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Portada » Mundo » La verdadera tragedia de la Nakba: Intentar y no poder aniquilar a Israel

La verdadera tragedia de la Nakba: Intentar y no poder aniquilar a Israel

La exposición falsifica

14 de julio de 2026
en Mundo
La repetición del libelo de sangre de 1948 no disuadirá a Israel

El Museo Canadiense de los Derechos Humanos inauguró recientemente una exposición titulada Palestina desarraigada: la Nakba, pasado y presente, cuyo objetivo declarado consiste en informar al público canadiense sobre el desplazamiento de los palestinos ocurrido en 1948.

Al presentar un relato cuidadosamente seleccionado y unilateral, que priva a la guerra de 1948 de su contexto histórico esencial, el museo ha renunciado a su deber de realizar una investigación histórica equilibrada. En su lugar, ha producido una pieza de activismo político que se presenta bajo la apariencia de un registro histórico.

Al caracterizar la Nakba como una catástrofe humanitaria aislada y carente de provocación previa, el Museo Canadiense de los Derechos Humanos ignora que aquel desplazamiento fue consecuencia directa de una guerra regional de agresión emprendida por los países árabes, cuyos promotores pretendían impedir el nacimiento de un Estado judío y eliminar a sus habitantes.

El término “Nakba”, que en árabe significa “la catástrofe”, no constituye una denominación neutral del sufrimiento de la población civil. El nacionalista sirio Constantine Zurayq lo consagró en su libro de 1948 Ma’na an-Nakba. La obra de Zurayq no era un tratado humanitario, sino un análisis político y militar posterior a la derrota, centrado en el fracaso de siete ejércitos árabes y diversas milicias locales que intentaron destruir el recién creado Estado judío.

El examen de las fuentes revela una fría admisión de la intención original. Zurayq escribió una célebre frase según la cual la derrota de los árabes en Palestina no había sido un simple revés, sino una catástrofe. Señaló que siete Estados árabes habían declarado la guerra al sionismo y habían regresado “impotentes” sobre sus pasos. Presentar esta historia como el relato de una población civil completamente inocente y convertida en víctima supone desconocer el registro histórico. Una coalición lanzó una ofensiva contra una democracia incipiente, y aquella ofensiva concluyó con la derrota militar de los agresores.

La exposición del museo tampoco supera la prueba del rigor histórico porque omite la existencia de los ciudadanos árabes de Israel. Si la creación de Israel hubiera constituido realmente un acto genocida de limpieza étnica, resultaría imposible explicar que dos millones de ciudadanos árabes vivan hoy en Israel.

Estas personas descienden de quienes decidieron permanecer en sus hogares en 1948. No fueron expulsadas ni participaron en la guerra de agresión contra el Estado judío. Su existencia demuestra que la guerra de 1948 no consistió en una expulsión basada en criterios raciales, sino en una guerra por la supervivencia política y territorial.

La exposición también pasa por alto, de manera conveniente, el papel del Reino Hachemita de Jordania. En 1948, la Legión Árabe, el ejército del reino, estaba bajo el mando de más de cincuenta oficiales británicos de primer nivel. Esta fuerza derrotó a las fuerzas de defensa judías y ocupó Judea y Samaria, territorio que hoy se conoce como Judea y Samaria.

Los dirigentes jordanos de aquella época declararon de forma célebre que “Palestina es Jordania y Jordania es Palestina”. Muchos árabes de la zona recibieron la ciudadanía jordana. Millones de palestinos residen hoy allí bajo su propio liderazgo político.

La realidad demográfica y política de esa parte del territorio situada al oeste del río Jordán, que formó parte del Mandato para Palestina después de 1920, constituye un resultado complejo de las fronteras trazadas por los mandatos británico y francés. Sin embargo, el Museo Canadiense de los Derechos Humanos la reduce a un relato binario y simplista entre “desarraigados” y “ocupantes”.

