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Groenlandia está sobre la mesa y Trump ya tiene un plan en curso

7 de enero de 2026
en Opinión
Groenlandia está sobre la mesa y Trump ya tiene un plan en curso

La acción directa y sin rodeos del presidente Trump contra el régimen ilegítimo de Maduro en Venezuela ha desplazado el foco internacional hacia el hemisferio occidental. Este giro es necesario y oportuno, porque la administración Trump ha dejado claro que Washington debe concentrarse, ante todo, en su propio entorno estratégico y dejar de diluir recursos y atención en escenarios que han demostrado ser estériles.

La reciente Estrategia de Seguridad Nacional fue explícita al reconocer que, tras tres décadas de guerras fallidas en Oriente Medio y Asia Meridional, esta administración priorizaría la defensa del territorio estadounidense y del hemisferio occidental. En ese marco se formuló el denominado “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe, que establece que no se permitirá la injerencia de potencias extrahemisféricas como China, Rusia e Irán. La colaboración de Maduro con estos actores no fue un detalle menor, sino un factor central que precipitó su caída dentro de esta corrección tardía, pero imprescindible, de los intereses estratégicos de Estados Unidos.

Desde la operación contra Maduro, se ha multiplicado la especulación sobre la posibilidad de nuevas acciones bajo el concepto de “defensa hemisférica”, una noción clásica de la estrategia estadounidense orientada a asegurar puntos críticos de defensa en todo el hemisferio. En este contexto, Groenlandia, respecto de la cual el presidente ha manifestado desde hace años un interés sostenido, emerge como el paso más relevante y estratégicamente inevitable para ampliar y consolidar el paraguas de defensa hemisférica de Estados Unidos.

Aunque el presidente Trump ha empujado con decisión el debate sobre la importancia de Groenlandia para la seguridad nacional estadounidense, conviene recordar que no se trata de una idea inédita. presidentes desde Andrew Johnson hasta Woodrow Wilson, pasando por Franklin Roosevelt y Dwight Eisenhower, exploraron activamente la adquisición de la isla más grande del mundo, conscientes de su valor estratégico y de su posición geográfica determinante.

A medida que gana fuerza la presión para que la administración Trump profundice esta priorización del hemisferio occidental, largamente postergada por decisiones erráticas de gobiernos anteriores, el presidente dispone de una serie de medidas concretas, proporcionadas y plenamente justificadas para avanzar en su objetivo de estrechar los vínculos con Groenlandia. Estas acciones se sustentan en una amenaza real y creciente para la seguridad nacional de Estados Unidos: la expansión de la presencia china y rusa en Groenlandia y en el Alto Norte, regiones que continúan insuficientemente defendidas.

La actividad reciente de submarinos chinos en el Ártico confirma la amplitud y la gravedad de la amenaza que las potencias externas representan para el hemisferio occidental. A ello se suman ejercicios de simulación de guerra chinos, reportados públicamente, que contemplan escenarios de combate en esta misma área, sin ambigüedades ni señales de contención.

En este escenario, la administración debería hacer exactamente lo que Dinamarca ha venido solicitando de manera reiterada: ejercer plenamente los derechos de acceso militar previstos en el Acuerdo de Defensa de Groenlandia de 1951. Copenhague insiste en que Washington ya dispone de acceso suficiente en virtud de ese tratado, pero el hecho incuestionable es que Estados Unidos ha dejado esos derechos prácticamente inactivos durante décadas, debilitando su propia posición estratégica.

El presidente Trump debería desactivar ese argumento de inmediato solicitando formalmente la cooperación danesa para desplegar activos estadounidenses significativos en Groenlandia. Esto incluye aviones de guerra antisubmarina, personal y equipos especializados en operaciones árticas, capacidades de inteligencia, vigilancia y reconocimiento, y unidades adecuadas de Operaciones Especiales. A partir de ahí, la administración puede avanzar con rapidez hacia una presencia de infraestructura mucho más sólida, con instalaciones navales y aéreas permanentes, centros de entrenamiento estables, el establecimiento de una Fuerza de Tarea Conjunta Groenlandia bajo el mando de un oficial general de dos estrellas y la elevación de la Base Espacial Pittufik a un comando de nivel general.

En segundo término, aunque pueda parecer un asunto menor, la reorganización burocrática tiene un peso político y estratégico considerable. El presidente ha manifestado de forma explícita su aspiración de integrar a Groenlandia a Estados Unidos bajo algún formato, y en ese contexto resulta relevante definir con precisión su ubicación institucional dentro del aparato federal.

El Departamento de Estado debe continuar gestionando el diálogo bilateral con Dinamarca, pero las competencias clave relacionadas con Groenlandia deberían trasladarse al Departamento del Interior y distribuirse entre la Oficina de Asuntos Indígenas y la Oficina de Asuntos Insulares. Este ajuste no es cosmético, sino funcional y coherente con los objetivos declarados.

La Oficina de Asuntos Indígenas cuenta con experiencia directa en la relación con pueblos nativos, incluidos los de Alaska, mientras que la Oficina de Asuntos Insulares administra territorios como Guam y Samoa Americana y coordina con Estados Libremente Asociados como las Islas Marshall, Micronesia y Palau. Esta estructura refleja con mayor precisión la visión estadounidense de una relación singular con Groenlandia y su población, y sitúa el debate sobre su estatus político futuro en un marco institucional adecuado.

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En tercer lugar, durante la revisión del Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá, debería ofrecerse a Groenlandia una vía concreta de incorporación, ya sea mediante anexos específicos que atiendan sus particularidades o a través de un estatus de miembro asociado. Ambas opciones generarían beneficios económicos sustanciales y directos para la sociedad groenlandesa.

Las ventajas económicas derivadas de una integración más estrecha con América del Norte constituyen una oportunidad histórica para Groenlandia. Una propuesta clara, basada en respeto y cooperación, evidenciaría el compromiso real y sostenido del presidente con una relación más profunda. Rechazar una oferta de este calibre tendría un costo político significativo tanto para Nuuk como para Copenhague.

En cuarto término, el Departamento de Seguridad Nacional puede y debe designar una “zona de infraestructura crítica” en torno a Groenlandia, que abarque cables submarinos, sistemas de radar y sensores espaciales. Esta decisión integraría formalmente a Groenlandia en la planificación del DHS y dejaría claro que Washington considera su infraestructura parte inseparable de la seguridad nacional estadounidense. Dada la actividad reciente de China y Rusia en estas áreas, se trata de una medida operativa necesaria y de una declaración inequívoca de seriedad estratégica.

Finalmente, para subrayar el enfoque de largo plazo y la consideración de Groenlandia como un componente central del hemisferio occidental y de su defensa, la administración puede designarla como “Territorio Estratégico de Nivel 1 de los Estados Unidos”, una categoría equiparable a Guam o Diego García. Esta designación enviaría una señal contundente al Congreso y a la comunidad internacional de que Estados Unidos respaldará con recursos y voluntad política su esfuerzo por acercar Groenlandia a su órbita estratégica.

En conjunto, estas medidas conforman una hoja de ruta clara e inmediata para que el presidente Trump y su administración consoliden la aplicación práctica del “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe y materialicen un retorno efectivo a la defensa hemisférica, sin ambigüedades ni dilaciones.

Etiquetas: AnálisisDonald TrumpEstados UnidosGroenlandiaMundo

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