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Si Israel hubiese perdido la Guerra de los Seis Días

6 de junio de 2020
en Opinión
Si Israel hubiera perdido la Guerra de los Seis Días…

¿Y si el conflicto que estalló hace más de 50 años entre Israel y sus vecinos árabes más grandes ─ Egipto, Siria y Jordania ─, hubiese tenido un desenlace al revés?

¿Qué pasaría si no hubiese habido conquista israelí de Gaza y la península del Sinaí, de los Altos del Golán, o de Jerusalén oriental y Judea y Samaria?¿Qué pasa si no se hubiesen construido poblados judíos, y si el “impedimento sionista” para un Estado palestino no hubiese existido jamás?

Obviamente nadie puede imaginar todas las formas en que la historia de Oriente Medio durante el último medio siglo se hubiese visto afectada si los árabes y no Israel habrían prevalecido en 1967. Pero de dos cosas, al menos, podemos estar casi seguro:

No habría Estado palestino. Y no habría Estado judío.

Los árabes no provocaron una guerra con Israel en 1967 para lograr la independencia palestina. Un Estado árabe en Palestina había sido propuesto por las Naciones Unidas hacía 20 años, pero el mundo árabe rechazó vehementemente la idea.

Desde 1949, Judea, Samaria y Jerusalén oriental habían sido ocupadas por Jordania; la Franja de Gaza estaba bajo control militar egipcio. Los gobernantes árabes pudieron haber establecido un estado palestino en los territorios si así hubiesen querido. Pero el Estado palestino no era de interés para ellos.

Hubo, sin duda, un movimiento “palestino”. En El Cairo en 1964, la Liga Árabe había creado la OLP; Ahmed Shukairy, un funcionario de la Liga Árabe leal al presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, se convirtió en su primer presidente. Pero el propósito de la OLP no era ganar la independencia palestina; sino, ayudar al bloque árabe en la eliminación de Israel y los Judíos de Oriente Medio.

Al igual que los gobiernos árabes a los que respondía, la OLP clamaba por genocidio.

“El Día D se acerca”, proclamaó Shukairy el 27 de mayo de 1967. “Los árabes han esperado 19 años para esto y no retrocederán ante la guerra de liberación”.

Unos días más tarde, fue aún más explícito. “Vamos a destruir a Israel y a sus habitantes”, el presidente de la OLP declaró en un sermón encendido en Jerusalén el 1 de junio. “En cuanto a los sobrevivientes – si los hay – los barcos están listos para deportarlos”.

La retórica de Shukairy era típica. Los líderes árabes en Oriente Medio rutinariamente hablaron de la existencia de Israel como una humillación a ser borrada.

En una transmisión de dos semanas antes del estallido de la guerra, el gobierno de Siria anunció: “La decisión del pueblo árabe es inquebrantable: Borrar a Israel de la faz de la tierra”.

El 18 de mayo, la voz de las estación de radio árabe de Egipto, prometió: “El único método que aplicaremos contra Israel es la guerra total, lo que resultará en el exterminio de la existencia sionista”.

El presidente iraquí, Abdel Rahman Aref, describió la inminente guerra como “nuestra oportunidad de acabar con la ignominia que ha estado con nosotros desde 1948. Nuestro objetivo es claro, borrar a Israel del mapa”.

¿Qué tierras debe devolver Israel: las de 1967 o las de 1947?

No había ninguna ambigüedad acerca de los objetivos de aniquilación de los líderes árabes. En las semanas anteriores a la Guerra de los Seis Días, las reiteraron una y otra vez. Y las palabras belicosas fueron respaldadas con hechos: Egipto bloqueó los estrechos de Tirán, cortando a Israel de su línea de vida del sur.

Nasser exigió las fuerzas de paz de la ONU se retiren de la península del Sinaí, y comenzó a desplegar divisiones militares en la frontera de Israel tan pronto como se fueron. Siria y Jordania, también, concentraron las tropas a lo largo de la frontera del Estado Judío, el cual, en su parte más estrecha, era tan solo de nueve millas de ancho.

Israel estaba solo, rodeado de enemigos en busca de sangre judía. Muchos relatos han detallado la ansiedad, la incertidumbre y pánico que se apoderó de los líderes israelíes en esas semanas. El temor de un segundo Holocausto era palpable. En todo el país, miles de tumbas fueron excavadas en la preparación de la terrible masacre por venir.

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Lo que vino en cambio, fue una victoria de proporciones bíblicas, una victoria que sorprendió a Israel y al mundo. Cincuenta junios más tarde, el contexto de aquel triunfo es casi olvidado, y las tensiones árabe-israelíes aún acosan Oriente Medio. Si la guerra de seis días hubiese sido al revés, es justo decir, no existirían esas tensiones ahora.

Por otra parte, tampoco Israel.