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La exposición tampoco reconoce un hecho fundamental: los años que rodearon la creación de Israel provocaron otra crisis de refugiados de gran magnitud. Cerca de 850.000 judíos abandonaron los países árabes o fueron expulsados de ellos, pese a que muchas de sus comunidades habían residido allí durante siglos. Estas poblaciones perdieron sus hogares, sus negocios y su historia, a menudo bajo coacción y como consecuencia de actos de violencia patrocinados por los Estados. La mayoría de estos refugiados judíos se reasentó en Israel y en otros países y se integró en nuevas sociedades, en lugar de conservar la condición de refugiados durante generaciones.

Al margen de que ambas experiencias de refugio se consideren equivalentes, cualquier exposición que pretenda explicar las consecuencias de 1948 para los derechos humanos debería reconocer las dos. Al ignorar el desplazamiento masivo de judíos, el museo presenta una visión distorsionada de la convulsión regional que siguió a 1948.

Esta versión depurada de la historia omite el prolongado y doloroso historial de persecución de los judíos en la región, anterior al movimiento sionista moderno. Durante siglos, los judíos sufrieron marginación, pagaron impuestos como ciudadanos de segunda categoría y padecieron pogromos recurrentes.

Basta con observar la insurrección de Safed de 1834. Según documentó el viajero británico Alexander William Kinglake, la población musulmana local emprendió una campaña sistemática de asesinatos y robos contra sus vecinos judíos. Estos acontecimientos demuestran que la lucha por la seguridad de los judíos en el Levante no surgió en el siglo XX, sino que responde a una larga historia de exclusión que el museo ha decidido ignorar.

Como antropólogo que ha vivido y trabajado entre los beduinos del Sinaí y en Marruecos, considero que el elemento más insidioso de la exposición es su intento de borrar el carácter indígena del pueblo judío.

La ideología de la “Nakba” formulada por Zurayq se apoyaba en gran medida en el “mito jázaro”, una afirmación desacreditada según la cual los judíos modernos descienden de turcos medievales convertidos al judaísmo, en vez de constituir un pueblo semita que regresa a su patria ancestral. Al centrar la exposición en un relato que rechaza de raíz la legitimidad histórica del pueblo judío en el Levante, el Museo Canadiense de los Derechos Humanos no documenta los derechos humanos, sino que participa en la deslegitimación de un pueblo.

La exposición tampoco aborda los escritos de figuras como Mudar Zahran, árabe, musulmán, jordano y palestino por definición propia, además de dirigente de la oposición jordana en el exilio.

Zahran ha sostenido que la realidad demográfica de la región resulta mucho más compleja de lo que admite el relato del “desarraigo”. Según su planteamiento, Jordania, un Estado creado a partir del 80 % del territorio original del Mandato, que en un principio se había reservado para el pueblo judío y que después T. E. Lawrence y Winston Churchill entregaron a la tribu hachemita del Hiyaz durante la Conferencia de El Cairo, continúa como el principal centro demográfico del pueblo palestino.

La exclusión de estas voces por parte del museo indica una preferencia por una agenda política determinada, en vez de un examen completo y académico de la guerra.

El Museo Canadiense de los Derechos Humanos existe para defender la verdad, incluso cuando esa verdad es compleja. Al ignorar la lucha judía por la autodeterminación, la expulsión de las poblaciones judías del mundo árabe y el papel agresivo que desempeñó la Liga Árabe en 1948, el museo ha incumplido su responsabilidad ante la sociedad canadiense.

Durante el último año, mi colega, el reconocido director cinematográfico Igal Hecht, y yo hemos realizado una investigación extensa sobre estas cuestiones para una próxima película y un libro dedicados a la historia de Israel y sus vecinos después de la Primera Guerra Mundial. Nuestra investigación revela una realidad mucho más matizada, trágica y compleja desde el punto de vista histórico que la que expone la actual muestra del museo.

Esperamos que el Museo Canadiense de los Derechos Humanos decida evolucionar. Confiamos en que exista la posibilidad de presentar los resultados de nuestra investigación, cuya publicación está prevista para la primavera de 2027, con el propósito de que el público canadiense reciba una visión completa y exacta.

Etiquetas: AnálisisHistoriaIsraelNakba

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