficiente o quedan protegidos por mecanismos administrativos poco transparentes.

En Jujuy, comunidades indígenas bloquearon los salares para protestar por el impacto ambiental de proyectos de litio respaldados por China y por la falta de consultas antes de la entrada en vigor de los acuerdos. El gobernador provincial aceleró entonces una reforma constitucional destinada a prohibir los cortes de carreteras, mientras aumentaban las tensiones con los manifestantes.

Organizaciones de derechos humanos denunciaron que la policía provincial agredió y detuvo ilegalmente a algunos participantes. América Latina incorpora así modelos de gobernabilidad apoyados en tecnología extranjera sin evaluar adecuadamente sus riesgos. A cambio de soluciones baratas en el corto plazo, acepta una dependencia que ofrece a China nuevas herramientas para influir en decisiones políticas, económicas y administrativas.

La red china se extiende por ciudades, provincias y otros continentes

Para Pekín, los resultados ya son visibles. China ha establecido relaciones permanentes con gobiernos municipales, provinciales y nacionales de toda la región. Entre esos vínculos figuran casi 180 acuerdos de ciudades hermanas distribuidos en 17 países latinoamericanos. La expansión tampoco depende de un único sector que pueda ser bloqueado mediante una decisión política centralizada.

La estrategia evita concentrarse exclusivamente en proyectos de alta visibilidad, como los puertos, donde aumenta el riesgo de rechazo. En cambio, se inserta en las necesidades diarias de alcaldes, gobernadores, organismos provinciales y ministerios que rara vez reciben atención internacional. Esa dispersión reduce el escrutinio y permite que contratos pequeños terminen formando redes amplias de dependencia.

El mismo método aparece fuera de América Latina. En Lahore, Pakistán, la Autoridad de Ciudades Seguras de Punyab instaló centros de mando construidos por Huawei y 10 000 cámaras mediante un contrato de $84,7 millones. Kenia también opera un sistema de vigilancia basado en tecnología china, dentro de una expansión que combina equipos, formación y acuerdos institucionales.

El Ministerio de Seguridad Pública chino ha firmado más de 200 acuerdos policiales o de seguridad con alrededor de 74 países. Desde el año 2000, China ha capacitado de manera comprobable a más de 12 000 agentes extranjeros. Pekín consiguió incluso avanzar durante años dentro de Estados Unidos mediante contratos subnacionales, antes de que el Gobierno federal interviniera.

La venta de grúas portuarias a autoridades y operadores locales estadounidenses continuó hasta que la administración federal actuó para frenarla. El caso muestra cómo las operaciones dispersas pueden crecer durante años antes de atraer atención nacional, especialmente cuando cada contrato parece responder únicamente a una necesidad técnica, logística o presupuestaria de alcance local.

La doctrina china reconoció una práctica ya implantada en la región

En la política exterior china, la doctrina no siempre aparece antes que la práctica. En ocasiones se formula después, para legitimar y extender iniciativas que comenzaron de manera experimental. Los documentos chinos sobre América Latina publicados en 2008 y 2016 trataron la seguridad como un asunto secundario frente al comercio y la disputa diplomática sobre Taiwán.

El texto más reciente, difundido en diciembre de 2025, convirtió la cooperación en seguridad en uno de sus ejes principales. Ese cambio doctrinal no inauguró la línea de actuación. Para entonces, los contratos policiales, los programas de capacitación y las plataformas de vigilancia chinas ya estaban plenamente implantados en la región mediante acuerdos acumulados durante años.

El documento oficial se limitó a reconocer y ordenar una práctica asentada. Estados Unidos ha reaccionado con retraso porque todavía intenta contener una estrategia basada en grandes activos visibles, como puertos, redes 5G e infraestructura espacial. Presta mucha menos atención a los acuerdos que las empresas chinas firman con oficinas municipales de adquisiciones, gobiernos provinciales y academias policiales.

Frenar la influencia de Pekín en el hemisferio exigirá algo más que condenar sus megaproyectos. Washington tendrá que ofrecer a los actores locales soluciones eficaces, duraderas y asequibles para sus problemas concretos. Mientras no lo haga, China seguirá presentándose ante muchos gobiernos latinoamericanos como el socio más conveniente para atender necesidades inmediatas de seguridad, infraestructura y gobernabilidad.

Etiquetas: AnálisisChinaEstados UnidosMundo

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