Etiquetas: Editorial

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El Tribunal Superior rechaza el recurso de Sharren Haskel contra el Likud El Tribunal Superior de Justicia rechazó este domingo por la noche el recurso de la diputada Sharren Haskel contra el Likud y la facción Derecha Estatal. Haskel pretendía ser reconocida como una facción unipersonal y obtener autorización para abandonar su grupo parlamentario antes de las elecciones a la 26.ª Knéset. Aunque los jueces desestimaron su petición, la sentencia advirtió que la fórmula escogida por ambas formaciones para aplicar sus acuerdos podría generar un problema jurídico al afectar el derecho de los diputados contrarios a una fusión a separarse de su facción. El origen del litigio se encuentra en el acuerdo suscrito en marzo de 2025 entre el Likud y Derecha Estatal, entonces denominada Nueva Esperanza. El pacto contemplaba originalmente la fusión Estatal con el Likud, siempre que recibiera la aprobación del Comité de la Knéset. También incluía otros compromisos políticos, como la incorporación de miembros Estatal al Likud, la posibilidad de reservar un puesto para un candidato en la lista del partido y la participación conjunta en las elecciones a la 26.ª Knéset. Ese esquema cambió el 14 de julio de 2026. En vez de culminar formalmente la fusión, las dos facciones decidieron presentarse a las próximas elecciones mediante una lista conjunta de candidatos. El resto de las disposiciones pactadas continuaría en vigor con las modificaciones necesarias. Esta decisión se convirtió en el elemento central de la demanda de Haskel. La diputada argumentó que, pese a la ausencia de una fusión formal, en la práctica ambas formaciones ya funcionaban como si la integración se hubiera producido. Señaló que llevaban un periodo prolongado de estrecha coordinación, que habían combinado actividades políticas y que ya preparaban conjuntamente la campaña electoral. Según su posición, evitar la culminación oficial de la fusión le impedía utilizar el derecho legal a separarse de una facción que se integra en otra. Su argumento se apoyaba en el artículo 59 de la Ley de la Knéset, que permite, bajo determinadas condiciones, que un diputado contrario a la fusión de su grupo parlamentario se separe de él. Esa modalidad de salida tiene efectos distintos de una separación ordinaria tanto sobre el estatus parlamentario como sobre la financiación partidaria. El tribunal explicó que un diputado que abandona una facción al amparo de ese artículo puede ser reconocido como facción unipersonal y presentarse a las siguientes elecciones integrado en otro partido. Sin embargo, los jueces concluyeron que Haskel había actuado con un retraso considerable. El acuerdo entre el Likud y Derecha Estatal databa de marzo de 2025, pero ella no acudió al Comité de la Knéset hasta el 14 de julio de 2026, pocos días antes de la “fecha determinante” empleada para calcular los anticipos de financiación electoral. La sentencia recordó que las elecciones a la 26.ª Knéset debían celebrarse, como fecha límite, el 27 de octubre. Por ese motivo, la fecha determinante era el 18 de julio, trasladada al 19 de julio debido a que el día 18 caía en sábado. El juez Yitzhak Amit, con el respaldo de las juezas Daphne Barak-Erez y Alex Stein, consideró que existía una “demora sustancial” suficiente para rechazar el recurso. El tribunal destacó que Haskel dejó transcurrir más de un año sin hacer valer su argumento de que la fusión se estaba ejecutando de hecho. Tampoco acudió a la justicia cuando, según su propia interpretación, comenzaron a producirse las actuaciones que demostraban que la integración entre ambas formaciones ya estaba en marcha. Para los jueces, esa falta de actuación también debilitaba su afirmación de que se había opuesto de manera continuada a la fusión durante todo ese periodo. Además del problema temporal, el Tribunal Superior tampoco aceptó la posición de Haskel sobre el fondo. Según la sentencia, Derecha Estatal siguió operando en la Knéset como una facción independiente: mantuvo representación propia en los órganos correspondientes, recibió por separado oficinas, presupuestos y personal y ni siquiera celebró una reunión conjunta de facción con el Likud. El Likud sostuvo igualmente que la fusión nunca llegó a completarse y recordó que cualquier cambio en la estructura de las facciones parlamentarias necesita la aprobación del Comité de la Knéset. Pese al rechazo del recurso, Amit introdujo una reserva que podría adquirir relevancia en casos posteriores. El presidente del tribunal cuestionó la fórmula mediante la cual el Likud y Derecha Estatal decidieron concurrir juntos a las elecciones sin completar antes la fusión de sus respectivas facciones parlamentarias. Amit señaló que un acuerdo de ese tipo “podría plantear dificultades”, porque podría impedir que un diputado contrario a la integración ejerciera de manera efectiva un derecho reconocido por la legislación. No obstante, precisó que el caso de Haskel no era el adecuado para resolver esa cuestión. La sentencia dejó abierta la posibilidad de analizarla en otro procedimiento al indicar que “es posible que un acuerdo de este tipo requiera, en la ocasión adecuada, un examen independiente”. Los jueces también hicieron hincapié en la necesidad de contención judicial cuando se examinan acuerdos políticos y cuestiones internas de la Knéset. De acuerdo con la sentencia, la intervención del tribunal frente a un pacto de naturaleza claramente política debe limitarse a situaciones excepcionales, como aquellas en las que exista ilegalidad o una vulneración del orden público. En este caso, no se presentó ningún argumento de ese tipo que justificara la intervención. El recurso se inscribe en el enfrentamiento político que se aumentó después de que Gideon Saar y los integrantes Estatal completaran su acercamiento al Likud. Haskel se negó a incorporarse al Likud, fundó en julio el partido “Israel Primero” y pidió autorización para abandonar Derecha Estatal con el objetivo de concurrir a las elecciones de manera independiente. La diputada no consiguió finalmente lo que reclamaba. El Tribunal Superior rechazó su recurso y tampoco obligó al Likud ni a Derecha Estatal a culminar formalmente la fusión. Al mismo tiempo, la resolución mantuvo abierta una cuestión jurídica sobre el mecanismo elegido por ambos partidos para presentarse juntos a las elecciones, especialmente por sus posibles efectos sobre los derechos de diputados que se nieguen a formar parte de esa iniciativa. Según se desprende de la sentencia, ese asunto podría ser examinado nuevamente por los tribunales en el futuro.

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