Restablecer la navegación comercial por el estrecho de Ormuz ha resultado mucho más difícil de lo previsto, pese a meses de operaciones militares, presión económica e iniciativas diplomáticas. La ubicación del paso marítimo, las capacidades asimétricas de Irán y la amplitud del teatro de operaciones convierten su protección en un desafío militar de gran complejidad.
Este corredor angosto, que comunica el golfo Pérsico con el golfo de Omán, canaliza normalmente cerca del 20 % de las exportaciones mundiales de petróleo. Por él transitan los cargamentos de productores del Golfo como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Qatar. Incluso una interrupción parcial puede afectar al transporte marítimo, los seguros, los mercados energéticos y la inflación mundial.
Mantener abierto el estrecho constituye, por tanto, un objetivo económico vital. Trump ha recurrido a una amplia variedad de medidas, incluidos ataques aéreos, presión económica, operaciones navales, negociaciones y el restablecimiento del bloqueo. Sin embargo, el tráfico comercial permanece por debajo de sus niveles habituales y los mercados petroleros siguen expuestos a un nuevo ciclo de violencia.
La capacidad de resistencia de Irán ha dificultado los intentos de neutralizar la amenaza. Según Jason Campbell, del Middle East Institute, el país lleva décadas preparándose para un conflicto de estas características mediante una estructura militar descentralizada, depósitos de armas dispersos, emplazamientos ocultos de misiles, lanzadores móviles de drones y una cadena de mando distribuida.
En vez de concentrar sus fuerzas, Teherán ha priorizado su supervivencia operativa, una estrategia que limita la eficacia de las campañas aéreas convencionales. Esa preparación se refleja con especial claridad en el estrecho de Ormuz, donde Irán ha recurrido a la guerra asimétrica ante su incapacidad para enfrentarse frontalmente a la Armada de Estados Unidos.
Misiles antibuque, drones, minas navales, lanchas rápidas de ataque, baterías costeras de misiles y acciones continuas de hostigamiento forman parte de ese enfoque. El objetivo no es librar una batalla naval decisiva, sino elevar el riesgo operativo hasta el punto de que las compañías navieras cuestionen si atravesar el estrecho compensa el peligro.
Campbell advierte que bombardear los puntos de lanzamiento solo aborda una parte del problema. Los lanzadores iraníes se encuentran dispersos, las armas permanecen ocultas, la producción está repartida entre múltiples instalaciones y las unidades pueden operar con relativa autonomía. Por ello, destruir infraestructuras fijas no supone necesariamente eliminar el conjunto de la amenaza.
Asegurar por completo el estrecho probablemente exigiría, según Campbell, operaciones terrestres a gran escala. También sería necesario eliminar los emplazamientos de lanzamiento de misiles, controlar amplios tramos de costa y dominar el territorio interior, objetivos que requieren tropas sobre el terreno.
Una intervención de ese alcance demandaría meses de preparación, tendría costes elevados y dejaría a las fuerzas desplegadas expuestas a ataques insurgentes. La magnitud de esas exigencias revela la distancia entre ejecutar ataques aéreos y suprimir la amenaza de manera permanente.
Otra opción sería que la Armada escoltara individualmente a los petroleros. Estados Unidos ya aplicó una fórmula similar durante la Operación Earnest Will, en la década de 1980, cuando protegió a petroleros kuwaitíes que habían cambiado de pabellón.
El escenario actual, sin embargo, presenta mayores dificultades. Michael Eisenstadt, del Washington Institute, señala que la flota estadounidense es hoy menor que en los años ochenta. Al mismo tiempo, Irán dispone de drones, misiles antibuque, misiles de crucero y sistemas no tripulados más avanzados. Una misión de escolta a gran escala absorbería de forma indefinida una parte considerable de los recursos navales de Estados Unidos.
Irán tampoco necesita atacar directamente a los buques para alterar la navegación. Según Noam Raydan, también del Washington Institute, las advertencias por radio, las amenazas o un entorno de incertidumbre pueden ser suficientes para que los operadores comerciales retrasen sus travesías.
Las compañías navieras toman decisiones a partir del riesgo percibido, no únicamente de los ataques confirmados. Esa cautela eleva el precio de los seguros, genera reticencias entre las tripulaciones y reduce el volumen del tráfico.
Los efectos económicos, por tanto, pueden aparecer sin combates a gran escala. Las empresas ya están modificando sus rutas: evitan determinadas vías de tránsito, utilizan corredores meridionales próximos a Omán y aceptan trayectos más largos cuando existe esa posibilidad. Estas alternativas disminuyen la eficiencia y encarecen el transporte marítimo.
La situación en Ormuz confirma la importancia persistente de la geografía en la guerra moderna. Incluso ante la Armada de Estados Unidos, la fuerza oceánica más capaz del mundo, una potencia regional equipada con misiles dispersos, drones y minas, y apoyada en tácticas asimétricas, puede alterar de manera considerable una de las principales rutas marítimas del planeta sin librar una batalla convencional.
Para Washington, el problema no se limita a derrotar a las fuerzas iraníes. También debe recuperar la confianza de las compañías navieras.









