En apariencia, Estados Unidos e Irán se encuentran en lados opuestos del campo de batalla. Los estadounidenses amplían sus ataques, los iraníes responden contra objetivos estadounidenses y el enfrentamiento entre ambos avanza, escala, se detiene, vuelve a escalar y vuelve a detenerse. Sin embargo, bajo el fuego, los misiles y las declaraciones amenazantes se oculta un interés común e inesperado: ambos países prefieren que Israel permanezca, al menos por ahora, fuera de la guerra. Cada uno lo desea por razones distintas. Estados Unidos quiere imponerse en esta fase de la guerra, proteger a sus soldados, garantizar la libertad de navegación en el golfo y preservar su posición como potencia.
Pero Washington todavía quiere mantener abierta la puerta a una negociación. Incluso cuando los ataques estadounidenses se intensifican, el presidente Donald Trump continúa hablando de contactos diplomáticos y de la posibilidad de alcanzar un acuerdo. Desde su perspectiva, la fuerza militar no es necesariamente el objetivo final, sino un instrumento de presión para obligar a Teherán a ceder, regresar a la mesa de negociaciones y firmar un acuerdo bajo condiciones estadounidenses. Irán, por su parte, quiere sobrevivir. El régimen de Teherán comprende muy bien la diferencia entre una guerra contra Estados Unidos y el regreso de Israel al conflicto.
Ante los estadounidenses, Irán puede intentar ganar tiempo, ejercer presión mediante las rutas energéticas, atacar bases en la región, recurrir a mediadores y buscar en el último momento una fórmula para un alto el fuego. Ante Israel, las reglas son completamente distintas. Para Israel, Irán no es solo un adversario en una negociación, un problema relacionado con las rutas marítimas ni otro actor regional al que haya que contener. Irán es la cabeza del pulpo: el Estado que financia, arma y dirige desde hace años una red de organizaciones terroristas y fuerzas subsidiarias contra el Estado de Israel.
Irán creó a Hezbolá, apoyó a los hutíes, fortaleció a las milicias de Irak y Siria e impulsó programas de misiles y armas nucleares que amenazan directamente nuestra propia existencia. Por eso, Israel no busca únicamente una tregua. No puede conformarse con una declaración iraní ambigua, un compromiso temporal u otro acuerdo que permita al régimen recuperarse, rearmarse y regresar dentro de algunos años con más fuerza y mayor capacidad de amenaza. El interés israelí es distinto: eliminar la amenaza iraní de modo que no pueda reconstruirse y, más aún, derrocar al régimen de Teherán.
Aquí comienza precisamente la preocupación estadounidense. Desde el momento en que Israel entra en la guerra, disminuye de forma considerable la posibilidad de mantenerlo dentro de límites reducidos y conservar una vía rápida hacia la negociación. Israel podría elegir otros objetivos, actuar con una intensidad distinta y exigir un resultado estratégico mucho más profundo. No está comprometido con la preservación del régimen iraní ni considera que su supervivencia sea una condición necesaria para la estabilidad regional. Los estadounidenses quieren llevar a Irán a un acuerdo. Israel quiere garantizar que Irán nunca vuelva a amenazarlo. Esta diferencia es fundamental, no táctica.
Desde la perspectiva de Washington, un acuerdo que garantice la apertura del estrecho de Ormuz, reduzca la amenaza contra las fuerzas estadounidenses y aleje a Irán de la capacidad nuclear podría considerarse un logro. La administración estadounidense también debe tener en cuenta los precios del petróleo, el comercio mundial, la estabilidad de los Estados del golfo, la opinión pública estadounidense y el riesgo de quedar atrapada en una guerra prolongada. Israel, en cambio, no puede permitirse evaluar la amenaza iraní solo según el precio del barril de petróleo o la cantidad de buques que atraviesan el golfo.
Israel debe formularse una pregunta mucho más sencilla: ¿habrá dentro de cinco o diez años un régimen extremista y estable en Teherán, dotado de misiles, capacidad nuclear y organizaciones terroristas subordinadas, que vuelva a amenazar con destruir a Israel? Irán también comprende esta diferencia. Por eso, pese a su enfrentamiento directo con Estados Unidos, procura no abrir otro frente contra Israel. La entrada de Israel podría transformar una campaña que, desde la perspectiva de Teherán, busca mejorar su posición negociadora en una guerra por la supervivencia del régimen.
Israel ya ha demostrado que puede penetrar profundamente en territorio iraní y atacar sus estructuras de mando, su infraestructura militar y sus recursos estratégicos. Para los altos cargos del régimen, la participación israelí no representa solo la incorporación de más aviones y misiles. Podría implicar un intento sistemático de dañar la capacidad de gobierno, desestabilizar los mecanismos de seguridad y acelerar procesos internos que el régimen teme más que cualquier otra cosa. Por eso se ha creado una situación excepcional: Estados Unidos e Irán combaten entre sí, pero ambos desean impedir la entrada de Israel.
Washington teme que Israel cierre la puerta a un acuerdo. Teherán teme que Israel abra la puerta a la caída del régimen. Israel no debe precipitarse a entrar en la guerra solo para demostrar su presencia. Debe elegir el momento, los objetivos y la intensidad de su intervención conforme al interés israelí y a ningún otro. Pero tampoco puede permitir que otros determinen cuál será el desenlace final. La historia de los acuerdos con Irán demuestra que el régimen sabe aprovechar las negociaciones para ganar tiempo.
El régimen está dispuesto a retroceder un paso cuando se encuentra bajo presión, solo para avanzar dos una vez que el mundo dirige su atención hacia la siguiente crisis. Israel no puede aceptar una situación en la que Estados Unidos termine la guerra con un logro favorable para sus intereses, pero deje tras de sí una amenaza para Israel. El objetivo israelí no es la guerra por la guerra. Es garantizar la seguridad de las próximas generaciones. Si fuera posible desmantelar las capacidades iraníes y asegurar el fin de la amenaza mediante un acuerdo fiable, sujeto a supervisión e irreversible, Israel podría examinarlo.
Pero si vuelve a proponerse un acuerdo que conceda al régimen oxígeno, dinero y tiempo, Israel no debe quedar obligado por él. Estados Unidos tiene derecho a proteger sus intereses. Irán lucha por su supervivencia. Pero Israel debe recordar que, en última instancia, la responsabilidad de su seguridad recae únicamente sobre él. Cuando se trata de un régimen que ha convertido la destrucción de Israel en política de Estado, no basta con apartar la amenaza de los titulares. Es necesario eliminarla de raíz y garantizar que no vuelva a surgir.





