El estrecho de Ormuz representa un instrumento geopolítico fundamental para el régimen iraní. Al concentrar el tránsito del 20 % de los suministros mundiales de petróleo, gas y gas natural licuado, su cierre tras el inicio de la campaña de bombardeos de Estados Unidos e Israel otorgó a Teherán una considerable capacidad de presión.
Las graves consecuencias del bloqueo sobre la economía mundial influyeron directamente en las negociaciones destinadas a poner fin al conflicto. Esta vulnerabilidad adquiere una urgencia mayor ante las elecciones de medio mandato que Estados Unidos celebrará el 3 de noviembre, ya que el encarecimiento sostenido del crudo y los alimentos tendría resultados catastróficos para el presidente Trump.
Diversos analistas señalan que dicho apremio electoral forzó a Washington a aceptar con rapidez el Memorando de Entendimiento, un pacto cuyas condiciones, según una opinión ampliamente extendida, favorecen en gran medida a la República Islámica.
Bajo esta dinámica, Irán intenta coaccionar a la economía global y a los productores de la región mediante una inédita Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico, creada para imponer peajes en una vía donde nunca existieron. Aunque el paso marítimo permanecerá abierto al menos 60 días hasta la celebración de nuevas negociaciones, las fuerzas iraníes llegaron a abrir fuego contra tres petroleros en el sector omaní.
Lejos de asegurar la sumisión mundial, la intención de Irán de paralizar el tráfico cuando lo considere conveniente ha impulsado la búsqueda de alternativas para anular su chantaje. Como medida inicial, Estados Unidos y sus socios respaldaron la Autopista del Sur, un corredor a lo largo de la costa de Omán que alivió parcialmente el temor de los mercados, aunque no logró restablecer el tránsito habitual.
Durante el peor momento del bloqueo, esta ruta alterna apenas canalizó una docena de buques cada fin de semana. Para finales de junio la cifra ascendió a 119 embarcaciones, un volumen todavía lejano a los 700 cruces semanales que el estrecho registraba históricamente. Sin embargo, las acciones de Irán solo conseguirán que esta vía pierda su valor estratégico en un futuro muy próximo.
Como escribió recientemente Simon Watkins en OilPrice.com, ya avanzan diversos proyectos para transformar el mapa energético regional, lo que reducirá de forma progresiva la eficacia de la amenaza iraní. Vidya Mani, experta en cadenas mundiales de suministro de la Universidad de Virginia, declaró al New York Times que espera que los países recurran más a las energías renovables y busquen crudo fuera de Oriente Medio para reducir riesgos y aumentar sus reservas.
En paralelo, Washington y sus aliados aceleran la construcción de infraestructuras para limitar la capacidad de Teherán de alterar los mercados. El oleoducto emiratí Habshan-Fuyaira, de 360 kilómetros, ya opera a su límite de 1,8 millones de barriles diarios conectando los yacimientos de Abu Dabi con el golfo de Omán. Ante la posibilidad de nuevas amenazas, Emiratos Árabes Unidos construye una segunda línea hacia Fuyaira para superar los 3 millones de barriles diarios de capacidad al margen del estrecho para 2027.
Arabia Saudí aplica una estrategia similar con la ampliación de su oleoducto Este-Oeste. Esta red de 1.200 kilómetros cruza la península arábiga hasta el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, elevando su capacidad de transporte a 7 millones de barriles diarios. A estas obras se suman el acelerado desarrollo del Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa y las nuevas rutas iraquíes de exportación hacia puertos de Turquía y Siria. En conjunto, estos proyectos evitarían el paso del 60 % de los contenedores que hoy atraviesan Ormuz.
El uso de esta vía marítima como arma impulsó también el incremento productivo en Argentina, Brasil, Canadá, Estados Unidos, Kazajistán y Venezuela, lo que permitiría a los compradores prescindir completamente de Oriente Medio. Watkins añadió que el continente americano ya aporta el 32 % de la producción de petróleo mundial, destacando que la aversión del presidente Trump a la OPEP llevó a su gobierno a orientar la industria “de Ormuz a Houston”.
A corto plazo, el plan del Gobierno de Trump consiste en utilizar infraestructuras terrestres y oleoductos para desviar hasta el 50 % de los 20 o 21 millones de barriles diarios que dependen del estrecho. A largo plazo, el aumento productivo general consolidará la independencia respecto a esta vía.
Los Estados del Golfo respaldan esta desconexión, convencidos de que las acciones hostiles y la historia de la República Islámica ofrecen escasas perspectivas de una coexistencia pacífica. Para contrarrestar la influencia de Teherán, Arabia Saudí, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar rechazaron formalmente la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico y recomendaron ignorar sus directrices de navegación. Asimismo, solicitaron al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que exija a Irán detener la incautación de buques, revelar la ubicación de minas y cesar las interferencias mercantes.
En el plano diplomático, Siria e Irak avanzan en el diseño de redes para trasladar crudo hasta el Mediterráneo. El ministro de Asuntos Exteriores iraquí, Fuad Hussein, se reunió la semana pasada en Damasco con el presidente sirio, Ahmad al-Sharaa, para evaluar la reactivación del oleoducto Kirkuk-Baniyas, de 800 kilómetros y una capacidad original de 300.000 barriles diarios.
Finalmente, Estados Unidos colabora con Irak en el desarrollo del oleoducto Basora-Haditha, valorado en $5.000 millones. Con 700 kilómetros de longitud, esta infraestructura interna permitirá exportar entre 2,25 y 2,5 millones de barriles diarios de las reservas del sur directamente hacia el norte, Europa o Siria. Aunque Teherán conserva a corto plazo opciones coercitivas mediante tarifas y ataques navales, el despliegue de todas estas rutas eliminará su capacidad de presión y garantizará que el flujo mundial de petróleo no vuelva a quedar comprometido.









